miércoles, 8 de julio de 2026

El verdadero problema no es cómo lo vemos... sino desde dónde lo miramos.

 



¿Qué pasaría si Dios te permitiera ver tu corazón con la misma claridad con la que ves los defectos de los demás?

Hace unos días viví una escena muy sencilla, de esas que parecen no tener importancia, pero que terminan dejando una enseñanza profunda.

Mientras hacía algunas compras en el supermercado, me encontré con una amiga junto a su madre. Nos saludamos con mucho cariño y, al presentarme, mi amiga mencionó mi nombre y comentó de dónde me conocía. Entonces su madre, con una expresión de sorpresa y sin ninguna mala intención, exclamó:

—"¿Tan bajita?"

Sonreí. Mi amiga respondió entre risas que quizá la última vez que me había visto llevaba zapatos altos. Después mencionó la estatura de su madre.

Para mi sorpresa, ambas medíamos exactamente lo mismo.

Regresé a casa pensando en aquella conversación. No porque me hubiera molestado, sino porque me hizo recordar una antigua reflexión sobre una mujer que observaba desde la ventana de su casa la ropa que su vecina tendía al sol.

Cada mañana repetía la misma crítica:

—"¡Qué ropa tan sucia! No sé cómo puede lavarla así."

Hasta que un día su esposo limpió el cristal de la ventana.


La ropa seguía siendo la misma. Lo único que había cambiado era el lugar desde donde ella la observaba. Entonces comprendí algo que no pude dejar de pensar durante el resto del día:

  Quizás muchas veces el problema no está en aquello que vemos, sino en la ventana desde la cual estamos mirando.

 Vivimos en una sociedad donde opinar se ha vuelto más fácil que comprender.

Las redes sociales nos han convertido en observadores permanentes de la vida ajena. Conocemos dónde viajan los demás, qué comen, qué compran, cómo educan a sus hijos, qué opinan sobre determinados temas e incluso cómo viven su fe. Sin darnos cuenta, comenzamos a comparar, criticar y emitir juicios sobre personas cuya historia desconocemos.

Sin embargo, Jesús nos hizo una advertencia que hoy resulta más vigente que nunca.

"¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?" (Mateo 7:3).

Siempre me ha llamado la atención que el Señor no comenzara hablando del pecado del otro. Comenzó hablando de la manera en que nosotros miramos. Porque el verdadero problema nunca fue la pequeña astilla del hermano. Es la enorme viga que nos impide ver con claridad.

Qué fácil resulta detectar las fallas ajenas. Qué difícil reconocer las propias.

Cuando el corazón interpreta la realidad

La psicología ha estudiado durante décadas un fenómeno conocido como proyección, descrito inicialmente por Sigmund Freud y posteriormente desarrollado por otros investigadores. De forma sencilla, consiste en atribuir a otras personas aspectos que muchas veces no hemos reconocido en nosotros mismos.

Aunque esta teoría forma parte del desarrollo histórico del psicoanálisis y debe entenderse en su contexto, nos recuerda una verdad que la Biblia ya enseñaba mucho antes: el estado de nuestro corazón influye profundamente en la manera en que interpretamos a los demás.

La Escritura lo expresa con una claridad admirable: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jeremías 17:9). No siempre vemos la realidad tal como es. Con frecuencia la vemos a través de nuestras heridas, nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestras inseguridades o nuestras experiencias pasadas.

Por eso dos personas pueden observar exactamente la misma situación y llegar a conclusiones completamente diferentes.

Una generación experta en mirar hacia afuera

Vivimos en una época donde nunca había sido tan fácil observar la vida de otros.

Pasamos horas recorriendo publicaciones, fotografías y videos. Conocemos los logros de personas que jamás hemos visto personalmente. Nos comparamos con vidas cuidadosamente editadas y terminamos sintiendo que siempre nos falta algo.

El psicólogo social Jonathan Haidt ha advertido cómo el uso intensivo de las redes sociales puede favorecer la comparación constante, afectar el bienestar emocional y distorsionar la percepción que tenemos de nosotros mismos y de los demás.

Quizás por eso cada vez encontramos menos gratitud y más inconformidad, menos compasión y más juicio, menos humildad y más orgullo.

Estamos tan ocupados mirando hacia afuera que hemos dejado de mirar hacia adentro. Si tan solo nos detuviéramos a pensar: 

Cuando Jesús observaba a las personas, veía mucho más que sus errores.

Donde otros veían a una mujer samaritana, Él veía un corazón sediento.

Donde otros veían a un publicano despreciado, Él veía un discípulo.

Donde otros veían a un pescador impulsivo, Él veía a un futuro líder.

Donde otros veían una cruz, Él veía el camino para nuestra redención.

Cuanto más conocemos a Cristo, menos tiempo tenemos para juzgar a los demás y más tiempo dedicamos a permitir que Él transforme nuestra propia vida. Quizás esa sea una de las mayores evidencias de madurez espiritual.

La invitación de hoy es a enfocar nuestras miradas en Cristo, que entreguemos hoy todas nuestras ansiedades y que permitamos que el Espíritu Santo trabaje en lo más profundo de nuestras vidas.

Tal vez el mayor acto de valentía y de amor por Cristo que podamos realizar hoy no sea demostrar que tenemos razón, sino que podamos arrodillarnos delante de Dios y decir, con humildad:

"Señor, antes de cambiar mi manera de ver a los demás, limpia la ventana de mi corazón."

Porque cuando Él limpia nuestro interior, comenzamos a mirar con más gracia, con más compasión y más verdad, y descubrimos que la transformación que tanto esperábamos para el mundo... comienza en nosotros. Porque al final, el verdadero problema nunca fue únicamente lo que veíamos. El verdadero problema siempre fue desde dónde estábamos mirando.

Hoy te invito a confiar y descansar en los brazos de nuestro Dios, porque todavía hay esperanza, porque todavía hay gracia, porque todavía hay un Dios capaz de limpiar el corazón de quien se acerca a Él con sinceridad, porque todavía hay Oloracielo.

Preguntas para meditar

  • ¿Estoy dedicando más tiempo a examinar la vida de los demás que a permitir que Dios examine la mía?
  • ¿Qué "ventanas sucias" (prejuicios, heridas, orgullo o inseguridades) podrían estar afectando la manera en que veo a las personas?
  • ¿Reflejan mis palabras y mis juicios el carácter de Cristo o las carencias de mi propio corazón?
  • ¿Estoy permitiendo que la Palabra de Dios sea un espejo que transforme mi vida, o solo la utilizo para señalar los errores ajenos?

Oración del día

Padre celestial, hoy reconozco que muchas veces he mirado a los demás con rapidez para juzgar y con lentitud para comprender. Perdóname cuando el orgullo, las heridas o los prejuicios han nublado mi manera de ver. Examina mi corazón, como lo pidió David, y muéstrame aquello que necesita ser transformado. Limpia la ventana de mi alma para que pueda mirar a las personas con la compasión, la gracia y la verdad con que Cristo las miró. Que tu Palabra sea el espejo que confronte mi vida y que cada día pueda parecerme más a Jesús. Enséñame a vivir con integridad, no solo delante de los hombres, sino, sobre todo, delante de Ti. En el nombre de Jesús. Amen.

