viernes, 11 de septiembre de 2026

Cuando el mensaje también es para mí.

 


“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente”

(Apocalipsis 3:15)

Cuando leemos los mensajes de Apocalipsis, es fácil pensar que fueron escritos para otras personas, especialmente para quienes no conocen a Dios, para quienes no guardan sus mandamientos o para quienes interpretan las profecías de manera diferente a nosotros.

Pero ¿y si el mensaje a Laodicea también fue escrito para mí?; Laodicea era una ciudad próspera, conocida por su riqueza y por la confianza que tenía en sus propios recursos. Sin embargo, dependía de un sistema de conducción de agua. La imagen del agua tibia que utiliza Jesús comunica una verdad espiritual profunda: aquello que no refresca, no sana ni cumple su propósito resulta inútil. Así también, una fe que conserva la apariencia religiosa, pero ha perdido su fervor y su dependencia de Dios, necesita volver a Cristo.

La escritura habla de que era una iglesia, una comunidad que conocía la verdad, que hablaba de Dios y que probablemente creía estar bien espiritualmente. Sin embargo, Jesús le dijo: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17).

Qué palabras tan fuertes para quienes pensaban estar bien.

A veces podemos conocer las profecías, defender nuestras creencias, hablar de los mandamientos y señalar los errores de otros, pero olvidar con mucha facilidad, que el mensaje de salvación también nos llama a nosotros al arrepentimiento genuino.

Podemos estar preocupados por identificar a Babilonia y no darnos cuenta de que hay algo de Babilonia creciendo dentro de nuestro propio corazón. Podemos hablar de la necesidad de parecernos a Cristo, pero responder con orgullo. Podemos defender la verdad, pero hacerlo sin amor. Podemos reconocer la tibieza de otros, mientras justificamos la nuestra.

Jesús no le dijo a Laodicea: “No tienes ninguna esperanza”. Le dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19).

El mensaje es una reprensión (un llamado de atención), pero también es una invitación que Cristo todavía nos hace hoy. Todavía Él nos ofrece restauración. Todavía desea entrar en la vida de quienes creemos conocerle, pero que necesitamos desesperadamente volver a abrirle la puerta de nuestro corazón.

La pregunta no es entonces “¿A quién representa Laodicea?”, la pregunta debería ser “Señor, ¿qué necesitas transformar en mí?”

La salvación no es únicamente para quienes están lejos de la iglesia. También es para quienes estamos dentro, para quienes conocemos de la Biblia, para quienes deseamos guardar los mandamientos y para quienes anhelamos reflejar el carácter de Cristo cada día, pero que reconocemos que todavía necesitamos su gracia y de su misericordia.

No fuimos llamados a usar la profecía como una acusación contra otros, sino como un espejo delante del cual Cristo pueda mostrarnos lo que necesitamos rendir a Él.

Hoy, Jesús no solamente nos invita a mirar el mundo con ojos de amor; también nos está invitando a mirarlo a Él y, al contemplarlo, a permitir que su amor nos convenza de pecado, que su verdad nos corrija y que su Espíritu nos transforme.

Oración

Señor Jesús, no permitas que lea tu Palabra pensando solamente en los demás. Muéstrame lo que necesito cambiar en mi corazón. Líbrame del orgullo espiritual, de la tibieza y de la necesidad de señalar a otros. Ayúdame a abrirte la puerta de mi corazón y a permitir que entres y vivas en permanentemente en mí. Que mi fe no sea solo conocimiento, sino una vida que refleje tu amor. Amén.

Reto de hoy

Antes de señalar un error en otra persona, detente y ora: “Señor, ¿hay algo de esto que también necesitas transformar en mí?”

Recuerda que todavía hay Oloracielo. ¡Dios te bendiga!

Elisa Pimentel


jueves, 10 de septiembre de 2026

Firmes en Babilonia. Cuando el mundo alrededor cambia, pero tu corazón permanece con Dios.

 


“Pero Daniel propuso en su corazón no contaminarse…”

Daniel 1:8

Daniel y sus tres compañeros no escogieron estar en Babilonia. Eran jóvenes que habían sido llevados lejos de su hogar, de su pueblo y de todo aquello que conocían. Ahora estaban en una ciudad poderosa, rodeados de una cultura completamente diferente, con nuevas costumbres, nuevos valores y nuevas tentaciones.

Babilonia no solamente quería enseñarles otro idioma o prepararlos para servir en el palacio del Rey. También intentaba reeducar su manera de pensar y cambiar su identidad. Sin embargo, algo permaneció intacto en ellos, su decisión de permanecer fiel a Dios.

Daniel 1:8 dice que Daniel “propuso en su corazón” no contaminarse. Esto quiere decir que antes de que llegara la prueba, ya había una convicción en él para permanecer en obediencia a Dios. Antes de estar frente a la mesa del rey, ya había una decisión. Daniel no decidió quién sería cuando apareció la tentación, él ya había decidido quién era en Dios.

Y eso es profundamente importante para nosotros hoy en día. Porque muchas veces queremos permanecer firmes cuando llega la prueba, pero quizás no hemos definido nuestras convicciones cuando estamos tranquilos, antes de que las pruebas se hagan realidad en nuestras vidas.

Daniel y sus compañeros tenían cualidades que hoy necesitamos recuperar, tales como el dominio propio, fidelidad, valentía, sabiduría, respeto, unidad y una convicción profunda de que obedecer a Dios era más importante que agradar a los hombres.

No fueron arrogantes. No provocaron una confrontación innecesaria con nadie, al contrario, Daniel pidió permiso en todo, dejando saber siempre quién era él y a quien le servía. Siempre habló con respeto hacia los demás, logrando proponer alternativas a cada situación, sin que estas dañaran o distorsionaran su esencia, ni que tampoco dañaran a su prójimo. Pero no negoció aquello que sabía que debía preservar; se mantuvo firme en todo.

Firmeza no significa falta de respeto.

Se puede tener un corazón decidido y, al mismo tiempo, un espíritu humilde. Daniel fue fiel en lo que podía hacer, y Dios, en su fidelidad, hizo lo que ellos no podían hacer.

El Señor les dio favor delante de quienes tenían autoridad sobre ellos. Dios les concedió conocimiento, inteligencia y sabiduría, tanto que, al presentarse ante el rey, fueron hallados superiores en sabiduría a los demás jóvenes.

