“Hazme saber, Jehová, mi fin, y
cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy.” (Salmos 39:4)
Hay preguntas que todos nos
hacemos alguna vez:
¿Quién soy?
¿Hacia dónde voy?
¿Qué será de mi vida?
¿Tendré tiempo para hacer todo lo que quiero?
¿Qué me espera mañana?
Vivimos intentando responderlas
mientras corremos. Trabajamos, estudiamos, hacemos planes, perseguimos sueños,
tratamos de asegurar nuestro futuro y, muchas veces, nos preocupamos por cosas
que todavía no han ocurrido. Y en medio de todo ese afán, podemos llegar a
olvidar algo muy importante: No tenemos el control del tiempo.
David lo entendió. Por eso le pide
a Dios: “Hazme saber... cuánta sea la medida de mis días.”; No está pidiendo
conocer exactamente cuándo morirá. Está pidiendo algo mucho más profundo: “Señor,
enséñame a comprender que mi vida tiene un límite.”
Porque cuando olvidamos que
nuestros días son limitados, comenzamos a vivir como si tuviéramos tiempo para
todo. Dejamos para después el perdón, dejamos para después la reconciliación, dejamos para después buscar
a Dios, dejamos para después aquello que sabemos que debemos cambiar hoy; Y mientras tanto, gastamos
nuestros días preocupándonos por un futuro que todavía no conocemos.
Nuestra fragilidad no es
nuestra identidad
Vivimos en una época en la que
muchas personas luchan constante y diariamente por descubrir quiénes son. Y
muchas veces creemos que las redes sociales nos están mostrando quién
deberíamos ser (y este es uno de los engaños más letales para la humanidad, la
falta de identidad).
La sociedad nos dice “cómo
deberíamos vernos”. El éxito intenta decirnos “cuánto valemos”. Y las opiniones
de otros intentan “definirnos”. Nuestros errores intentan convencernos de que
somos lo que hicimos (estrategia que todavía le funciona al enemigo). Y
nuestras circunstancias pueden hacernos creer que somos aquello que nos
ocurrió.
Pero la palabra de Dios hoy nos
recuerda algo diferente, dicho por David: “somos frágiles”. Y reconocer nuestra
fragilidad no significa vivir con miedo, significa reconocer que no somos Dios,
que no podemos controlar el mañana, que no podemos detener el tiempo, que no
podemos garantizar cuánto viviremos y que tampoco podemos conocer todo lo que
sucederá en nuestras vidas.
Pero sí podemos decidir en quién
colocaremos nuestra confianza mientras caminamos hacia ese futuro desconocido.
Y es ahí donde comienza una verdad maravillosa, nuestra identidad no tiene que
descansar en lo que cambia, nuestra identidad debe descansar en Dios, que no
cambia.
Quizás hoy no sabes qué sucederá con tu trabajo, no sabes cómo resolverás una situación familiar, tienes planes que todavía no sabes si podrás realizar, miras hacia adelante y solamente ves incertidumbre, pero hay algo mi querido hermano que sí debes saber: Dios es el mismo hoy mañana y por los siglos… por eso no permitamos que un futuro que todavía no existe nos robe la paz que Dios quiere darnos hoy.
Quizás no necesitas conocer tus
días; necesitas aprender a vivirlos
Hay algo hermoso en la oración de
David, él no le dice a Dios: “Muéstrame todo lo que sucederá.”, le dice:
“Enséñame a comprender mis días, mi fragilidad y a vivir con sabiduría. Y esta quizás
debería ser también nuestra oración hoy.
Porque no necesitamos conocer todo
nuestro futuro para confiar en Dios, solo necesitamos conocer más profundamente
al Dios que sostiene nuestro futuro.
Entonces detente. Respira, mira tu
vida, este día no volverá, esta conversación no volverá, esta oportunidad no
volverá, este momento tampoco. Mira tus días como un regalo, no una propiedad.
Vamos a preguntarnos hoy:
¿Estoy permitiendo que mis
circunstancias definan quién soy?
¿Estoy tan preocupado por mañana
que estoy olvidando buscar a Dios hoy?
No necesitas tener
todas las respuestas, solo necesitas acercarte a Aquel que conoce todas las
respuestas. David reconoció su fragilidad, y nosotros también podemos hacerlo. Cuando
finalmente entendemos eso, dejamos de vivir desesperadamente intentando
controlar lo que nunca estuvo en nuestras manos y comenzamos a vivir confiando
en nuestro Dios.
Oración del día
Señor, enséñame a vivir mis días
confiada/o en tu amor y misericordia; cuando el futuro me produzca ansiedad,
recuérdame que Tú ya estás allí para sostenerme; cuando no sepa quién soy,
ayúdame a recordar quién soy delante de Ti; cuando las circunstancias quieran
definir mi identidad, enséñame a encontrarla solo en tu amor; Cuando quiera
controlar lo que no puedo controlar, ayúdame a soltar y confiar en que tú
tienes mejores planes para mí. No permitas que desperdicie mis días viviendo
preocupada/o por el mañana.
Enséñame a vivir este día contigo,
con propósito, con gratitud y sobre todo con fe. Y cuando recuerde que soy
frágil, que eso no me lleve al temor, sino a buscar más de ti. Y a recordar que mis
días están en tus manos. En el nombre de Jesús. Amén.
Reto del día
Hoy no intentes resolver toda tu vida. Entrégale a Dios solamente este día. Ora, abraza, agradece, y sobre todo busca a Dios en oración. Y cuando aparezca nuevamente la preocupación por el futuro, repite: “Señor, no conozco mis días, pero conozco a quien los sostiene.”
Todavía hay Oloracielo.
Autora: Elisa Pimentel