Autora: Elisa Pimentel

Blog: Oloracielo.blogspot.com

YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord


Créditos y fuentes consultadas

  • Jonathan Haidt. (2024). The Anxious Generation. Penguin Press.
  • Roy F. Baumeister, Bratslavsky, E., Finkenauer, C., & Vohs, K. D. (2001). Bad Is Stronger Than Good. Review of General Psychology, 5(4), 323–370.
  • Daniel Kahneman. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.
  • La Biblia. Pasajes recomendados para profundizar: Mateo 7:1-5; Salmos 139:23-24; Jeremías 17:9-10; Santiago 1:22-25; 1 Samuel 16:7.

lunes, 6 de julio de 2026

La bendición de rendirse.

 



"Y dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido." (Génesis 32:28)

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos orado con insistencia por algo que considerábamos una bendición (o por lo menos eso esperamos que sea). Un mejor empleo, la restauración de un matrimonio, la sanidad de un ser querido, la solución de una crisis económica, la oportunidad de emigrar, el cumplimiento de un sueño... la lista puede ser infinita (según la necesidad humana).

Y no hay nada malo en presentar nuestras peticiones delante de Dios. La misma Biblia nos anima a hacerlo (Filipenses 4:6). Sin embargo, con el paso de los años he descubierto que existe una pregunta aún más importante que pocas veces nos hacemos:

¿Estoy buscando más las bendiciones de Dios o estoy buscando conocer verdaderamente a Dios?

La historia de Jacob me llevó a reflexionar profundamente sobre esta pregunta.

Cuando pensamos en Jacob, solemos recordar al hombre que engañó a su hermano Esaú para obtener la primogenitura (Génesis 27). Sin embargo, reducir su historia a ese episodio sería perder de vista el extraordinario proceso de transformación que Dios realizó en su vida.

Jacob pasó gran parte de su existencia intentando alcanzar las promesas de Dios mediante sus propios recursos. Calculaba, planeaba, negociaba, manipulaba.

El caso es que siempre encontraba una manera de adelantarse a las circunstancias.

Paradójicamente, el hombre que había engañado terminó siendo engañado por Labán durante años. Trabajó siete años por Raquel y recibió a Lea; luego trabajó otros siete años más (Génesis 29). El engañador comenzó a experimentar el dolor del engaño.

¿Fue un castigo? No lo creo. Creo más bien que fue una escuela.

Dios no estaba interesado únicamente en cambiar las circunstancias de Jacob; estaba formando su carácter.

A veces olvidamos que el propósito principal de Dios no es hacernos la vida más fácil, sino hacernos más semejantes a Cristo (Romanos 8:28-29).

Después de años de lucha, Jacob se encontró solo a orillas del río Jaboc (Génesis 32). 

Sabía que al día siguiente tendría que enfrentarse nuevamente con Esaú, el hermano al que había engañado décadas atrás.

El miedo lo invadía; La incertidumbre lo consumía; entonces ocurrió algo inesperado.

La Biblia relata que un hombre luchó con él hasta el amanecer (Génesis 32:24). El profeta Oseas interpreta posteriormente este acontecimiento afirmando que Jacob luchó con el ángel y prevaleció porque lloró y le rogó (Oseas 12:3-4). No se trató simplemente de un enfrentamiento físico; fue una experiencia espiritual que marcaría para siempre su vida.

Durante años escuché predicaciones que destacaban una sola frase de ese encuentro:

"No te dejaré, si no me bendices."

Y muchas veces el mensaje parecía ser este: "Insiste hasta que Dios te conceda lo que estás pidiendo."

Sin embargo, al leer cuidadosamente el relato, descubrí algo que transformó mi manera de entender este pasaje, Jacob ya había sido bendecido.

Dios ya le había prometido una descendencia numerosa, ya lo había prosperado, ya había cumplido muchas de Sus promesas, entonces...

¿Qué bendición necesitaba todavía Jacob?

Creo que la respuesta no estaba en recibir algo nuevo, estaba en convertirse en una persona nueva.

Y fue entonces, en medio de aquella lucha, que ocurrió un detalle que siempre me conmueve, el ángel tocó el encaje del muslo de Jacob, y este quedó descoyuntado (Génesis 32:25), no necesitó una espada, no necesitó demostrar fuerza, bastó un toque.

Jacob comprendió en ese instante que nunca había tenido el control. De absolutamente nada, y quizá esa fue la verdadera bendición.

Muchas veces llegamos a Dios convencidos de que necesitamos un milagro, cuando en realidad lo que necesitamos es una transformación.

Pedimos que cambie nuestras circunstancias, pero Dios quiere cambiar nuestro corazón.

Pedimos puertas abiertas, y Él quiere abrir nuestros ojos.

Pedimos respuestas inmediatas, y Él desea enseñarnos a confiar.

¡Cuántas veces hacemos largas oraciones, ayunos y promesas esperando que Dios nos conceda aquello que creemos indispensable para nuestra felicidad!

Pero rara vez nos detenemos a preguntarle: "Señor, ¿es eso realmente lo que Tú quieres para mí?"

No todo lo que nosotros llamamos bendición necesariamente lo es desde la perspectiva de Dios. Recuerda que Él ve el final desde el principio. Nosotros apenas vemos el presente.

Fue así entonces que Jacob salió de Peniel con una nueva identidad. Pero recuerda que también salió cojo, y esto humanamente, podría parecer una derrota, pero espiritualmente, fue su mayor victoria.

Aquella cojera sería un recordatorio permanente de que nunca volvería a caminar confiando únicamente en sus propias fuerzas.

En este punto creo prudente reflexiona y reconocer que todos tenemos alguna "cojera".

Una pérdida, una enfermedad, una decepción, un fracaso, una oración que Dios respondió de manera diferente a como esperábamos, y esta lista es no limitativa.

Durante mucho tiempo hemos visto esas experiencias como obstáculos, sin embargo, con el paso de los años descubrimos que, muchas veces, fueron precisamente esas heridas las que nos enseñaron a depender más profundamente del Señor.

El apóstol Pablo comprendió esta verdad cuando escribió que el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9). La debilidad no siempre es una señal de abandono. Muchas veces es el escenario donde Dios manifiesta mejor Su gracia.

Actualmente vivimos en una generación que busca resultados inmediatos, y hemos tristemente hemos trasladado esa mentalidad a nuestra vida espiritual.

Queremos respuestas rápidas, milagros, puertas abiertas, prosperidad, y Dios puede conceder todas esas cosas si así lo considera conveniente, ¡claro que sí!, pero existe un peligro silencioso. Podemos llegar a conocer las bendiciones de Dios sin llegar a conocer verdaderamente a Dios.

El teólogo J. I. Packer escribió en su obra Knowing God una frase que sigue desafiando a millones de creyentes:

"Lo que pensamos acerca de Dios es lo más importante acerca de nosotros."

Conocer a Dios transforma nuestra manera de vivir, nuestras prioridades, nuestra forma de amar, nuestra manera de enfrentar el sufrimiento, nuestra forma de esperar, y eso vale mucho más que cualquier bendición temporal.

Quizá Jacob llegó a Peniel buscando una bendición, pero salió con algo infinitamente mejor. Salió con una relación diferente con Dios, con un nuevo nombre, con un nuevo corazón, con una nueva manera de caminar.

No necesitamos únicamente que Dios cambie nuestras circunstancias.