Pero observa algo:

Dios no bendijo a Daniel para que Babilonia fuera su dios, ni cambiara sus convicciones, Dios lo bendijo para que, aun estando en Babilonia, Babilonia pudiera conocer quién era el Dios de Daniel.

Qué hermosa enseñanza para nosotros hoy, porque tal vez Dios tampoco nos ha colocado donde estamos ahora solo por casualidad, quizás estamos en un ambiente donde no todos creen como nosotros, quizás trabajamos, estudiamos o convivimos diariamente con personas que tienen valores diferentes a los nuestros, o quizás estamos expuestos constantemente a cosas que intentan normalizar aquello que nuestra conciencia, iluminada por la Palabra, nos dice que debemos rechazar.

Pero nuestra misión no siempre será salir de Babilonia y abandonar todo lo que nos molesta, a veces nuestra misión es permanecer fieles a Dios dentro de ella.

Daniel no permitió que el ambiente determinara su carácter, y nosotros tampoco deberíamos permitir que las tendencias, las presiones sociales, las redes sociales, la cultura o el deseo de encajar decidan qué principios estamos dispuestos a abandonar.

Entonces te preguntaras ¿Qué debo hacer como cristiano?, sencillo, no esperes a que llegue la tentación para decidir quién eres y en quien esta puesta tu fe.

Por eso debo decidir hoy a quién pertenezco, debo alimentar mi relación con Dios antes de enfrentar toda esa presión del mundo, debo conocer su Palabra para reconocer aquello que intenta apartarme de Él, debo cuidar mis pensamientos, mis decisiones, mis palabras y todo aquello que permito entrar en mi corazón; y, sobre todo, debo recordar que la fidelidad no depende solamente de mi fuerza, Daniel hizo su parte, y entonces Dios hizo la suya.

La historia de estos jóvenes no nos dice: “Sé fuerte porque puedes hacerlo solo”, nos dice “entrégate completamente a Dios, decide permanecer fiel y permite que Él haga en ti lo que tú no puedes hacer por ti mismo”.

Hoy también vivimos en una especie de Babilonia, por lo que la pregunta no es solamente “¿Por qué el mundo esta tan perdido?” la pregunta debería ser ¿Qué puedo hacer para mostrarle al mundo cuan bueno y poderoso es mi Dios?

Y cuando una persona decide honrar a Dios aun cuando nadie la está mirando, cuando escoge la integridad, aunque le cueste, cuando permanece fiel, aunque no sea popular, entonces su vida se convierte en un testimonio, y esto mi amado hermano, es a lo que hemos sido llamados.

No necesitas ser igual al mundo para vivir en él, solo necesitas estar tan cerca de Dios que puedas permanecer diferente sin perder el amor, la humildad ni la esperanza.

Para meditar

¿Qué convicción necesito fortalecer hoy para no negociar mi relación con Dios mañana?

¿Hay algo que estoy comenzando a aceptar simplemente porque todos a mi alrededor lo consideran normal?

¿Estoy intentando cambiar el ambiente que me rodea, cuando Dios quizás lo que quiere es comenzar cambiando mi corazón?

Oración

Señor, dame el corazón semejante al de Daniel. Un corazón que te pertenezca aun cuando nadie esté mirando. Dame sabiduría para reconocer lo que debo rechazar, valentía para permanecer firme y humildad para representar tu carácter correctamente. No permitas que las circunstancias cambien mis convicciones. Y cuando mis fuerzas sean insuficientes, recuérdame que tú sigues estando conmigo. Haz de mi vida un testimonio de que es posible permanecer fiel cuando todo alrededor intenta hacernos olvidar quiénes somos en ti. En el nombre de Jesucristo, Amén.

Reto de hoy

Antes de comenzar tu día, pregúntale a Dios:

“Señor, ¿qué decisión necesito tomar hoy para permanecer fiel a ti?”. Y cuando llegue la respuesta, no la pospongas, porque quizá la victoria de mañana comienza con una decisión que haces hoy.

Todavía hay Oloracielo.

Elisa Pimentel

miércoles, 9 de septiembre de 2026

El amor que todavía te alcanza,

 



“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre.”
(Apocalipsis 1:5)

Hay momentos en los que podemos sentir que nos hemos alejado demasiado de Dios. Quizás por algo que hicimos o dejamos de hacer; por una decisión de la que todavía nos arrepentimos, por un pecado que hemos repetido demasiadas veces o acariciado por demasiado tiempo. Por palabras que no debimos decir; por una etapa de nuestra vida que preferiríamos olvidar, o que queremos borrar.

Y entonces aparece una voz dentro de nosotros que dice:

“¿Cómo es que Dios puede seguir amándome después de todo esto?”

Pero hoy quiero que mires nuevamente a Cristo. Juan no escribió: “Al que nos amará si conseguimos cambiar.”

Tampoco dijo: “Al que nos amó cuando éramos perfectos.”

Juan simplemente escribió: “Al que nos amó.”

Y ese amor no se quedó en palabras, Él nos lavó de nuestros pecados con su sangre.

El amor de Cristo no ignora nuestro pecado, más bien lo enfrenta, lo perdona, lo limpia, lo transforma. Por eso no tienes que acercarte a Dios fingiendo que estás bien. El nos invita a que vengamos a Él con nuestras culpas, con nuestras lágrimas, con nuestras preguntas.

Con todo aquello que nadie conoce de nosotros; podemos llegar tal como estamos ahora mismo, porque Cristo ya sabe todo, y aun sabiéndolo todo acerca de ti y de mí, nos continúa llamando hoy

Cristo murió precisamente para abrirnos el camino de regreso a nuestro eterno hogar.

Y es por esto que Jesús no espera que primero arregles tu vida para después acercarte a Él. Él nos invita a acercarnos a Él para que podamos comenzar a transformar nuestras vidas.

Hoy es el mejor día para volver, para empezar; No mañana, no cuando seas mejor, no cuando hayas solucionado todo, hoy. Porque el amor de Dios no es una recompensa para quienes lograron ser suficientemente buenos. Es gracia para quienes reconocen que necesitan un Salvador.

Y la ciencia encuentra algo interesante con respecto a este tema

La investigación psicológica encuentra beneficios asociados con procesos de perdón y autoperdón, mientras que la Biblia nos revela la fuente espiritual del perdón: la gracia de Dios en Cristo.

Es por esto que el perdón de Dios no solamente alivia nuestra culpa; restaura nuestra relación con Él. Por lo que hoy no quiero que solamente leas este versículo, quiero que lo recibas.

