lunes, 24 de agosto de 2026

Antes de responder, escucha....

 


“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.”

— Santiago 1:19-20

Hay palabras que llegan a nosotros y detonan esa chispa que nos puede hacer explotar.

Una mirada que interpretamos mal, un comentario que nos hiere, una respuesta que consideramos injusta, un mensaje que nos molesta, una persona que vuelve a tocar esa herida que creíamos cerrada, y casi sin darnos cuenta, reaccionamos y no de la mejor manera.

Regularmente respondemos antes de escuchar, hablamos antes de pensar, juzgamos antes de comprender, nos defendemos antes de preguntarnos si realmente estamos siendo atacados, y entonces nuestra lectura bíblica de hoy nos detiene y nos dice: “Pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”, pero qué difícil parece esto cuando tenemos algo que demostrar.

El versículo de hoy es un recordatorio de que escuchar requiere humildad, callar requiere dominio propio y controlar la ira requiere algo todavía más profundo: permitir que Dios gobierne nuestro corazón, y este es el objetivo principal, que sea Dios que gobierne y no nuestros sentimientos.

No toda reacción merece una respuesta

Vivimos en un tiempo en el que responder rápidamente aparentaría ser una virtud. Porque todos tenemos una opinión y queremos expresar, cuando nos sentimos ofendidos queremos defendernos, si nos contradicen sentimos la necesidad de responder inmediatamente.

Pero Santiago nos presenta otra manera de reaccionar y de vivir.

Primero: escucha.

Después: piensa.

Luego: habla.

Y aun después de todo eso, pregúntate si lo que vas a decir realmente necesita ser dicho; Porque hay palabras que, una vez pronunciadas, no podemos recoger.

Elena G. de White advierte sobre el profundo daño que pueden causar las palabras apresuradas e irreflexivas, recordándonos que aquello que para nosotros pudo ser solamente una reacción momentánea puede dejar una herida duradera en otra persona.

Cuánto daño puede hacer las palabras que pronunciamos sin pensar, porque quizás nosotros ya olvidamos aquella frase, pero alguien más todavía la recuerda. Quizás para nosotros fue simplemente una reacción, pero para otra persona se convirtió en una herida, o quizás dijimos: “Yo solo estaba diciendo la verdad”, pero la verdad dicha sin amor puede convertirse en un arma muy peligrosa.

La ira no produce la justicia de Dios

Santiago no dice que nunca sentiremos enojo, porque somos seres humanos (imperfectos), y siempre habrá situaciones o pablaras que nos lastimen. Hay injusticias que indignan, hay palabras que lastiman, y habrá momentos en que nuestra primera reacción podría ser con ira.

Pero Santiago nos hace una advertencia importantísima: “La ira del hombre no obra la justicia de Dios.”, es un recordatorio de que Dios es el que debe gobernar, también en estos momentos.

Eso significa que no toda reacción que sentimos en nuestro interior debe convertirse automáticamente en una acción. Sentir no es lo mismo que obedecer al sentimiento.

Puedo sentirme herido y decidir no herir; Puedo estar en desacuerdo y decidir no humillar; Puedo tener razón y decidir hablar con mansedumbre; Puedo defender la verdad sin destruir a la persona que tengo delante; Eso también es madurez cristiana.

Y quizás aquí está una de las pruebas más difíciles de nuestra fe:

¿Cómo reaccionamos cuando alguien toca precisamente aquello que todavía necesita ser entregado a Dios?

Porque es relativamente fácil hablar de paciencia cuando nadie nos contradice; Es fácil hablar de mansedumbre cuando todo marcha bien; Es fácil decir que confiamos en Dios cuando nadie nos ha hecho daño. Pero el carácter de Cristo comienza a hacerse visible cuando tenemos razones para reaccionar de otra manera.

Jesús también nos enseña a responder

Cuando observamos la vida de Jesús encontramos nuestro mejor ejemplo de vida; Jesús fue acusado injustamente, fue rechazado, fue insultado, fue humillado, y sin embargo, no permitió que la maldad de otros determinara la condición de su corazón.

Esto debería cambiar completamente nuestra perspectiva de la vida, porque ser cristiano no significa solamente aprender a hablar de Jesús, ni saber dónde y cuándo citar los versículos de la Biblia, significa, indiscutiblemente, aprender a reaccionar como Jesús.

Y esto es mucho más difícil de lo que creemos, porque es posible conocer muchos versículos y todavía tener una lengua hiriente, es posible asistir regularmente a la iglesia y reaccionar con orgullo, es posible hablar de amor cristiano y guardar resentimiento durante años, es posible levantar nuestras manos para adorar a Dios y utilizarlas después para señalar los errores de otros.