Necesitamos que Dios transforme nuestro carácter.

No necesitamos únicamente respuestas.

Necesitamos Su presencia.

No necesitamos simplemente recibir más.

Necesitamos parecernos más a Cristo.

Tal vez la oración más importante que podamos hacer no sea: "Señor, bendíceme."

Tal vez sea: "Señor, transfórmame."

Porque una bendición recibida por un corazón que aún no ha sido rendido puede alejarnos de Dios. Pero un corazón rendido sabrá administrar con humildad cualquier bendición que Él decida conceder.

Reflexión final

Quizá hoy estás luchando con Dios porque esperas una respuesta. Tal vez llevas años orando por algo que todavía no llega. Quizás incluso sientes que Él guarda silencio.

No olvides que la mayor evidencia del amor de Dios no siempre es concedernos aquello que pedimos. Muchas veces consiste en transformarnos en la persona que necesitamos ser.

El mayor milagro es conocer cada día más al Dios que entregó a Su Hijo por nosotros, permitir que transforme nuestro corazón y vivir preparados para el día en que estaremos delante de Él.

Que nuestra mayor pasión no sea acumular bendiciones temporales, sino cultivar una comunión tan profunda con Cristo que, cuando termine nuestra peregrinación en esta tierra, podamos escuchar aquellas palabras que todo creyente anhela oír:

"Bien, buen siervo y fiel... entra en el gozo de tu Señor" (Mateo 25:21).

Porque todavía hay esperanza.

Porque todavía hay gracia.

Porque todavía hay un Dios que sigue transformando "Jacob" en "Israel".

Y porque todavía hay Oloracielo.

Preguntas para meditar

  • ¿Estoy buscando más las bendiciones de Dios que conocer al Dios de las bendiciones?
  • ¿Qué "cojera" ha permitido Dios en mi vida para enseñarme a depender más de Él?
  • ¿Confío en la voluntad de Dios incluso cuando Su respuesta es diferente a la que esperaba?
  • ¿Estoy dedicando tiempo a conocer profundamente la Palabra de Dios o solo recurro a Él cuando necesito algo?
  • Si hoy el Señor respondiera todas mis peticiones, ¿seguiría buscándolo con la misma pasión?

Oración del día

Padre celestial, muchas veces he llegado a Ti con una lista de peticiones, olvidando que el regalo más grande es conocerte cada día más. Perdóname cuando he buscado más tus bendiciones que tu presencia, cuando he querido controlar mi vida en lugar de rendirla completamente a tu voluntad. Forma en mí el carácter de Cristo, aunque el proceso sea difícil. Enséñame a confiar cuando no entiendo tus caminos y a descansar en la certeza de que todo lo que permites tiene un propósito eterno. Que mi mayor anhelo no sea recibir más de Ti, sino parecerme más a Ti. Prepárame para vivir cada día en santidad y para estar listo cuando llegue el momento de presentarme delante de tu presencia. En el nombre de Jesús. Amén.

Autora: Elisa Pimentel
Blog:
Oloracielo.blogspot.com

YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord


Créditos y fuentes consultadas

  • La Santa Biblia. Génesis 25–35; Oseas 12:3–4; Romanos 8:28–29; 2 Corintios 12:7–10; Filipenses 3:7–11; Mateo 6:33; Mateo 25:21.
  • Genesis. Zondervan.
  • The Book of Genesis: Chapters 18–50. New International Commentary on the Old Testament (NICOT). Eerdmans.
  • Genesis 16–50. Word Biblical Commentary.
  • Knowing God. InterVarsity Press.

miércoles, 1 de julio de 2026

Más que enseñar: el privilegio de transformar vidas

 


"Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy." (Juan 13:13)

Cada año, cuando llega el Día del Maestro, abundan las felicitaciones, los mensajes de agradecimiento y las fotografías que celebran una de las profesiones más nobles de la sociedad.

Sin embargo, este año me hice una pregunta diferente.

¿Qué significa realmente ser maestro en una época en la que una inteligencia artificial puede responder, en segundos, muchas de las preguntas que antes solo un profesor podía contestar?

Confieso que hace algún tiempo esa idea me inquietó. Como docente, he visto cómo la tecnología ha transformado la manera de aprender. Hoy un estudiante puede acceder a millones de libros, asistir a clases desde cualquier lugar del mundo e incluso recibir explicaciones personalizadas gracias a herramientas de inteligencia artificial.

Hace apenas unas décadas, el profesor era considerado la principal fuente del conocimiento. Hoy esa realidad ha cambiado.

Pero, lejos de sentir temor, esta transformación me llevó a comprender algo profundamente esperanzador:

La verdadera misión de un maestro nunca ha sido únicamente transmitir información.

Mucho más que una fuente de conocimiento

Durante años pensamos que enseñar consistía en explicar contenidos, resolver dudas y evaluar aprendizajes.

Sin embargo, la investigación educativa ha demostrado que el impacto de un buen maestro va mucho más allá.

El investigador John Hattie, reconocido por uno de los estudios más amplios realizados sobre los factores que influyen en el aprendizaje, concluye que la calidad del docente es uno de los elementos con mayor impacto en el desarrollo académico y personal de los estudiantes. No se trata únicamente de dominar una materia, sino de la capacidad de motivar, orientar, inspirar y construir relaciones significativas.

Algo similar sostiene Linda Darling-Hammond, quien afirma que la enseñanza efectiva combina conocimiento, empatía y la habilidad para crear ambientes donde cada estudiante pueda desarrollar su máximo potencial.

Cuando leo estas investigaciones no puedo evitar pensar que, mucho antes de que existieran universidades, laboratorios o tecnologías digitales, Dios ya había comprendido el verdadero propósito de la educación.

El Maestro de maestros

Jesús nunca fundó una universidad, nunca escribió un libro, nunca tuvo un salón de clases. Sin embargo, cambió la historia de la humanidad.

¿Por qué?

Porque no vino únicamente a enseñar verdades, vino a transformar vidas.

Sus clases ocurrían mientras caminaba por los caminos de Galilea, junto al mar, en una montaña, sentado alrededor de una mesa o conversando con una sola persona.

No enseñaba únicamente con palabras, enseñaba con su ejemplo.

Cuando quería hablar del servicio, lavó los pies de sus discípulos.

Cuando habló del perdón, perdonó.

Cuando enseñó sobre el amor, entregó su propia vida.

Cristo comprendía algo que ningún algoritmo podrá aprender jamás:

Las personas no solo recuerdan lo que les enseñamos; recuerdan cómo las hicimos sentir y quiénes fuimos mientras les enseñábamos.

Y en este punto quiero compartir una experiencia vivida hace algunos años; Yo formaba parte del personal docente que pertenecía a la modalidad semi presencial, y por ende tenía que estar en el aula física varias veces durante el semestre; uno de esos encuentros fue particularmente conmovedor para mí, uno de mis alumnos se acercó y me dijo: “Maestra, gracias por la actividad de hoy, hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien en el aula”…; en ese momento comprendí, una vez más, que enseñar va mucho más allá de explicar contenidos; consiste también en crear espacios donde las personas vuelvan a sentirse escuchadas, valoradas y capaces de aprender.