“Al que nos amó.”

Ese amor también te alcanza a ti hoy. A ti que has fallado, que estás cansado, que llevas una culpa que nadie conoce, que quizás has dejado de orar porque sientes que ya no eres digno de acercarte. Hoy la invitación es para que vuelvas, recordando que Cristo no murió por una versión perfecta de ti, Él murió por ti.

Y su amor todavía está llamando a la puerta de tu corazón hoy. Solo necesitas arrodillarte y decir: “Señor, aquí estoy. Perdóname. Límpiame. Restáurame. Quiero volver a caminar contigo.”

Y confiar en que Él lo hará. Porque si hay algo que este versículo nos recuerda es que nuestro pecado no es más grande que la gracia de Cristo. Y que su amor no depende de nuestra perfección. Depende de quién es Él. Y Él sigue siendo nuestro Salvador.

Oración del día:

Padre amado, hoy me acerco a Ti tal como soy. Sin esconder mis errores, mis heridas ni mis pecados. Gracias porque, aun conociéndome completamente, decidiste amarme.

Gracias por Jesús y por el sacrificio de la cruz. Lávame de mis pecados. Quita de mí la culpa que me aleja de Ti y enséñame a vivir en la libertad de tu perdón. Restaura mi relación contigo. Haz que vuelva a buscarte no solamente cuando necesito algo, sino porque quiero conocerte y caminar contigo. Ayúdame, sobre todo, a comprender la profundidad de tu amor y a vivir cada día confiando en tu gracia. En el nombre de Jesús. Amén.

Reto del día:

Hoy busca un lugar tranquilo. Cierra los ojos y vuelve a leer lentamente:

“Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre.”

Y esta vez, léelo en primera persona:

“Cristo me amó. Cristo me limpia. Cristo me perdona. Cristo todavía me llama.”

Después dile algo que quizás llevas demasiado tiempo queriendo decirle y no te animabas a hacerlo. No huyas de Dios por aquello que hiciste o dejaste de hacer. Corre hacia Él precisamente porque necesitas su gracia. Recuerda que todavía hay Oloracielo.

Autora: Elisa Pimentel

 

Apoyo científico

Cowden, R. G., Worthington, E. L., Chung, C. A., Chen, Z. J., et al. (2025). Differential effects of decisional and emotional forgiveness on psychological, spiritual, social, volitional, and physical well-being: A scoping review. Healthcare, 13(9), 992.


martes, 8 de septiembre de 2026

Cuando no sabes cuánto tiempo tienes...

 



“Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy.” (Salmos 39:4)

Hay preguntas que todos nos hacemos alguna vez:

¿Quién soy?
¿Hacia dónde voy?
¿Qué será de mi vida?
¿Tendré tiempo para hacer todo lo que quiero?
¿Qué me espera mañana?

Vivimos intentando responderlas mientras corremos. Trabajamos, estudiamos, hacemos planes, perseguimos sueños, tratamos de asegurar nuestro futuro y, muchas veces, nos preocupamos por cosas que todavía no han ocurrido. Y en medio de todo ese afán, podemos llegar a olvidar algo muy importante: No tenemos el control del tiempo.

David lo entendió. Por eso le pide a Dios: “Hazme saber... cuánta sea la medida de mis días.”; No está pidiendo conocer exactamente cuándo morirá. Está pidiendo algo mucho más profundo: “Señor, enséñame a comprender que mi vida tiene un límite.”

Porque cuando olvidamos que nuestros días son limitados, comenzamos a vivir como si tuviéramos tiempo para todo. Dejamos para después el perdón, dejamos para después la reconciliación, dejamos para después buscar a Dios, dejamos para después aquello que sabemos que debemos cambiar hoy; Y mientras tanto, gastamos nuestros días preocupándonos por un futuro que todavía no conocemos.

Nuestra fragilidad no es nuestra identidad

Vivimos en una época en la que muchas personas luchan constante y diariamente por descubrir quiénes son. Y muchas veces creemos que las redes sociales nos están mostrando quién deberíamos ser (y este es uno de los engaños más letales para la humanidad, la falta de identidad).

La sociedad nos dice “cómo deberíamos vernos”. El éxito intenta decirnos “cuánto valemos”. Y las opiniones de otros intentan “definirnos”. Nuestros errores intentan convencernos de que somos lo que hicimos (estrategia que todavía le funciona al enemigo). Y nuestras circunstancias pueden hacernos creer que somos aquello que nos ocurrió.

Pero la palabra de Dios hoy nos recuerda algo diferente, dicho por David: “somos frágiles”. Y reconocer nuestra fragilidad no significa vivir con miedo, significa reconocer que no somos Dios, que no podemos controlar el mañana, que no podemos detener el tiempo, que no podemos garantizar cuánto viviremos y que tampoco podemos conocer todo lo que sucederá en nuestras vidas.

Pero sí podemos decidir en quién colocaremos nuestra confianza mientras caminamos hacia ese futuro desconocido. Y es ahí donde comienza una verdad maravillosa, nuestra identidad no tiene que descansar en lo que cambia, nuestra identidad debe descansar en Dios, que no cambia.

Quizás hoy no sabes qué sucederá con tu trabajo, no sabes cómo resolverás una situación familiar, tienes planes que todavía no sabes si podrás realizar, miras hacia adelante y solamente ves incertidumbre, pero hay algo mi querido hermano que sí debes saber: Dios es el mismo hoy mañana y por los siglos… por eso no permitamos que un futuro que todavía no existe nos robe la paz que Dios quiere darnos hoy.

Quizás no necesitas conocer tus días; necesitas aprender a vivirlos

Hay algo hermoso en la oración de David, él no le dice a Dios: “Muéstrame todo lo que sucederá.”, le dice: “Enséñame a comprender mis días, mi fragilidad y a vivir con sabiduría. Y esta quizás debería ser también nuestra oración hoy.

Porque no necesitamos conocer todo nuestro futuro para confiar en Dios, solo necesitamos conocer más profundamente al Dios que sostiene nuestro futuro.

Entonces detente. Respira, mira tu vida, este día no volverá, esta conversación no volverá, esta oportunidad no volverá, este momento tampoco. Mira tus días como un regalo, no una propiedad.

Vamos a preguntarnos hoy:

¿Estoy permitiendo que mis circunstancias definan quién soy?

¿Estoy tan preocupado por mañana que estoy olvidando buscar a Dios hoy?

