"Pero una sola cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada" (Lucas 10:42).
¿Cuántas veces hemos dicho:
"No tuve tiempo para orar hoy"?
Curiosamente, sí tuvimos tiempo
para revisar las redes sociales varias veces, responder mensajes, leer
noticias, trabajar horas extras, ver una serie o pasar largos minutos frente a
una pantalla. No es que no tengamos tiempo. Es que hemos aprendido a vivir
ocupados.
Vivimos corriendo de una
actividad a otra. Cumplimos responsabilidades, perseguimos metas, resolvemos
problemas y llenamos nuestras agendas hasta el último espacio disponible. Y
aunque muchas de estas actividades son necesarias, existe una pregunta incómoda
que pocas veces nos detenemos a responder:
¿Estamos demasiado ocupados
para Dios?
La paradoja de nuestro tiempo
Vivimos en una época de
abundancia material sin precedentes. Tenemos acceso a más información que
cualquier generación anterior. La tecnología nos permite comunicarnos
instantáneamente con personas en cualquier parte del mundo. Sin embargo, a
pesar de todos estos avances, algo parece faltar.
Tenemos más conexiones digitales,
pero menos relaciones profundas.
Más entretenimiento, pero menos
paz.
Más comodidad, pero menos
gratitud.
Más posesiones, pero menos
satisfacción.
El reconocido psiquiatra Viktor
Frankl observó que uno de los grandes problemas del ser humano moderno es lo
que llamó el "vacío existencial": una sensación de falta de propósito
que aparece cuando la vida pierde su significado trascendente. Décadas después,
sus palabras continúan describiendo con precisión la realidad de muchas
personas.
Intentamos llenar ese vacío con
trabajo, logros, dinero, reconocimiento, experiencias o bienes materiales. Sin
embargo, una vez alcanzadas esas metas, descubrimos que la satisfacción dura
poco y que el corazón sigue anhelando algo más.
La Biblia explica esta realidad
de manera sencilla: fuimos creados para Dios. Ninguna posesión material puede
ocupar el lugar que solo Él puede llenar.
Cuando lo urgente desplaza a
lo eterno
No solemos alejarnos de Dios de
manera repentina.
Generalmente ocurre de forma
gradual.
Primero dejamos de orar un día
porque estamos cansados.
Luego dejamos de leer la Biblia
porque tenemos muchas cosas que hacer.
Después comenzamos a depender más
de nuestra propia capacidad que de la dirección de Dios.
Y casi sin darnos cuenta, aquello
que antes era una prioridad se convierte en una actividad ocasional.
El problema no es únicamente la
falta de tiempo. El problema son nuestras prioridades.
Jesús lo expresó con absoluta
claridad:
"Porque donde esté
vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mateo 6:21).
Aquello a lo que dedicamos
nuestro tiempo, nuestra atención y nuestras energías revela lo que realmente
ocupa el primer lugar en nuestra vida.
Una generación distraída
Diversos investigadores han
señalado que vivimos en una era de distracción permanente.
El psicólogo social Jonathan
Haidt ha estudiado ampliamente el impacto de la hiperconectividad y el uso
constante de dispositivos digitales en la atención, las relaciones humanas y el
bienestar emocional. Nuestra mente rara vez descansa. Estamos expuestos
continuamente a notificaciones, mensajes, videos, titulares y estímulos que
compiten por nuestra atención.
Sin embargo, la vida espiritual
requiere precisamente lo contrario.
La oración requiere quietud.
La reflexión requiere silencio.
La lectura de la Palabra requiere
concentración.
La comunión con Dios requiere
tiempo de calidad.
Es difícil escuchar la voz de
Dios cuando vivimos rodeados de ruido.
Quizás el mayor problema de
nuestra generación no sea la falta de recursos ni la falta de información.
Quizás sea la falta de silencio o de quietud.
Hemos llenado cada espacio de
nuestra vida con actividades, preocupaciones y entretenimiento, pero hemos
olvidado detenernos para escuchar al Señor.
Una Biblia cerrada y un
corazón vulnerable
Hace algún tiempo me sorprendí al
descubrirme pasando varios minutos revisando noticias y mensajes apenas me
levantaba de la cama, y como me costaba encontrar diez minutos para abrir la
Biblia. El problema no fue que me faltara tiempo, era que lo estaba utilizando
en lo menos importante. Fue una llamada de atención sobre mis prioridades; fue
entender quién o qué debía ocupar el primer lugar en mi vida. Fue entonces
cuando tomé la decisión de que lo primero que mis ojos debían ver y leer, era
la Palabra de Dios (sin distracciones).
Si retrocedemos en el tiempo
recordaremos que era común encontrar hogares donde la lectura bíblica formaba
parte de la rutina familiar. Muchas familias comenzaban el día con un culto
matutino y algunas también se reunían al finalizar la jornada para agradecer a
Dios y estudiar Su Palabra. Hoy, en cambio, muchas Biblias permanecen cerradas
durante toda la semana, acumulando polvo en algún rincón del hogar.
Conocemos las opiniones, los
éxitos, los fracasos y hasta los detalles más íntimos de periodistas,
influencers, políticos y celebridades; estamos informados sobre las últimas
tendencias, pero desconocemos (o hemos olvidado) promesas que Dios ya nos dejó
en Su Palabra.
Y cuando dejamos de alimentarnos
de la verdad, inevitablemente comenzamos a ser moldeados por otras voces.
No debería sorprendernos entonces
que la fe se debilite, que el amor al prójimo se enfríe o que la ambición
material ocupe cada vez más espacio en nuestra vida.
La Escritura no solo informa
nuestra mente; transforma nuestro corazón, nuestra manera de ver la vida e
incluso nuestra manera de actuar.