La dinámica era sencilla: formar grupos, compartir un libro físico, leer, analizar, debatir y presentar conclusiones. Más allá del contenido académico, mi intención era que los estudiantes descubrieran el valor de aprender juntos, dialogar y escucharse mutuamente.

En otra ocasión, uno de mis grupos virtuales expuso su agradecimiento (de manera colectiva), por hacer del espacio virtual una verdadera área de interacción estudiantil, donde el aprendizaje deja de ser un monólogo del profesor para convertirse en una conversación en la que todos aportan y todos aprenden.

La inteligencia artificial puede responder preguntas...

...pero no puede mirar a un estudiante a los ojos y descubrir que detrás de un aparente desinterés, lo que realmente hay es miedo, ansiedad o tristeza.

Puede resolver problemas matemáticos, una redacción, puede traducir un texto, puede generar cientos de ejercicios en pocos segundos. Pero no puede celebrar el pequeño logro de un estudiante que durante meses creyó que nunca sería capaz; no puede inspirar una vocación, no puede transmitir esperanza, no puede detectar el talento escondido de quien necesita que alguien crea en él.

La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria (y de mucha ayuda para nosotros los docentes); Una de mis especialidades es en Educación con concentración en IA, por lo que, con propiedad digo que la utilizo bastante y reconozco el enorme potencial que tiene para enriquecer el proceso de enseñanza.

Pero cuanto más avanzo en este nuevo mundo tecnológico, más convencida estoy de que el papel del maestro no disminuye; se vuelve aún más importante e interactivo

Porque cuando la información está al alcance de todos, el verdadero desafío deja de ser enseñar datos y pasa a ser formar criterios, valores y carácter.

La huella invisible de un maestro

Con el paso de los años, muchos estudiantes olvidarán las fórmulas, las fechas o los conceptos aprendidos en el aula.

Pero difícilmente olvidarán al maestro que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía.

Al que dedicó unos minutos para escucharlos, al que corrigió con respeto, al que enseñó con paciencia, al que inspiró confianza.

Tal vez nunca lleguemos a conocer el alcance de una palabra de ánimo pronunciada en el momento oportuno.

Quizás jamás sepamos cuántas decisiones fueron influenciadas por una conversación después de clases.

Eso pertenece a las semillas invisibles que Dios permite sembrar en el corazón humano.

Y como toda buena semilla, muchas veces dará fruto cuando nosotros ya no estemos para verlo.

Todos enseñamos

Este artículo no está dirigido únicamente a quienes ejercemos la docencia.

Todos ejercemos este oficio, los padres, los abuelos, los pastores, los líderes, y todos en general tenemos algo que enseñar; con nuestras palabras y nuestras acciones, estamos formando el carácter de alguien.

Cada conversación deja una huella, cada ejemplo comunica un mensaje, cada decisión educa. Por eso la pregunta no debería ser únicamente ¿qué estamos enseñando?, sino también ¿qué clase de personas estamos ayudando a formar?

Reflexión final

Hoy quiero dar gracias a Dios por el privilegio de ser docente. No es para nada una profesión fácil. No estamos esperando recibir algún reconocimiento. Doy gracias porque pocas vocaciones permiten participar de una manera tan directa en la formación de otro ser humano.

Cada aula representa una oportunidad, cada estudiante, una historia, cada encuentro (presencial o virtual) una semilla. Y cada semilla sembrada con amor puede convertirse, por la gracia de Dios, en una vida transformada.

Quizás nunca sepamos cuántos médicos, ingenieros, artistas, pastores, científicos o padres de familia fueron inspirados por un maestro que decidió enseñar con excelencia y amar con paciencia, pero Dios sí lo sabe, y eso basta.

Porque enseñar nunca ha consistido únicamente en transmitir conocimientos. Enseñar siempre ha sido el maravilloso privilegio de transformar vidas.

Y si algún día alguien recuerda más nuestra manera de amar que nuestras explicaciones, entonces habremos entendido el verdadero significado de ser maestros.

Porque el Maestro de maestros nos enseñó que la educación más profunda no ocurre únicamente en la mente, ocurre en el corazón, y allí es donde comienzan las transformaciones que permanecen para la eternidad.

Preguntas para meditar

• ¿Estoy enseñando únicamente conocimientos o también valores y principios con mi ejemplo?

• ¿Cómo puedo reflejar el carácter de Cristo dentro y fuera del aula?

• ¿Estoy utilizando la tecnología como una herramienta para servir mejor o permitiendo que sustituya aquello que solo una persona puede ofrecer?

• ¿Qué huella deseo dejar en la vida de quienes Dios ha puesto bajo mi influencia?

Oración del día

Padre Celestial, gracias por el privilegio de enseñar y de aprender cada día. Ayúdanos a recordar que la verdadera educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en formar personas con sabiduría, integridad y amor. Que podamos reflejar el carácter de Cristo en cada palabra, en cada decisión y en cada oportunidad de servir a quienes has puesto en nuestro camino. Danos sensibilidad para reconocer las necesidades de nuestros estudiantes, humildad para seguir aprendiendo y pasión para sembrar semillas que produzcan fruto para la eternidad. En el nombre de Jesús. Amén.

 

Autora: Elisa Pimentel

Blog: Oloracielo.blogspot.com

YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord

Créditos y fuentes consultadas

Darling-Hammond, L. (2017). Empowered Educators: How High-Performing Systems Shape Teaching Quality Around the World. Jossey-Bass.

Hattie, J. (2023). Visible Learning: The Sequel. Routledge.

Holmes, W., Bialik, M., & Fadel, C. (2019). Artificial Intelligence in Education. Center for Curriculum Redesign.

OECD. (2023). Generative AI in the Classroom.

UNESCO. (2023). Guidance for Generative AI in Education and Research.

La Santa Biblia, Reina-Valera 1960.


viernes, 26 de junio de 2026

Demasiado ocupados para Dios.

 


"Pero una sola cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada" (Lucas 10:42).

¿Cuántas veces hemos dicho: "No tuve tiempo para orar hoy"?

Curiosamente, sí tuvimos tiempo para revisar las redes sociales varias veces, responder mensajes, leer noticias, trabajar horas extras, ver una serie o pasar largos minutos frente a una pantalla. No es que no tengamos tiempo. Es que hemos aprendido a vivir ocupados.

Vivimos corriendo de una actividad a otra. Cumplimos responsabilidades, perseguimos metas, resolvemos problemas y llenamos nuestras agendas hasta el último espacio disponible. Y aunque muchas de estas actividades son necesarias, existe una pregunta incómoda que pocas veces nos detenemos a responder:

¿Estamos demasiado ocupados para Dios?

La paradoja de nuestro tiempo

Vivimos en una época de abundancia material sin precedentes. Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior. La tecnología nos permite comunicarnos instantáneamente con personas en cualquier parte del mundo. Sin embargo, a pesar de todos estos avances, algo parece faltar.

Tenemos más conexiones digitales, pero menos relaciones profundas.

Más entretenimiento, pero menos paz.

Más comodidad, pero menos gratitud.

Más posesiones, pero menos satisfacción.

El reconocido psiquiatra Viktor Frankl observó que uno de los grandes problemas del ser humano moderno es lo que llamó el "vacío existencial": una sensación de falta de propósito que aparece cuando la vida pierde su significado trascendente. Décadas después, sus palabras continúan describiendo con precisión la realidad de muchas personas.