No necesitas tener todas las respuestas, solo necesitas acercarte a Aquel que conoce todas las respuestas. David reconoció su fragilidad, y nosotros también podemos hacerlo. Cuando finalmente entendemos eso, dejamos de vivir desesperadamente intentando controlar lo que nunca estuvo en nuestras manos y comenzamos a vivir confiando en nuestro Dios.

Oración del día

Señor, enséñame a vivir mis días confiada/o en tu amor y misericordia; cuando el futuro me produzca ansiedad, recuérdame que Tú ya estás allí para sostenerme; cuando no sepa quién soy, ayúdame a recordar quién soy delante de Ti; cuando las circunstancias quieran definir mi identidad, enséñame a encontrarla solo en tu amor; Cuando quiera controlar lo que no puedo controlar, ayúdame a soltar y confiar en que tú tienes mejores planes para mí. No permitas que desperdicie mis días viviendo preocupada/o por el mañana.

Enséñame a vivir este día contigo, con propósito, con gratitud y sobre todo con fe. Y cuando recuerde que soy frágil, que eso no me lleve al temor, sino a buscar más de ti. Y a recordar que mis días están en tus manos. En el nombre de Jesús. Amén.

Reto del día

Hoy no intentes resolver toda tu vida. Entrégale a Dios solamente este día. Ora, abraza, agradece, y sobre todo busca a Dios en oración. Y cuando aparezca nuevamente la preocupación por el futuro, repite: “Señor, no conozco mis días, pero conozco a quien los sostiene.”

Todavía hay Oloracielo.

Autora: Elisa Pimentel


lunes, 7 de septiembre de 2026

¿Cuánto estoy dispuesto a dejar por Cristo?

 



“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.”
 Lucas 9:23

Nos gusta hablar de seguir a Cristo, de sus promesas, de su amor, de su misericordia y de las bendiciones que encontramos en Él, pero Jesús también habló de algo que muchas veces preferimos no mencionar: negarse a sí mismo.

Seguir a Cristo no significa solamente agregar a Jesús a nuestra vida cotidiana, significa permitir que Él transforme verdaderamente nuestra vida, y esto mi querido hermano implica sacrificio.

Sacrificar aquello que alimenta nuestro orgullo, nuestros deseos cuando contradicen su voluntad, nuestras costumbres cuando la Palabra nos llama a cambiarlas, nuestro derecho a tener siempre la razón, nuestro resentimiento cuando Cristo nos llama a perdonar, nuestra necesidad de controlar cuando Dios nos pide confiar, nuestro ego cuando Él nos llama a servir (y la lista puede ser muy larga); Y entonces aparece una pregunta que quizás necesitamos hacernos con absoluta sinceridad: ¿Cuánto estoy dispuesto a sacrificar para que Cristo viva en mí?

Porque es fácil decir: “Cristo es el Señor de mi vida.” Pero… ¿lo es realmente?

¿Lo es cuando me pide renunciar a algo que amo?, ¿Cuándo debo reconocer que estoy equivocado?, ¿Cuándo tengo que pedir perdón?, ¿Cuándo debo dejar una costumbre que me gusta?, ¿Cuándo obedecer a Dios significa ir en contra de lo que todos hacen?

Debemos aprender a dejar que Cristo gobierne nuestra vida, porque queremos que Jesús viva en nosotros, pero a veces queremos seguir gobernando nosotros, y esto mis amados, es el error mas grande que podemos cometer en nuestra vida cristiana.

Queremos sus promesas, pero no siempre queremos su señorío, queremos su cruz como símbolo, pero no siempre queremos llevar la nuestra, y quizá necesitamos hacernos otra pregunta: ¿Cuánto conozco realmente a Cristo? (personalmente creo que es la pregunta mas importante de todas, y por donde debemos empezar).

Porque podemos conocer acerca de Jesús sin conocer verdaderamente a Jesús. Podemos conocer sus palabras y no vivirlas. Podemos hablar de su amor y no amar. Podemos admirar su humildad y continuar alimentando nuestro orgullo. Podemos llamarnos cristianos y, sin embargo, conservar cuidadosamente el trono de nuestro propio corazón.

Conocer a Cristo verdaderamente debería producir algo en nosotros, debería cambiar nuestra manera de pensar, de hablar, de amar, de perdonar, de servir y de vivir. Jesús no nos llamó simplemente a llevar su nombre. Nos llamó a seguir sus pasos.

Y seguir sus pasos significa que algunas cosas tendrán que morir en nosotros para que algo nuevo pueda vivir. Quizás hoy no necesitas preguntarte cuánto has recibido de Dios. Quizás necesitas preguntarte:

¿Qué estoy dispuesto a entregarle a Dios?

¿Qué parte de mi vida todavía estoy defendiendo?

¿Qué deseo no quiero soltar?

¿Qué pecado sigo justificando?

¿Qué orgullo todavía gobierna mis decisiones?

¿Qué costumbre me cuesta abandonar?

¿Qué tendría que morir en mí para que Cristo pudiera vivir más plenamente?

No quiero que te hagas estas preguntas para condenarte. Hazlas delante de la cruz, porque allí recordamos que Cristo no nos pidió un sacrificio que Él mismo no estuviera dispuesto a hacer.

Él lo entregó todo, y ahora nos invita a seguirle, no promete que será fácil, pero sí promete que no caminaremos solos.

Para meditar hoy

Tal vez el verdadero sacrificio de seguir a Cristo no consiste solamente en renunciar a cosas externas, quizás el sacrificio más grande sea renunciar al derecho de seguir siendo el dueño de nosotros mismos; morir al yo, entregar el control, y dejar que Cristo gobierne (en todo); esta debe ser nuestra meta.

Y que al final podamos decir como Pablo: “Ya no vivo yo, más vive Cristo en mí.”

La invitación para hoy es a poder identificar esas áreas donde debemos trabajar, y donde debemos invitar a Cristo a morar; que nuestro deseo vaya más allá de ser cristianos; que aprendamos a vivir una vida EN Cristo.

Oración del día

Señor Jesús, hoy quiero reconocer que muchas veces quiero seguirte sin dejar de gobernar mi propia vida, por eso te pido que me perdones. Enséñame a morir al yo, a renunciar a aquello que me aleja de ti y a entregarte cada área de mi vida. Quita de mí el orgullo, el egoísmo y todo aquello que ocupa el lugar que solamente te pertenece a ti. Ayúdame a conocerte, no solamente de oídas, sino a través de una relación verdadera contigo.