Por eso Santiago no está hablando simplemente de nuestras palabras, está hablando de nuestro corazón. Deberíamos entonces reflexionar en las siguientes preguntas:

¿Qué sale de nosotros cuando somos presionados?

¿Quién soy cuando estoy molesto?

¿Qué sale de mi boca cuando alguien me contradice?

¿Qué hago cuando no me dan la razón?

¿Cómo trato a quien me ha herido?

¿Escucho para comprender o escucho solamente para preparar mi respuesta?

¿Puedo reconocer que quizá estoy equivocado?

¿Sé pedir perdón?

¿Puedo guardar silencio cuando mis palabras solamente aumentarían el conflicto?

Y, sobre todo:

¿Mi manera de reaccionar permite que otros vean a Cristo en mí?

Estas preguntas pueden incomodarnos mucho, pero a veces necesitamos que la Palabra de Dios nos incomode, no para condenarnos, sino para transformarnos.

Ser lento para la ira no significa ser débil

A veces confundimos mansedumbre con debilidad, pensamos que quien calla es porque no tiene argumentos, que quien perdona es porque no sabe defenderse, que quien no responde a una provocación está perdiendo, pero el evangelio nos muestra algo diferente.

Hay una fuerza enorme en quien puede responder, pero decide hacerlo con sabiduría; Hay poder en quien podría herir con sus palabras, pero escoge la gracia; Hay madurez en quien sabe que no necesita ganar cada discusión; Y hay libertad en quien ya no necesita defenderse constantemente.

Recuerda que no todo conflicto necesita que tú tengas la última palabra, a veces la última palabra debe tenerla solamente Dios. Por eso la invitación de hoy es a que, antes de hablar, llevemos nuestras palabras a Dios, y permitamos que El gobierne nuestra respuesta.

Oremos antes de contestar ese mensaje, antes de devolver aquella palabra, antes de publicar aquella opinión, antes de hablar de alguien, antes de reaccionar. Y para esto demos detenernos y decir:

“Señor, dame sabiduría.
Que mis palabras no nazcan de mi orgullo.
Que mi respuesta no sea gobernada por mi ira.
Ayúdame a escuchar.
Ayúdame a hablar con gracia.
Y si debo callar, dame también la humildad para hacerlo.”

Porque quizá el verdadero milagro que necesitamos no sea que Dios cambie a la persona que nos está provocando, quizá primero necesitamos que Dios cambie nuestra manera de responder. Recuerda que todavía hay Oloracielo.

Oración del día:

Señor, hoy reconozco que muchas veces he hablado cuando debía escuchar y he reaccionado cuando debía orar. Perdóname por las palabras pronunciadas desde la ira, el orgullo, la frustración o el dolor. Enséñame a escuchar antes de responder. Dame dominio propio cuando algo me moleste. Dame sabiduría para saber cuándo hablar y humildad para saber cuándo guardar silencio. No permitas que mi enojo gobierne mi corazón. Que mis palabras no destruyan, sino que edifiquen. Que aun cuando tenga razones para defenderme, pueda recordar cómo respondió Jesús. Transforma mi carácter. Hazme más semejante a Cristo. Y cuando alguien provoque aquello que todavía necesita ser sanado en mí, ayúdame a no reaccionar desde mi herida, sino desde tu gracia.

Que mi manera de hablar, de callar, de escuchar y de responder sea también una forma de adorarte. En el nombre de Jesús. Amén.

Reto del día

Hoy, antes de responder impulsivamente a cualquier persona, haz una pausa.

Respira, ora, escucha y pregúntate: “¿Lo que estoy a punto de decir refleja a Cristo o solamente refleja mi enojo?”

Si es necesario, guarda silencio, si debes hablar, hazlo con gracia, y si has herido a alguien con tus palabras, ten el valor de pedir perdón, porque quizás hoy tu mayor victoria no sea tener la razón, quizás sea parecerte un poco más a Jesús.

Que hoy nuestras palabras sean pocas, pero llenas de gracia; y que nuestro silencio no sea indiferencia, sino sabiduría.

Autora: Elisa Pimentel

Youtube: @Oloracielord


Fuentes bíblicas y de consulta

Biblia: Santiago 1:19-20; Proverbios 15:1; Efesios 4:29; 1 Pedro 2:21-23.

White, E. G. Messages to Young People, pp. 134-135.

White, E. G. Manuscript Releases, vol. 19, p. 344.

White, E. G. Letter 35b, 1901, par. 5.


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