Intentamos llenar ese vacío con trabajo, logros, dinero, reconocimiento, experiencias o bienes materiales. Sin embargo, una vez alcanzadas esas metas, descubrimos que la satisfacción dura poco y que el corazón sigue anhelando algo más.

La Biblia explica esta realidad de manera sencilla: fuimos creados para Dios. Ninguna posesión material puede ocupar el lugar que solo Él puede llenar.

Cuando lo urgente desplaza a lo eterno

No solemos alejarnos de Dios de manera repentina.

Generalmente ocurre de forma gradual.

Primero dejamos de orar un día porque estamos cansados.

Luego dejamos de leer la Biblia porque tenemos muchas cosas que hacer.

Después comenzamos a depender más de nuestra propia capacidad que de la dirección de Dios.

Y casi sin darnos cuenta, aquello que antes era una prioridad se convierte en una actividad ocasional.

El problema no es únicamente la falta de tiempo. El problema son nuestras prioridades.

Jesús lo expresó con absoluta claridad:

"Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mateo 6:21).

Aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo, nuestra atención y nuestras energías revela lo que realmente ocupa el primer lugar en nuestra vida.

Una generación distraída

Diversos investigadores han señalado que vivimos en una era de distracción permanente.

El psicólogo social Jonathan Haidt ha estudiado ampliamente el impacto de la hiperconectividad y el uso constante de dispositivos digitales en la atención, las relaciones humanas y el bienestar emocional. Nuestra mente rara vez descansa. Estamos expuestos continuamente a notificaciones, mensajes, videos, titulares y estímulos que compiten por nuestra atención.

Sin embargo, la vida espiritual requiere precisamente lo contrario.

La oración requiere quietud.

La reflexión requiere silencio.

La lectura de la Palabra requiere concentración.

La comunión con Dios requiere tiempo de calidad.

Es difícil escuchar la voz de Dios cuando vivimos rodeados de ruido.

Quizás el mayor problema de nuestra generación no sea la falta de recursos ni la falta de información. Quizás sea la falta de silencio o de quietud.

Hemos llenado cada espacio de nuestra vida con actividades, preocupaciones y entretenimiento, pero hemos olvidado detenernos para escuchar al Señor.

Una Biblia cerrada y un corazón vulnerable

Hace algún tiempo me sorprendí al descubrirme pasando varios minutos revisando noticias y mensajes apenas me levantaba de la cama, y como me costaba encontrar diez minutos para abrir la Biblia. El problema no fue que me faltara tiempo, era que lo estaba utilizando en lo menos importante. Fue una llamada de atención sobre mis prioridades; fue entender quién o qué debía ocupar el primer lugar en mi vida. Fue entonces cuando tomé la decisión de que lo primero que mis ojos debían ver y leer, era la Palabra de Dios (sin distracciones).

Si retrocedemos en el tiempo recordaremos que era común encontrar hogares donde la lectura bíblica formaba parte de la rutina familiar. Muchas familias comenzaban el día con un culto matutino y algunas también se reunían al finalizar la jornada para agradecer a Dios y estudiar Su Palabra. Hoy, en cambio, muchas Biblias permanecen cerradas durante toda la semana, acumulando polvo en algún rincón del hogar.

Conocemos las opiniones, los éxitos, los fracasos y hasta los detalles más íntimos de periodistas, influencers, políticos y celebridades; estamos informados sobre las últimas tendencias, pero desconocemos (o hemos olvidado) promesas que Dios ya nos dejó en Su Palabra.

Y cuando dejamos de alimentarnos de la verdad, inevitablemente comenzamos a ser moldeados por otras voces.

No debería sorprendernos entonces que la fe se debilite, que el amor al prójimo se enfríe o que la ambición material ocupe cada vez más espacio en nuestra vida.

La Escritura no solo informa nuestra mente; transforma nuestro corazón, nuestra manera de ver la vida e incluso nuestra manera de actuar.

Cuando descuidamos la Palabra de Dios, comenzamos a perder la perspectiva eterna.

El peligro de la avaricia disfrazada de éxito

La sociedad suele medir el éxito por la cantidad de dinero acumulado, los bienes adquiridos o la posición alcanzada.

Sin embargo, el evangelio nos invita a evaluar nuestra vida con criterios completamente diferentes.

La pregunta no es cuánto tenemos.

La pregunta es ¿Quién gobierna nuestro corazón?

"Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee" (Lucas 12:15).

La avaricia no siempre se manifiesta en grandes riquezas. A veces aparece como una preocupación constante por obtener más, compararnos con otros o perseguir metas materiales mientras descuidamos aquello que verdaderamente tiene valor eterno.

Vivimos en una cultura que constantemente nos envía el mismo mensaje: "Necesitas más para ser feliz". Más dinero, más reconocimiento, más seguidores, más comodidad. Sin embargo, la experiencia demuestra que el corazón humano siempre termina pidiendo algo más; el alma humana nunca fue diseñada para encontrar identidad en las posesiones materiales, es por eso que aunque tengamos más, nuestro vacío permanece, hasta que llegamos a tener un verdadero encuentro con Jesucristo.

 

¿Qué está pasando con nuestro amor por los demás?

Otro síntoma preocupante de nuestro tiempo es el enfriamiento del amor.

Vivimos conectados con cientos de personas y, al mismo tiempo, cada vez más aislados, indolentes del sufrimiento ajeno.

Nos resulta más fácil reaccionar a una publicación que visitar a alguien en hospital llamar a una persona que atraviesa una crisis o acompañar a quien se siente solo. Tenemos tiempo para discutir en redes sociales, pero poco tiempo para escuchar a quienes necesitan consuelo.

Jesús enseñó que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Por eso no podemos afirmar que amamos a Dios mientras permanecemos indiferentes ante las necesidades de quienes nos rodean.

La verdadera espiritualidad siempre produce compasión, servicio y generosidad.

El ejemplo de Marta y María

Quizás ninguna historia describe mejor nuestra realidad que la de Marta y María.

Marta estaba ocupada haciendo muchas cosas buenas. Estaba sirviendo. Estaba trabajando. Estaba atendiendo responsabilidades legítimas.

Pero María estaba sentada a los pies de Jesús.

Entonces el Señor pronunció unas palabras que siguen siendo relevantes para nosotros:

"Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria" (Lucas 10:41-42).

El problema de Marta no era el servicio.

Era haber permitido que las muchas cosas desplazaran a la única cosa verdaderamente necesaria; y creer que su hermana debía estar haciendo lo mismo que ella.

¿No nos ocurre algo parecido hoy?

Reflexión final

Tal vez no necesitemos reorganizar completamente nuestra vida.

Tal vez solo necesitemos devolverle a Dios el lugar que nunca debió perder.

Quizás eso signifique apagar el teléfono por unos minutos.

Abrir nuevamente la Biblia.

Volver a orar con sinceridad.

Apartar tiempo para escuchar la voz de Dios.

Examinar nuestro corazón.

Pedirle al Señor que nos muestre aquello que ha ocupado Su lugar y que nos quita nuestro tiempo.

Porque el verdadero peligro no es alejarnos de Dios de un día para otro.

El verdadero peligro es alejarnos poco a poco mientras seguimos pensando que todo está bien.