Que pueda decir con sinceridad: “Ya no vivo yo, más vive Cristo en mí.”, Hazme semejante a ti. Y cuando seguirte implique sacrificio, dame la fe, la fortaleza y el amor necesarios para no volver atrás. En el nombre de Jesús. Amén.

Reto del día

Hoy busca un momento de silencio y pregúntale a Dios: “Señor, ¿qué hay en mí que todavía no te he entregado?”. No intentes justificarte. No pienses en otra persona. Escucha atentamente la voz de Dios. Y cuando Dios te muestre aquello que necesitas entregar, no solamente lo reconozcas: entrégaselo de todo corazón. Porque quizá aquello que hoy te cuesta soltar sea precisamente aquello que está ocupando el lugar donde Cristo quiere vivir en ti.

Recuerda que todavía hay Oloracielo.

Autora: Elisa Pimentel


viernes, 4 de septiembre de 2026

¿Estoy siguiendo a Cristo o una versión de Cristo que me conviene?

 


Hoy tuve una conversación con un cliente que me dejó pensando seriamente en este tema.

Hablábamos de lo cotidiano, pero en mis conversaciones siempre suele surgir alguna palabra o frase que redirige la conversación (sin intención) al tema de la vida cristiana; y me dijo algo que, aunque puede parecer sencillo, provocó en mí una profunda reflexión, me dijo:

“Yo visito tal iglesia, no me gustan las otras denominaciones…”

Cuando escucho este tipo de comentario surge en mi una profunda pena, al ver como hemos esquematizado y dividido a Cristo (figurativamente); en estos tiempos es normal que las personas tengan esa convicción, producto del fraccionamiento espiritual, la falta de fe y de estudio de la palabra de Dios. Con esto no me permito juzgar a nadie, ni tratar de justificar nada; Tampoco quiero afirmar que una denominación sea mejor que otra, pues quizás en algún momento de mi vida yo pertenecía a ese grupo de personas.

Pero aquella conversación me llevó a preguntarme: ¿En qué momento comenzamos a escoger el cristianismo como una prenda que sea la que más se acomode a nosotros?

Porque cuando leo la Biblia, encuentro algo que me resulta profundamente inspirador y es que Jesús no vino a crear una denominación, vino a salvarnos.

Vino a llamarnos a seguirle, a negarnos a nosotros mismos, a amar, perdonar, servir y vivir conforme a la voluntad del Padre. Y, sin embargo, muchas veces parece que hemos tomado el evangelio y lo hemos acomodado a nuestros gustos, nuestras costumbres, nuestras tradiciones y hasta nuestros deseos e ideologías.

Queremos a Cristo, pero no siempre queremos todo lo que implica seguir a Cristo. Queremos sus bendiciones, pero no siempre queremos su señorío. Queremos la salvación, pero a veces queremos conservar aquello que la Palabra nos pide entregar. Y es por esto por lo que creemos más en las argumentaciones y sermones humanos que en la palabra de Dios.

Entonces aparece una pregunta que no debería dirigirla hacia los demás, sino hacia mi propio corazón:

¿Soy cristiano porque realmente amo a Cristo, o porque el cristianismo satisface mi necesidad, mi ego, mis deseos o mis costumbres?

Jesús fue muy claro cuando dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.” (Lucas 9:23), es por esto por lo que seguir a Cristo implica algo más que identificarnos como miembro de una iglesia. Esto implica morir al yo para que Cristo viva en nosotros.

Pablo también escribió: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones.”
(1 Corintios 1:10); Incluso Jesús oró por sus seguidores de una manera que todavía debería conmovernos hoy: “Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros.” (Juan 17:21).

Entonces pienso...

Si verdaderamente conociéramos a Cristo, ¿habría tanto espacio para el orgullo de pertenecer a “los nuestros” y tanto rechazo hacia “los otros”? Quizás el problema no está solamente en cuántas denominaciones existen, quizás el problema está en cuánto de Cristo hay realmente en nosotros.

Porque podemos cambiar de nombre, de iglesia, de costumbres y de tradiciones... pero si el corazón continúa gobernado por el orgullo, el ego, la intolerancia y nuestros propios deseos, seguimos necesitando la misma transformación espiritual.

“¿A quién pertenece mi corazón?”

En lo personal, no quiero un cristianismo hecho a mi medida. No quiero seguir a un Cristo que solamente confirme mis ideas. Quiero conocer al Cristo de la Biblia, incluso cuando sus palabras confronten mis costumbres, mis preferencias, mi orgullo y aquello que no quiero abandonar. Porque quizá el verdadero problema de nuestro tiempo no sea que existan demasiadas iglesias. Quizás sea que hemos aprendido a llamar cristianismo a todo aquello que estamos dispuestos a aceptar de Cristo.

Jesús no murió para que nosotros construyéramos una religión que se acomodara a nuestros deseos, murió para reconciliarnos con Dios y transformarnos a su imagen. Por eso, hoy no quiero examinar a otras iglesias, quiero centrarme en examinar mi corazón.

Para meditar:

¿Estoy siguiendo a Cristo o estoy siguiendo una versión de Cristo que me resulta conveniente?

¿Hay algo que la Biblia me pide cambiar y que todavía estoy justificando?

¿Hay alguna tradición que defiendo más apasionadamente que la verdad?

¿Hay personas que rechazo simplemente porque no pertenecen a “los míos”?

¿Estoy dispuesto a obedecer a Cristo incluso cuando hacerlo contradiga mis gustos?

Porque al final mis amados, no seremos transformados por la denominación a la que pertenecemos, sino por nuestra relación con Cristo y nuestra disposición a seguir su Palabra.

Oración del día:

Señor, quita de mí todo aquello que he aprendido a llamar cristianismo, pero que no proviene de ti. Enséñame a conocerte verdaderamente y dame un corazón dispuesto a obedecerte, aunque tenga que cambiar mis propias ideas. Un corazón rendido a ti, confiado en ti y decidido a vivir para ti. En el nombre de Jesús, Amen.

Que no amemos más nuestra etiqueta que a Cristo.
Que no defendamos más nuestras costumbres que su Palabra.
Y que nunca estemos tan convencidos de tener la razón que dejemos de escuchar al Señor.

Porque Cristo no nos llamó a parecernos a una denominación. Nos llamó a parecernos a Él. Recuerda que todavía hay Oloracielo.

