Hoy tuve una conversación con un cliente que me dejó pensando seriamente en este tema.
Hablábamos de lo cotidiano, pero
en mis conversaciones siempre suele surgir alguna palabra o frase que redirige
la conversación (sin intención) al tema de la vida cristiana; y me dijo algo
que, aunque puede parecer sencillo, provocó en mí una profunda reflexión, me
dijo:
“Yo visito tal iglesia, no me
gustan las otras denominaciones…”
Cuando escucho este tipo de
comentario surge en mi una profunda pena, al ver como hemos esquematizado y
dividido a Cristo (figurativamente); en estos tiempos es normal que las personas
tengan esa convicción, producto del fraccionamiento espiritual, la falta de fe
y de estudio de la palabra de Dios. Con esto no me permito juzgar a nadie, ni
tratar de justificar nada; Tampoco quiero afirmar que una denominación sea
mejor que otra, pues quizás en algún momento de mi vida yo pertenecía a ese
grupo de personas.
Pero aquella conversación me llevó
a preguntarme: ¿En qué momento comenzamos a escoger el cristianismo como una
prenda que sea la que más se acomode a nosotros?
Porque cuando leo la Biblia,
encuentro algo que me resulta profundamente inspirador y es que Jesús no vino a
crear una denominación, vino a salvarnos.
Vino a llamarnos a seguirle, a
negarnos a nosotros mismos, a amar, perdonar, servir y vivir conforme a la
voluntad del Padre. Y, sin embargo, muchas veces parece que hemos tomado el
evangelio y lo hemos acomodado a nuestros gustos, nuestras costumbres, nuestras
tradiciones y hasta nuestros deseos e ideologías.
Queremos a Cristo, pero no siempre
queremos todo lo que implica seguir a Cristo. Queremos sus bendiciones, pero no
siempre queremos su señorío. Queremos la salvación, pero a veces queremos
conservar aquello que la Palabra nos pide entregar. Y es por esto por lo que
creemos más en las argumentaciones y sermones humanos que en la palabra de Dios.
Entonces aparece una pregunta que
no debería dirigirla hacia los demás, sino hacia mi propio corazón:
¿Soy cristiano porque realmente
amo a Cristo, o porque el cristianismo satisface mi necesidad, mi ego, mis
deseos o mis costumbres?
Jesús fue muy claro cuando dijo: “Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y
sígame.” (Lucas 9:23), es por esto por lo que seguir a Cristo implica
algo más que identificarnos como miembro de una iglesia. Esto implica morir al
yo para que Cristo viva en nosotros.
Pablo también escribió: “Os ruego,
pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos
una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones.”
(1 Corintios 1:10); Incluso Jesús oró por sus seguidores de una manera que
todavía debería conmovernos hoy: “Para que todos sean uno; como
tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros.”
(Juan 17:21).
Entonces pienso...
Si verdaderamente conociéramos a
Cristo, ¿habría tanto espacio para el orgullo de pertenecer a “los nuestros” y
tanto rechazo hacia “los otros”? Quizás el problema no está solamente en
cuántas denominaciones existen, quizás el problema está en cuánto de Cristo hay
realmente en nosotros.
Porque podemos cambiar de nombre,
de iglesia, de costumbres y de tradiciones... pero si el corazón continúa
gobernado por el orgullo, el ego, la intolerancia y nuestros propios deseos,
seguimos necesitando la misma transformación espiritual.
“¿A quién pertenece mi
corazón?”
En lo personal, no quiero un
cristianismo hecho a mi medida. No quiero seguir a un Cristo que solamente
confirme mis ideas. Quiero conocer al Cristo de la Biblia, incluso cuando sus
palabras confronten mis costumbres, mis preferencias, mi orgullo y aquello que
no quiero abandonar. Porque quizá el verdadero problema de nuestro tiempo no
sea que existan demasiadas iglesias. Quizás sea que hemos aprendido a llamar
cristianismo a todo aquello que estamos dispuestos a aceptar de Cristo.
Jesús no murió para que nosotros
construyéramos una religión que se acomodara a nuestros deseos, murió para
reconciliarnos con Dios y transformarnos a su imagen. Por eso, hoy no quiero
examinar a otras iglesias, quiero centrarme en examinar mi corazón.
Para meditar:
¿Estoy siguiendo a Cristo o estoy
siguiendo una versión de Cristo que me resulta conveniente?
¿Hay algo que la Biblia me pide
cambiar y que todavía estoy justificando?
¿Hay alguna tradición que defiendo
más apasionadamente que la verdad?
¿Hay personas que rechazo
simplemente porque no pertenecen a “los míos”?
¿Estoy dispuesto a obedecer a
Cristo incluso cuando hacerlo contradiga mis gustos?
Porque al final mis amados, no
seremos transformados por la denominación a la que pertenecemos, sino por
nuestra relación con Cristo y nuestra disposición a seguir su Palabra.
Oración del día:
Señor, quita de mí todo aquello
que he aprendido a llamar cristianismo, pero que no proviene de ti. Enséñame a
conocerte verdaderamente y dame un corazón dispuesto a obedecerte, aunque tenga
que cambiar mis propias ideas. Un corazón rendido a ti, confiado en ti y decidido
a vivir para ti. En el nombre de Jesús, Amen.
Que no amemos más nuestra etiqueta
que a Cristo.
Que no defendamos más nuestras costumbres que su Palabra.
Y que nunca estemos tan convencidos de tener la razón que dejemos de escuchar
al Señor.
Porque Cristo no nos llamó a
parecernos a una denominación. Nos llamó a parecernos a Él. Recuerda que todavía
hay Oloracielo.
Autora: Elisa Pimentel
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