La pregunta sigue siendo la misma:

Entre todas las cosas que llenan nuestra agenda, ¿todavía hay espacio para Dios?

Quizás el enemigo no necesita alejarnos completamente de Dios.

Tal vez le basta con mantenernos lo suficientemente ocupados para que nunca tengamos tiempo de escucharlo.

Lo preocupante no es una Biblia abandonada durante años.

Lo preocupante es una Biblia cerrada hoy.

Una oración postergada hoy.

Un corazón distraído hoy.

Porque las grandes distancias espirituales suelen comenzar con pequeños descuidos diarios.

OloraCielord.

Preguntas para meditar

• ¿Qué ocupa la mayor parte de mi tiempo, atención y energía?

• ¿He permitido que las preocupaciones diarias desplacen mi comunión con Dios?

• ¿Cuánto tiempo dedico a conocer, estudiar y analizar la Palabra de Dios en comparación con otras actividades?

• ¿Estoy acumulando tesoros temporales mientras descuido los eternos?

• ¿Refleja mi vida el amor de Cristo hacia quienes me rodean?

Oración del día

Padre celestial, perdónanos por las veces que hemos permitido que las preocupaciones, las distracciones y los afanes de esta vida ocupen el lugar que solo te corresponde a Ti. Ayúdanos a reconocer aquello que está alejando nuestro corazón de tu presencia. Danos hambre por tu Palabra, pasión por la oración y un amor genuino por las personas que has puesto a nuestro alrededor. Enséñanos a buscar primero tu Reino y a recordar que las cosas eternas tienen mucho más valor que las temporales. Que nuestra vida refleje tu amor, tu gracia y tu verdad. En el nombre de Jesús. Amén.

Créditos.

Tozer, A. W. (1961). El conocimiento del Dios Santo (The Knowledge of the Holy).

Foster, R. J. (1978). Celebración de la disciplina.

Si deseas profundizar en este tema, te animo a leer las obras mencionadas. La ciencia puede ayudarnos a comprender mejor el comportamiento humano, pero la Palabra de Dios sigue siendo la guía suprema para transformar nuestro corazón y orientar nuestra vida.

martes, 23 de junio de 2026

Lejos de casa, pero nunca lejos de Dios.

 



"Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudo" (Isaías 41:13).

Hay decisiones que cambian por completo el rumbo de nuestra vida.

Emigrar es una de ellas.

Quienes hemos tenido que dejar nuestro país sabemos que hacer una maleta es mucho más sencillo que dejar atrás una vida construida durante décadas. Detrás de cada boleto de avión quedan abrazos pendientes, conversaciones que ya no ocurrirán con la misma frecuencia, calles conocidas que cambiarán con el tiempo y que quizás ya no reconocerás cuando regreses, aromas familiares que no encontraras en otro lugar, tradiciones que nos hicieron sentir en casa y personas que ocupan un lugar irremplazable en nuestro corazón.

Cuando la decisión de emigrar llega después de los cuarenta años, el desafío suele ser aún mayor, pues a esta edad ya hemos construido una identidad, una profesión, amistades profundas y una forma muy personal de entender el mundo. De pronto, todo cambia. Hay que aprender nuevas costumbres, un idioma diferente, comprender otra manera de relacionarse e incluso aceptar que aquello que antes hacíamos con facilidad y regularidad, ahora requiere esfuerzo, paciencia y humildad, o que, en el peor de los casos, ya no podremos hacerlo jamás.

Pensé que aprender un nuevo idioma sería el mayor desafío a mi edad. Sin embargo, con el tiempo comprendí que el idioma era solo una pequeña parte del proceso. Lo verdaderamente difícil era volver a empezar.

El duelo que pocos conocen

El psiquiatra español Joseba Achotegui, quien ha dedicado gran parte de su carrera al estudio de la salud mental de las personas migrantes, describe este proceso como el "duelo migratorio". Según él explica, emigrar implica afrontar múltiples pérdidas al mismo tiempo: la familia, los amigos, la lengua, la cultura, el reconocimiento social y muchas veces hasta la imagen que teníamos de nosotros mismos.

Cuando leí sobre este concepto, comprendí que muchas de las emociones que experimentamos quienes emigramos no son señales de debilidad. Son parte de un proceso humano profundamente complejo, y que como creyentes debemos saber que nuestra historia nunca termina en el duelo eterno, porque Dios, en su amor, siempre transforma los desiertos en escuelas.

Aprender otra cultura también es un acto de humildad

Uno de los mayores aprendizajes de la emigración no tiene que ver con memorizar nuevas palabras, más bien tiene que ver con aprender a escuchar mejor, a observar antes de juzgar, aceptar que las personas expresan el cariño de maneras diferentes, que no todos somos iguales, ni aprendimos lo mismo, e incluso dentro de la iglesia.

Recuerdo haber pensado que, al llegar a una nueva congregación, todo sería igual que en mi país. Después de todo, adorábamos al mismo Dios, tenemos la misma fe; pero pronto descubrí que sí, la doctrina era la misma, pero la cultura era distinta, la forma de saludar era diferente, la manera de hacer evangelismo no era la misma, incluso la música (los himnos, las melodías, las palabras, etc.), el sentido de la puntualidad, las expresiones de afecto; y al principio, entender todo esto cuesta, y mucho.

Extrañamos aquello que nos resulta familiar. Pero poco a poco comprendemos que Dios no nos estaba enseñando únicamente un idioma nuevo. También estaba ensanchando nuestro corazón para amar a personas diferentes a nosotros. Descubrí que ese también era un proceso de santificación.

Dios ya había trabajado con inmigrantes

La Biblia está llena de hombres y mujeres que tuvieron que dejar su hogar.

Abraham salió sin conocer el destino al que Dios lo conduciría (Génesis 12:1-4).

José aprendió a vivir en una tierra extranjera, rodeado de una cultura diferente, pero nunca dejó de confiar en el Señor (Génesis 39).

Daniel estudió un nuevo idioma, una nueva administración y nuevas costumbres, sin renunciar jamás a su identidad espiritual (Daniel 1).

Y cuando el pueblo de Israel vivía en el exilio, Dios les dio una instrucción que me conmueve profundamente: les pidió que construyeran casas, que plantaran huertos, que formaran familias y buscaran el bienestar de la ciudad donde ahora vivían (Jeremías 29:4-7).

¡Qué enseñanza tan extraordinaria!, Dios no les dijo que vivieran únicamente mirando hacia atrás. Les enseñó a florecer donde Él los había plantado.

Creo que ese consejo sigue siendo vigente para quienes vivimos lejos de nuestra tierra.

Dios nunca nos llama a un lugar sin darnos también los recursos necesarios para crecer en él.

Las amistades también necesitan tiempo

Quizás una de las mayores tristezas del inmigrante sea descubrir que hacer nuevos amigos no ocurre de la noche a la mañana, por más simpático que seas.

El investigador Jeffrey Hall, de la Universidad de Kansas, encontró que desarrollar una amistad cercana requiere muchas horas de convivencia intencional. Las relaciones profundas no nacen en un solo encuentro; se construyen con tiempo, confianza y presencia (y esto aplica perfectamente para nuestra vida cristiana).

Eso explica por qué muchas veces sentimos soledad aun estando rodeados de personas.