Autora: Elisa Pimentel

 


viernes, 28 de agosto de 2026

Un cristiano verdadero o de apariencias

 




La Biblia nos invita a mirar más allá de la apariencia. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16).

Podemos hablar de Dios, asistir a la iglesia, conocer versículos y mostrar una imagen cristiana, pero el verdadero cristianismo no consiste solamente en lo que mostramos exteriormente. Se evidencia en el carácter que estamos desarrollando y en la manera en que tratamos a los demás.

La ciencia también ha estudiado la incongruencia entre lo que las personas dicen creer y la manera en que actúan, mostrando que las personas pueden percibir cuando existe una diferencia entre las convicciones que alguien declara y su comportamiento.

Pero la Biblia va mucho más profundo: nos invita a examinarnos a nosotros mismos.

No se trata de señalar quién es un cristiano falso. Se trata de preguntarnos:

¿Existe coherencia entre mi fe y mi manera de vivir?

¿Soy capaz de pedir perdón?
¿Sé perdonar?
¿Cómo trato a quienes no pueden hacer nada por mí?
¿Cómo reacciono cuando alguien me contradice?
¿Soy la misma persona cuando nadie me está mirando?

Jesús es nuestro modelo.

Él no solamente habló de amor: amó.
No solamente habló de servicio: sirvió.
No solamente habló de humildad: se humilló.
No solamente habló de perdón: perdonó.

Por eso, un cristiano verdadero no es una persona perfecta que nunca falla.

Es una persona que permite que Cristo la transforme día tras día.

La pregunta aquí no es solamente:

“¿Parezco un cristiano?”

La pregunta es:

“¿Mi vida se está pareciendo a Cristo?”

Y ese es el reto: dejar de preocuparnos tanto por construir una apariencia y permitir que Dios transforme nuestro corazón.

Oración del día:

Bendito Dios y Padre Todo Poderoso, gracias por tu amor y tu infinita misericordia. Hoy te ruego que me ensenes a ser como Cristo, enséñame a amar como Él amo, a servir como Él lo hizo, a ser humilde como Él lo fue, y sobre todo a perdonar como Él perdono. Te entrego mi vida, transfórmala. En el nombre de Jesús, amen.

Autora: Elisa Pimentel

YouTube: @Oloracielord

lunes, 24 de agosto de 2026

Antes de responder, escucha....

 


“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.”

— Santiago 1:19-20

Hay palabras que llegan a nosotros y detonan esa chispa que nos puede hacer explotar.

Una mirada que interpretamos mal, un comentario que nos hiere, una respuesta que consideramos injusta, un mensaje que nos molesta, una persona que vuelve a tocar esa herida que creíamos cerrada, y casi sin darnos cuenta, reaccionamos y no de la mejor manera.

Regularmente respondemos antes de escuchar, hablamos antes de pensar, juzgamos antes de comprender, nos defendemos antes de preguntarnos si realmente estamos siendo atacados, y entonces nuestra lectura bíblica de hoy nos detiene y nos dice: “Pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse”, pero qué difícil parece esto cuando tenemos algo que demostrar.

El versículo de hoy es un recordatorio de que escuchar requiere humildad, callar requiere dominio propio y controlar la ira requiere algo todavía más profundo: permitir que Dios gobierne nuestro corazón, y este es el objetivo principal, que sea Dios que gobierne y no nuestros sentimientos.

No toda reacción merece una respuesta

Vivimos en un tiempo en el que responder rápidamente aparentaría ser una virtud. Porque todos tenemos una opinión y queremos expresar, cuando nos sentimos ofendidos queremos defendernos, si nos contradicen sentimos la necesidad de responder inmediatamente.

Pero Santiago nos presenta otra manera de reaccionar y de vivir.

Primero: escucha.

Después: piensa.

Luego: habla.

Y aun después de todo eso, pregúntate si lo que vas a decir realmente necesita ser dicho; Porque hay palabras que, una vez pronunciadas, no podemos recoger.

Elena G. de White advierte sobre el profundo daño que pueden causar las palabras apresuradas e irreflexivas, recordándonos que aquello que para nosotros pudo ser solamente una reacción momentánea puede dejar una herida duradera en otra persona.

Cuánto daño puede hacer las palabras que pronunciamos sin pensar, porque quizás nosotros ya olvidamos aquella frase, pero alguien más todavía la recuerda. Quizás para nosotros fue simplemente una reacción, pero para otra persona se convirtió en una herida, o quizás dijimos: “Yo solo estaba diciendo la verdad”, pero la verdad dicha sin amor puede convertirse en un arma muy peligrosa.

La ira no produce la justicia de Dios

Santiago no dice que nunca sentiremos enojo, porque somos seres humanos (imperfectos), y siempre habrá situaciones o pablaras que nos lastimen. Hay injusticias que indignan, hay palabras que lastiman, y habrá momentos en que nuestra primera reacción podría ser con ira.

Pero Santiago nos hace una advertencia importantísima: “La ira del hombre no obra la justicia de Dios.”, es un recordatorio de que Dios es el que debe gobernar, también en estos momentos.

Eso significa que no toda reacción que sentimos en nuestro interior debe convertirse automáticamente en una acción. Sentir no es lo mismo que obedecer al sentimiento.

Puedo sentirme herido y decidir no herir; Puedo estar en desacuerdo y decidir no humillar; Puedo tener razón y decidir hablar con mansedumbre; Puedo defender la verdad sin destruir a la persona que tengo delante; Eso también es madurez cristiana.

Y quizás aquí está una de las pruebas más difíciles de nuestra fe:

¿Cómo reaccionamos cuando alguien toca precisamente aquello que todavía necesita ser entregado a Dios?

Porque es relativamente fácil hablar de paciencia cuando nadie nos contradice; Es fácil hablar de mansedumbre cuando todo marcha bien; Es fácil decir que confiamos en Dios cuando nadie nos ha hecho daño. Pero el carácter de Cristo comienza a hacerse visible cuando tenemos razones para reaccionar de otra manera.

Jesús también nos enseña a responder

Cuando observamos la vida de Jesús encontramos nuestro mejor ejemplo de vida; Jesús fue acusado injustamente, fue rechazado, fue insultado, fue humillado, y sin embargo, no permitió que la maldad de otros determinara la condición de su corazón.

