viernes, 4 de septiembre de 2026

¿Estoy siguiendo a Cristo o una versión de Cristo que me conviene?

 


Hoy tuve una conversación con un cliente que me dejó pensando seriamente en este tema.

Hablábamos de lo cotidiano, pero en mis conversaciones siempre suele surgir alguna palabra o frase que redirige la conversación (sin intención) al tema de la vida cristiana; y me dijo algo que, aunque puede parecer sencillo, provocó en mí una profunda reflexión, me dijo:

“Yo visito tal iglesia, no me gustan las otras denominaciones…”

Cuando escucho este tipo de comentario surge en mi una profunda pena, al ver como hemos esquematizado y dividido a Cristo (figurativamente); en estos tiempos es normal que las personas tengan esa convicción, producto del fraccionamiento espiritual, la falta de fe y de estudio de la palabra de Dios. Con esto no me permito juzgar a nadie, ni tratar de justificar nada; Tampoco quiero afirmar que una denominación sea mejor que otra, pues quizás en algún momento de mi vida yo pertenecía a ese grupo de personas.

Pero aquella conversación me llevó a preguntarme: ¿En qué momento comenzamos a escoger el cristianismo como una prenda que sea la que más se acomode a nosotros?

Porque cuando leo la Biblia, encuentro algo que me resulta profundamente inspirador y es que Jesús no vino a crear una denominación, vino a salvarnos.

Vino a llamarnos a seguirle, a negarnos a nosotros mismos, a amar, perdonar, servir y vivir conforme a la voluntad del Padre. Y, sin embargo, muchas veces parece que hemos tomado el evangelio y lo hemos acomodado a nuestros gustos, nuestras costumbres, nuestras tradiciones y hasta nuestros deseos e ideologías.

Queremos a Cristo, pero no siempre queremos todo lo que implica seguir a Cristo. Queremos sus bendiciones, pero no siempre queremos su señorío. Queremos la salvación, pero a veces queremos conservar aquello que la Palabra nos pide entregar. Y es por esto por lo que creemos más en las argumentaciones y sermones humanos que en la palabra de Dios.

Entonces aparece una pregunta que no debería dirigirla hacia los demás, sino hacia mi propio corazón:

¿Soy cristiano porque realmente amo a Cristo, o porque el cristianismo satisface mi necesidad, mi ego, mis deseos o mis costumbres?

Jesús fue muy claro cuando dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” (Lucas 9:23), es por esto por lo que seguir a Cristo implica algo más que identificarnos como miembro de una iglesia. Esto implica morir al yo para que Cristo viva en nosotros.

Pablo también escribió: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones.”
(1 Corintios 1:10); Incluso Jesús oró por sus seguidores de una manera que todavía debería conmovernos hoy: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros.” (Juan 17:21).

Entonces pienso...

Si verdaderamente conociéramos a Cristo, ¿habría tanto espacio para el orgullo de pertenecer a “los nuestros” y tanto rechazo hacia “los otros”? Quizás el problema no está solamente en cuántas denominaciones existen, quizás el problema está en cuánto de Cristo hay realmente en nosotros.

Porque podemos cambiar de nombre, de iglesia, de costumbres y de tradiciones... pero si el corazón continúa gobernado por el orgullo, el ego, la intolerancia y nuestros propios deseos, seguimos necesitando la misma transformación espiritual.

“¿A quién pertenece mi corazón?”

En lo personal, no quiero un cristianismo hecho a mi medida. No quiero seguir a un Cristo que solamente confirme mis ideas. Quiero conocer al Cristo de la Biblia, incluso cuando sus palabras confronten mis costumbres, mis preferencias, mi orgullo y aquello que no quiero abandonar. Porque quizá el verdadero problema de nuestro tiempo no sea que existan demasiadas iglesias. Quizás sea que hemos aprendido a llamar cristianismo a todo aquello que estamos dispuestos a aceptar de Cristo.

Jesús no murió para que nosotros construyéramos una religión que se acomodara a nuestros deseos, murió para reconciliarnos con Dios y transformarnos a su imagen. Por eso, hoy no quiero examinar a otras iglesias, quiero centrarme en examinar mi corazón.

Para meditar:

¿Estoy siguiendo a Cristo o estoy siguiendo una versión de Cristo que me resulta conveniente?

¿Hay algo que la Biblia me pide cambiar y que todavía estoy justificando?

¿Hay alguna tradición que defiendo más apasionadamente que la verdad?

¿Hay personas que rechazo simplemente porque no pertenecen a “los míos”?

¿Estoy dispuesto a obedecer a Cristo incluso cuando hacerlo contradiga mis gustos?

Porque al final mis amados, no seremos transformados por la denominación a la que pertenecemos, sino por nuestra relación con Cristo y nuestra disposición a seguir su Palabra.

Oración del día:

Señor, quita de mí todo aquello que he aprendido a llamar cristianismo, pero que no proviene de ti. Enséñame a conocerte verdaderamente y dame un corazón dispuesto a obedecerte, aunque tenga que cambiar mis propias ideas. Un corazón rendido a ti, confiado en ti y decidido a vivir para ti. En el nombre de Jesús, Amen.

Que no amemos más nuestra etiqueta que a Cristo.
Que no defendamos más nuestras costumbres que su Palabra.
Y que nunca estemos tan convencidos de tener la razón que dejemos de escuchar al Señor.

Porque Cristo no nos llamó a parecernos a una denominación. Nos llamó a parecernos a Él. Recuerda que todavía hay Oloracielo.

Autora: Elisa Pimentel

 


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