No significa que Dios nos haya abandonado. Significa que las raíces necesitan tiempo para crecer. Y mientras esas raíces se fortalecen, Dios permanece siendo el Amigo que nunca cambia y que nunca te abandona.

Lo que Dios estaba haciendo en mí

Con el paso del tiempo comprendí algo que jamás imaginé cuando hice aquella maleta. Dios no solo estaba cambiando mi dirección. Estaba transformando mi corazón. Me estaba enseñando paciencia cuando quería respuestas rápidas. Humildad cuando debía volver a aprender cosas sencillas. Dependencia cuando ya no podía resolver todo por mis propias fuerzas. Empatía al descubrir que cada persona lleva una historia diferente. Y gratitud por bendiciones que antes daba por sentadas.

Comprendí que Dios no solo estaba permitiendo este proceso; también lo estaba utilizando. Cada pérdida, cada renuncia y cada desafío se convertían en herramientas para moldear un corazón más dependiente de Él. Lo que al principio veía únicamente como una experiencia dolorosa, poco a poco comenzó a revelar un propósito que iba mucho más allá de adaptarme a un nuevo país.

Quizás ese haya sido el verdadero propósito del viaje. No cambiar de país ni de circunstancias, sino cambiarme a mí.

Nuestra verdadera ciudadanía

La Biblia nos recuerda que, aunque vivamos en cualquier lugar del mundo, nuestra verdadera ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20). Tal vez por eso nunca terminamos de sentirnos completamente "en casa" en esta tierra. Fuimos creados para algo mucho mayor.

Cada cambio, cada despedida, cada adaptación y cada nuevo comienzo nos recuerdan que este mundo es temporal y que un día el Señor nos llevará al hogar definitivo, donde ya no habrá despedidas, barreras culturales ni idiomas que aprender, porque estaremos para siempre en la presencia de nuestro Salvador.

Reflexión final

Si hoy estás viviendo lejos de tu país, quizás extrañas a tu familia, tus amigos, tu iglesia, tu cultura o hasta las pequeñas cosas que antes parecían insignificantes.

Quiero decirte algo con todo mi corazón. Dios no se quedó en el país que dejaste. Él viajó contigo. Ha estado presente en cada aeropuerto, en cada entrevista, en cada palabra que no supiste pronunciar, en cada lágrima silenciosa y en cada noche en la que te preguntaste si algún día volverías a sentirte en casa.

Y mientras tú intentabas adaptarte a una nueva tierra, Él estaba preparando algo mucho más importante: un nuevo corazón. Porque Dios nunca desperdicia nuestros procesos. Los transforma en propósito.

Hoy te invito a caminar hacia ese propósito con fe, siguamos avanzando con la certeza de que, aunque estemos lejos de nuestra tierra, jamás estaremos lejos de nuestro Dios.

Porque todavía hay esperanza.

Porque todavía hay propósito.

Porque todavía hay un Padre que sostiene nuestra mano.

OloraCielo.

Preguntas para meditar

  • ¿Estoy permitiendo que Dios transforme mi carácter a través de los cambios que estoy viviendo?
  • ¿He aprendido a florecer donde Dios me ha plantado o sigo viviendo únicamente mirando hacia el pasado?
  • ¿Confío en que Dios está guiando cada etapa de este nuevo comienzo?
  • ¿Estoy permitiendo que las diferencias culturales amplíen mi capacidad de amar y servir a los demás?

Oración del día

Padre celestial, gracias porque nunca nos abandonas, aun cuando dejamos atrás nuestro hogar y comenzamos de nuevo en un lugar desconocido. Gracias por sostenernos en medio de la incertidumbre, por enseñarnos a depender de Ti y por transformar cada desafío en una oportunidad para crecer. Danos paciencia para aprender, humildad para adaptarnos, sabiduría para comprender a quienes nos rodean y un corazón dispuesto a amar sin importar las diferencias culturales. Ayúdanos a recordar cada día que nuestra verdadera ciudadanía está contigo y que, mientras caminamos por esta tierra, nunca estaremos lejos de tu presencia. En el nombre de Jesús. Amén.

Creditos y fuentes consultadas

  • Achotegui, J. (2022). El síndrome de Ulises: El estrés crónico y múltiple del inmigrante. Barcelona: Herder.
  • Hall, J. A. (2019). How Many Hours Does It Take to Make a Friend? University of Kansas.
  • American Psychological Association. (2023–2024). Publicaciones sobre adaptación, resiliencia y bienestar en personas migrantes.
  • Organisation for Economic Co-operation and Development. Informes sobre integración y bienestar de las personas migrantes.
  • Ellen G. White. La Educación, capítulos 1 y 2; El Ministerio de Curación, capítulo "El verdadero conocimiento de Dios".

martes, 16 de junio de 2026

¿Qué está pasando con nuestro mundo? Una mirada desde la justicia de Dios

 


Cada día parece traer consigo una nueva noticia que nos deja perplejos. Escándalos de corrupción, actos de violencia, conflictos sociales, intolerancia, desigualdades, indiferencia ante el sufrimiento ajeno y una creciente sensación de frustración colectiva, que ya forman parte de las conversaciones cotidianas.

Muchos ciudadanos sienten que no son escuchados. Otros perciben que la justicia avanza lentamente o que no siempre alcanza a todos por igual. Las redes sociales, que en teoría deberían acercarnos, con frecuencia se convierten en espacios de confrontación donde la empatía parece escasear y las diferencias se transforman en motivo de división.

Ante este panorama surge una pregunta inevitable: ¿Qué está pasando con nuestro mundo?; Como cristianos, no somos ajenos a estas inquietudes. También observamos la realidad, sufrimos sus consecuencias y anhelamos una sociedad más justa. Sin embargo, la Palabra de Dios nos invita a mirar más allá de los acontecimientos inmediatos para comprender que nada de esto ha tomado al Señor por sorpresa.

Cuando la Biblia parece describir nuestros días

Al observar lo que ocurre a nuestro alrededor, resulta inevitable preguntarnos qué está pasando con nuestra sociedad. La intolerancia parece crecer, la desesperación se hace evidente en muchas conversaciones y la confianza entre las personas se debilita cada vez más. Sin embargo, quienes estudiamos las Escrituras sabemos que nada de esto debería sorprendernos.

Hace siglos, los profetas ya advertían que una sociedad se aleja de Dios cuando deja de practicar la justicia, la misericordia y la compasión. Amós denunció a quienes ignoraban el sufrimiento de los más vulnerables (Amós 5:24), mientras que Miqueas recordó que el deseo de Dios siempre ha sido que vivamos haciendo justicia, amando la misericordia y caminando humildemente delante de Él (Miqueas 6:8).

Quizás por eso el problema de nuestro tiempo no sea únicamente político, económico o social. Tal vez estamos contemplando los síntomas de una crisis mucho más profunda: una crisis espiritual, de una sociedad que pierde la confianza en si misma y en todo lo demás.

A todo esto, debo añadir, con el fin de corroborar el párrafo anterior, que diversas investigaciones recientes han encontrado que la confianza interpersonal y el apoyo social continúan siendo factores fundamentales para el bienestar humano. El World Happiness Report 2024 señala que las personas que perciben apoyo, solidaridad y relaciones significativas experimentan mayores niveles de bienestar que aquellas que viven aisladas o desconectadas de su comunidad.