Esto debería cambiar completamente nuestra perspectiva de la vida, porque ser cristiano no significa solamente aprender a hablar de Jesús, ni saber dónde y cuándo citar los versículos de la Biblia, significa, indiscutiblemente, aprender a reaccionar como Jesús.

Y esto es mucho más difícil de lo que creemos, porque es posible conocer muchos versículos y todavía tener una lengua hiriente, es posible asistir regularmente a la iglesia y reaccionar con orgullo, es posible hablar de amor cristiano y guardar resentimiento durante años, es posible levantar nuestras manos para adorar a Dios y utilizarlas después para señalar los errores de otros.

Por eso Santiago no está hablando simplemente de nuestras palabras, está hablando de nuestro corazón. Deberíamos entonces reflexionar en las siguientes preguntas:

¿Qué sale de nosotros cuando somos presionados?

¿Quién soy cuando estoy molesto?

¿Qué sale de mi boca cuando alguien me contradice?

¿Qué hago cuando no me dan la razón?

¿Cómo trato a quien me ha herido?

¿Escucho para comprender o escucho solamente para preparar mi respuesta?

¿Puedo reconocer que quizá estoy equivocado?

¿Sé pedir perdón?

¿Puedo guardar silencio cuando mis palabras solamente aumentarían el conflicto?

Y, sobre todo:

¿Mi manera de reaccionar permite que otros vean a Cristo en mí?

Estas preguntas pueden incomodarnos mucho, pero a veces necesitamos que la Palabra de Dios nos incomode, no para condenarnos, sino para transformarnos.

Ser lento para la ira no significa ser débil

A veces confundimos mansedumbre con debilidad, pensamos que quien calla es porque no tiene argumentos, que quien perdona es porque no sabe defenderse, que quien no responde a una provocación está perdiendo, pero el evangelio nos muestra algo diferente.

Hay una fuerza enorme en quien puede responder, pero decide hacerlo con sabiduría; Hay poder en quien podría herir con sus palabras, pero escoge la gracia; Hay madurez en quien sabe que no necesita ganar cada discusión; Y hay libertad en quien ya no necesita defenderse constantemente.

Recuerda que no todo conflicto necesita que tú tengas la última palabra, a veces la última palabra debe tenerla solamente Dios. Por eso la invitación de hoy es a que, antes de hablar, llevemos nuestras palabras a Dios, y permitamos que El gobierne nuestra respuesta.

Oremos antes de contestar ese mensaje, antes de devolver aquella palabra, antes de publicar aquella opinión, antes de hablar de alguien, antes de reaccionar. Y para esto demos detenernos y decir:

“Señor, dame sabiduría.
Que mis palabras no nazcan de mi orgullo.
Que mi respuesta no sea gobernada por mi ira.
Ayúdame a escuchar.
Ayúdame a hablar con gracia.
Y si debo callar, dame también la humildad para hacerlo.”

Porque quizá el verdadero milagro que necesitamos no sea que Dios cambie a la persona que nos está provocando, quizá primero necesitamos que Dios cambie nuestra manera de responder. Recuerda que todavía hay Oloracielo.

Oración del día:

Señor, hoy reconozco que muchas veces he hablado cuando debía escuchar y he reaccionado cuando debía orar. Perdóname por las palabras pronunciadas desde la ira, el orgullo, la frustración o el dolor. Enséñame a escuchar antes de responder. Dame dominio propio cuando algo me moleste. Dame sabiduría para saber cuándo hablar y humildad para saber cuándo guardar silencio. No permitas que mi enojo gobierne mi corazón. Que mis palabras no destruyan, sino que edifiquen. Que aun cuando tenga razones para defenderme, pueda recordar cómo respondió Jesús. Transforma mi carácter. Hazme más semejante a Cristo. Y cuando alguien provoque aquello que todavía necesita ser sanado en mí, ayúdame a no reaccionar desde mi herida, sino desde tu gracia.

Que mi manera de hablar, de callar, de escuchar y de responder sea también una forma de adorarte. En el nombre de Jesús. Amén.

Reto del día

Hoy, antes de responder impulsivamente a cualquier persona, haz una pausa.

Respira, ora, escucha y pregúntate: “¿Lo que estoy a punto de decir refleja a Cristo o solamente refleja mi enojo?”

Si es necesario, guarda silencio, si debes hablar, hazlo con gracia, y si has herido a alguien con tus palabras, ten el valor de pedir perdón, porque quizás hoy tu mayor victoria no sea tener la razón, quizás sea parecerte un poco más a Jesús.

Que hoy nuestras palabras sean pocas, pero llenas de gracia; y que nuestro silencio no sea indiferencia, sino sabiduría.

Autora: Elisa Pimentel

Youtube: @Oloracielord


Fuentes bíblicas y de consulta

Biblia: Santiago 1:19-20; Proverbios 15:1; Efesios 4:29; 1 Pedro 2:21-23.

White, E. G. Messages to Young People, pp. 134-135.

White, E. G. Manuscript Releases, vol. 19, p. 344.

White, E. G. Letter 35b, 1901, par. 5.


jueves, 30 de julio de 2026

Mucho más que una emoción.

 



"Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad..."
Juan 16:13

Cuando escuchamos hablar del Espíritu Santo, muchas personas piensan inmediatamente en milagros, manifestaciones extraordinarias o en hablar lenguas que otros no comprenden.

Sin embargo, la Biblia nos presenta una realidad mucho más profunda.

El Espíritu Santo no es una fuerza impersonal ni una emoción pasajera que aparece en determinados momentos de la adoración. Él es la tercera Persona de la Trinidad, eterno, santo y divino. Ha existido desde siempre junto al Padre y al Hijo, participando en la obra de la creación, la redención y la restauración del ser humano.

Desde las primeras páginas de la Biblia encontramos una hermosa evidencia de su presencia. Génesis 1:2 dice:

"Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas."

La expresión hebrea רוּחַ אֱלֹהִים (Ruaj Elohim), utilizada en Génesis 1:2, puede traducirse como 'Espíritu de Dios'. El sustantivo ruaj posee un amplio campo semántico y, según el contexto, puede significar 'viento', 'aliento' o 'espíritu'. En Génesis 1:2, el contexto favorece claramente el sentido de 'Espíritu de Dios', tal como lo traducen la mayoría de las versiones bíblicas.

Pero la Biblia va aún más lejos.

¿Cómo sabemos que el Espíritu Santo es una Persona y no simplemente una fuerza?

Porque las Escrituras le atribuyen cualidades que solo puede tener alguien con personalidad.