Cuando descuidamos la Palabra de
Dios, comenzamos a perder la perspectiva eterna.
El peligro de la avaricia
disfrazada de éxito
La sociedad suele medir el éxito
por la cantidad de dinero acumulado, los bienes adquiridos o la posición
alcanzada.
Sin embargo, el evangelio nos
invita a evaluar nuestra vida con criterios completamente diferentes.
La pregunta no es cuánto tenemos.
La pregunta es ¿Quién gobierna
nuestro corazón?
"Mirad, y guardaos de
toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los
bienes que posee" (Lucas 12:15).
La avaricia no siempre se
manifiesta en grandes riquezas. A veces aparece como una preocupación constante
por obtener más, compararnos con otros o perseguir metas materiales mientras
descuidamos aquello que verdaderamente tiene valor eterno.
Vivimos en una cultura que
constantemente nos envía el mismo mensaje: "Necesitas más para ser
feliz". Más dinero, más reconocimiento, más seguidores, más comodidad. Sin
embargo, la experiencia demuestra que el corazón humano siempre termina pidiendo
algo más; el alma humana nunca fue diseñada para encontrar identidad en las
posesiones materiales, es por eso que aunque tengamos más, nuestro vacío
permanece, hasta que llegamos a tener un verdadero encuentro con Jesucristo.
¿Qué está pasando con nuestro
amor por los demás?
Otro síntoma preocupante de
nuestro tiempo es el enfriamiento del amor.
Vivimos conectados con cientos de
personas y, al mismo tiempo, cada vez más aislados, indolentes del sufrimiento
ajeno.
Nos resulta más fácil reaccionar
a una publicación que visitar a alguien en hospital llamar a una persona que
atraviesa una crisis o acompañar a quien se siente solo. Tenemos tiempo para
discutir en redes sociales, pero poco tiempo para escuchar a quienes necesitan
consuelo.
Jesús enseñó que el amor a Dios y
el amor al prójimo son inseparables. Por eso no podemos afirmar que amamos a
Dios mientras permanecemos indiferentes ante las necesidades de quienes nos
rodean.
La verdadera espiritualidad
siempre produce compasión, servicio y generosidad.
El ejemplo de Marta y María
Quizás ninguna historia describe
mejor nuestra realidad que la de Marta y María.
Marta estaba ocupada haciendo
muchas cosas buenas. Estaba sirviendo. Estaba trabajando. Estaba atendiendo
responsabilidades legítimas.
Pero María estaba sentada a los
pies de Jesús.
Entonces el Señor pronunció unas
palabras que siguen siendo relevantes para nosotros:
"Marta, Marta, afanada y
turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria"
(Lucas 10:41-42).
El problema de Marta no era el
servicio.
Era haber permitido que las
muchas cosas desplazaran a la única cosa verdaderamente necesaria; y creer que
su hermana debía estar haciendo lo mismo que ella.
¿No nos ocurre algo parecido hoy?
Reflexión final
Tal vez no necesitemos
reorganizar completamente nuestra vida.
Tal vez solo necesitemos
devolverle a Dios el lugar que nunca debió perder.
Quizás eso signifique apagar el
teléfono por unos minutos.
Abrir nuevamente la Biblia.
Volver a orar con sinceridad.
Apartar tiempo para escuchar la
voz de Dios.
Examinar nuestro corazón.
Pedirle al Señor que nos muestre
aquello que ha ocupado Su lugar y que nos quita nuestro tiempo.
Porque el verdadero peligro no es
alejarnos de Dios de un día para otro.
El verdadero peligro es alejarnos
poco a poco mientras seguimos pensando que todo está bien.
La pregunta sigue siendo la
misma:
Entre todas las cosas que llenan
nuestra agenda, ¿todavía hay espacio para Dios?
Quizás el enemigo no necesita
alejarnos completamente de Dios.
Tal vez le basta con mantenernos
lo suficientemente ocupados para que nunca tengamos tiempo de escucharlo.
Lo preocupante no es una Biblia
abandonada durante años.
Lo preocupante es una Biblia
cerrada hoy.
Una oración postergada hoy.
Un corazón distraído hoy.
Porque las grandes distancias
espirituales suelen comenzar con pequeños descuidos diarios.
OloraCielord.
Preguntas para meditar
• ¿Qué ocupa la mayor parte de mi
tiempo, atención y energía?
• ¿He permitido que las
preocupaciones diarias desplacen mi comunión con Dios?
• ¿Cuánto tiempo dedico a conocer,
estudiar y analizar la Palabra de Dios en comparación con otras actividades?
• ¿Estoy acumulando tesoros
temporales mientras descuido los eternos?
• ¿Refleja mi vida el amor de
Cristo hacia quienes me rodean?
Oración del día
Padre celestial, perdónanos por
las veces que hemos permitido que las preocupaciones, las distracciones y los
afanes de esta vida ocupen el lugar que solo te corresponde a Ti. Ayúdanos a
reconocer aquello que está alejando nuestro corazón de tu presencia. Danos
hambre por tu Palabra, pasión por la oración y un amor genuino por las personas
que has puesto a nuestro alrededor. Enséñanos a buscar primero tu Reino y a
recordar que las cosas eternas tienen mucho más valor que las temporales. Que
nuestra vida refleje tu amor, tu gracia y tu verdad. En el nombre de Jesús.
Amén.
Tozer, A. W. (1961). El conocimiento del Dios Santo (The Knowledge of the Holy).
Foster, R. J. (1978). Celebración de la disciplina.
Si deseas profundizar en este tema, te animo a leer las obras mencionadas. La ciencia puede ayudarnos a comprender mejor el comportamiento humano, pero la Palabra de Dios sigue siendo la guía suprema para transformar nuestro corazón y orientar nuestra vida.