Esto nos debe llevar a reflexionar sobre algo importante, cuando una sociedad deja de escuchar, deja de servir y deja de preocuparse por los demás, inevitablemente comienza a fragmentarse. Y es por esto por lo que hoy vemos tanta frustración, tanta división y tanta desesperanza.

Otras investigaciones publicadas recientemente, como por ejemplo la de Scientific Reports, también sugieren que durante períodos de crisis puede disminuir la confianza hacia las instituciones, aumentando el descontento social y la sensación de incertidumbre, una realidad que parece reflejarse en numerosos contextos sociales contemporáneos.

Lo bueno de todo esto es que, aun en medio de este panorama, Dios continúa llamándonos a ser diferentes.

Cuando Pablo escribió a Timoteo acerca de los postreros días, describió una humanidad cada vez más centrada en sí misma, menos agradecida, menos compasiva y más distante de los principios de Dios (2 Timoteo 3:1-5). Al leer esas palabras hoy, pareciera que estuviera describiendo muchas de las actitudes que observamos diariamente. Pero el propósito de estas advertencias nunca fue producir miedo.

Jesús habló de guerras, conflictos y angustia entre las naciones. Sin embargo, también enseñó que cuando estas cosas comenzaran a suceder, sus seguidores debían levantar la cabeza y mirar con esperanza, porque la redención estaría más cerca (Lucas 21:25-28; Mateo 24:6-8).

La profecía bíblica no fue dada para generar ansiedad, sino para fortalecer nuestra confianza en que Dios continúa teniendo el control de la historia, recordándonos que la justicia humana es limitada; la justicia de Dios es perfecta; aunque todos anhelamos vivir en una sociedad donde la justicia funcione correctamente, donde las instituciones sean transparentes, que haya igualdad ante la aplicación de la ley, que los más vulnerables sean protegidos, entre otras cosas (y claro que esos deseos son legítimos), la Biblia nos enseña que ninguna estructura humana podrá erradicar completamente la injusticia mientras el pecado continúe gobernando el corazón del ser humano.

Es por esto que nuestra esperanza definitiva no puede ni debe estar en un sistema político, en un gobierno o en una ideología. Nuestra esperanza está en Cristo.

Isaías anunció un tiempo futuro en el que la violencia, la injusticia y el sufrimiento dejarán de formar parte de la experiencia humana (Isaías 11:6-9). Un reino donde la paz y la justicia serán una realidad permanente bajo el gobierno de Dios. Y tenga por seguro que ese día llegará. Un día la justicia no será parcial, donde la corrupción desaparecerá, donde el sufrimiento terminará y donde Dios enjugará toda lágrima de los ojos de sus hijos (Apocalipsis 21:4).

La esperanza sigue siendo posible

El filósofo y ético cristiano Brian Stiltner ha señalado que la esperanza cristiana no debe entenderse solamente como una virtud individual, sino también como una fuerza capaz de reconstruir relaciones y fortalecer comunidades en tiempos de incertidumbre. Y esa esperanza de la que habla Brian Stiltner encuentra un eco profundo en las palabras de Pablo cuando presenta a Dios como el "Dios de esperanza" (Romanos 15:13).

Qué interesante resulta observar cómo esta idea armoniza con las enseñanzas bíblicas; y por supuesto que la esperanza no consiste en negar la realidad, consiste en saber que la realidad no tiene la última palabra, sino que Cristo la tiene.

Por eso, aunque observemos injusticias, conflictos y dificultades, seguimos creyendo que Dios continúa obrando, llamando personas al arrepentimiento y preparando el glorioso día en que establecerá plenamente su reino de justicia y paz.

A estas alturas te estarás preguntando ¿Qué debemos hacer mientras tanto?, la respuesta basada en la biblia no es la indiferencia, tampoco es la desesperación, y mucho menos el miedo; Dios nos llama a ser instrumentos de justicia, misericordia y reconciliación desde donde vivimos y con todos los recursos que Dios ha colocado en nuestras manos.

Podemos escuchar con respeto cuando otros piensan diferente, podemos actuar con integridad aun cuando la corrupción parezca normal, podemos extender misericordia cuando el mundo responde con agresividad, podemos ser luz en medio de la oscuridad y, sobre todo, podemos anunciar la esperanza que encontramos en Jesucristo.

Porque, aunque el mundo parezca cada vez más confundido, Dios sigue teniendo el control de todo, y aun de nuestra historia hoy, solo debemos de creerle a Él.

El llamado de hoy es a no preguntarnos solamente ¿Qué está pasando con nuestro mundo?, la pregunta hoy es ¿Dónde está puesta nuestra esperanza?; porque definitivamente si nuestra confianza depende únicamente de las circunstancias, viviremos eternamente frustrados. Si depende de los hombres, tarde o temprano seremos decepcionados. Pero si está cimentada en Cristo, podremos mantener la paz aun en medio de la incertidumbre.

La Biblia nos advirtió que estos tiempos llegarían, y también nos aseguró que Dios permanece y permanecerá fiel a su Palabra. Por eso, más que mirar el futuro con temor, estamos llamados a prepararnos espiritualmente, fortalecer nuestra fe y acercarnos cada día más al Señor.

Porque mientras muchos ven señales de desesperanza, los creyentes vemos señales de que las promesas de Dios continúan avanzando hacia su glorioso cumplimiento (Lucas 21:28), y esa, mi amigo/a, es una razón suficiente para seguir caminando por fe.

Porque todavía hay esperanza.

Porque todavía hay misericordia.

Porque todavía hay un Salvador que viene pronto.

Y porque todavía hay Olor a Cielo.

Preguntas para meditar

  • ¿Estoy permitiendo que la frustración de este mundo robe mi paz y esperanza?
  • ¿Estoy reflejando la justicia y la misericordia de Dios en mis acciones diarias?
  • ¿Dónde está realmente puesta mi confianza?
  • ¿Estoy preparándome espiritualmente para el encuentro con Cristo?

Oremos juntos

Padre celestial, estamos conscientes de que vivimos en tiempos de incertidumbre y que muchas veces nuestro corazón se inquieta al ver lo que ocurre a nuestro alrededor. Ayúdanos a no perder la fe ni la esperanza. Enséñanos a vivir con justicia, misericordia y humildad delante de Ti. Danos discernimiento para comprender los tiempos que vivimos y fortaleza para permanecer firmes en tus promesas. Que nuestras vidas reflejen tu amor en medio de un mundo necesitado. Y mientras esperamos el glorioso regreso de Jesucristo, ayúdanos a caminar con fidelidad, confianza y esperanza. En el nombre de Jesús. Amén.

 

Autora: Elisa Pimentel
Blog:
Oloracielo.blogspot.com

YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord

Créditos y fuentes consultadas

Helliwell, J. F., Layard, R., Sachs, J. D., De Neve, J.-E., Aknin, L. B., & Wang, S. (2024). World Happiness Report 2024.

Aassve, A., Capezzone, T., Cavalli, N., et al. (2024). Social and political trust diverge during a crisis. Scientific Reports.

Stiltner, B. (2024). Hope in Community: Recovering the Most Elusive Social Virtue in American Church Practice. Journal of the Society of Christian Ethics.

Santa Biblia, Reina-Valera 1960.

 


El verdadero problema no es cómo lo vemos... sino desde dónde lo miramos.

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