Él habla. "Dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado" (Hechos 13:2).

Él enseña. Jesús prometió: "Mas el Consolador, el Espíritu Santo... él os enseñará todas las cosas" (Juan 14:26).

Él guía. "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios" (Romanos 8:14).

Él intercede. "El Espíritu mismo intercede por nosotros" (Romanos 8:26).

Él puede ser entristecido. "No contristéis al Espíritu Santo de Dios" (Efesios 4:30). Solo puede entristecerse quien ama.

Él tiene voluntad. Los dones espirituales son repartidos "como él quiere" (1 Corintios 12:11).

Y hay un detalle precioso que suele pasar desapercibido. Cuando Jesús habla del Espíritu Santo en Juan 14 al 16, utiliza el término griego Paráclētos, que significa "Aquel que es llamado para ponerse al lado de otro y ayudarle". Por eso algunas versiones lo traducen como Consolador, otras como Ayudador o Abogado. No describe una fuerza impersonal, sino una Persona divina que camina junto al creyente para sostenerlo, enseñarlo y conducirlo a la verdad.

Su mayor obra no es producir una experiencia que impresione a los demás.

Su mayor obra es transformar el corazón.

Él convence de pecado, guía a la verdad, fortalece al débil, consuela al afligido y produce en nosotros el fruto del Espíritu, hasta que el carácter de Cristo se refleje en nuestra vida.

Quizá hemos dedicado más tiempo a discutir cómo obra el Espíritu Santo que a conocerlo verdaderamente.

Y no podemos conocer a quien apenas escuchamos.

Conocemos al Espíritu Santo cuando abrimos la Biblia con humildad, cuando oramos con un corazón dispuesto a obedecer y cuando permitimos que su voz tenga más autoridad que nuestros sentimientos, nuestras experiencias o nuestras tradiciones.

Hoy, Dios nos hace una invitación sencilla, pero transformadora: deja de buscar únicamente experiencias y comienza a buscar una relación más profunda con Aquel que desea habitar en ti.

Porque quien conoce al Espíritu Santo no solo experimenta momentos de emoción; experimenta una vida transformada por la presencia de Dios.

Una joya de la Palabra

La palabra griega Paráclētos, utilizada por Jesús para referirse al Espíritu Santo (Juan 14:16, 26; 15:26; 16:7), significa "Aquel que es llamado para ponerse al lado de otro y ayudarle". Él no vino para ocupar un lugar distante en nuestra teología, sino para caminar a nuestro lado, enseñarnos, fortalecernos y conducirnos cada día a una relación más profunda con Cristo.

Desafío de hoy

Hoy, dedica 15 minutos exclusivamente al Espíritu Santo.

Busca un lugar donde puedas estar a solas con Dios. Apaga el teléfono, abre tu Biblia en Juan 14:15-27 y lee el pasaje lentamente.

Antes de comenzar, haz esta sencilla oración:

"Espíritu Santo, hoy no quiero buscar una emoción; quiero conocerte como la Biblia te revela. Enséñame, guíame y transforma mi corazón para que refleje el carácter de Cristo."

Al terminar la lectura, permanece unos minutos en silencio y responde por escrito una sola pregunta:

¿Qué descubrí hoy acerca del Espíritu Santo que cambia mi manera de relacionarme con Dios?

Conserva esa respuesta y vuelve a leerla al final del día. Permite que esa verdad se convierta en una decisión de vida.

Oremos

Espíritu Santo de Dios, gracias porque desde el principio has estado obrando con amor, poder y sabiduría. Gracias porque no eres una fuerza distante, sino la presencia misma de Dios que desea habitar en quienes buscan a Cristo. Perdóname cuando he reducido tu obra a mis emociones o a mi limitado entendimiento. Enséñame a conocerte por medio de las Escrituras, a escuchar tu voz con un corazón humilde y a obedecer tu dirección cada día. Guíame a toda la verdad, forma en mí el carácter de Jesús y permite que mi vida sea un testimonio vivo de tu presencia. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.

Autora: Elisa Pimentel
Blog:
Oloracielo.blogspot.com

YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord

 

Para seguir estudiando

Las explicaciones sobre los términos hebreos y griegos mencionados en esta reflexión pueden consultarse en las siguientes obras y recursos de estudio:

  • Brown, Driver & Briggs. The Brown-Driver-Briggs Hebrew and English Lexicon (BDB). Hendrickson Publishers.
  • A Greek-English Lexicon of the New Testament and Other Early Christian Literature.
  • Theological Wordbook of the Old Testament.
  • Theological Dictionary of the New Testament.
  • Strong's Exhaustive Concordance of the Bible.
  • La Biblia, versión Reina-Valera 1960.


miércoles, 29 de julio de 2026

Cuando el enemigo no ruge... susurra.

 



"Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo."
Efesios 6:11

No todos los ataques del enemigo llegan acompañados de grandes tragedias.

Algunos llegan disfrazados de cansancio. Otros de exceso de trabajo. Algunos toman la forma de entretenimiento sin límites, de preocupaciones que ocupan cada pensamiento o de una rutina que, poco a poco, va dejando a Dios para "cuando haya tiempo".

Y así, casi sin darnos cuenta, dejamos de orar con la misma pasión. Abrimos la Biblia cada vez menos. La voz del Espíritu Santo comienza a ser reemplazada por el ruido constante de este mundo.

El enemigo sabe que un creyente de rodillas es una amenaza para su reino. Por eso, muchas veces no necesita alejarnos de Dios de un solo golpe; le basta con distraernos lo suficiente para que nos alejemos paso a paso.

Pero hoy Dios nos hace un llamado de amor y nos invita a despertar.

A volver a buscar su presencia antes que cualquier otra cosa. A llenar nuestra mente con su Palabra en lugar de las voces que intentan sembrar temor, confusión o desesperanza. A fortalecer nuestra fe mientras aún es de día, porque las batallas espirituales no se ganan en el momento del combate, sino en el tiempo que dedicamos a conocer a nuestro Salvador.

La buena noticia es que no estamos solos.

Cristo ya venció al enemigo en la cruz. Nuestra victoria no depende de nuestra fuerza, sino de permanecer unidos a Él. Cuando abrimos las Escrituras, cuando oramos con sinceridad y confiamos en sus promesas, encontramos el refugio que ninguna circunstancia puede destruir.

Quizá hoy sea el momento de apagar el ruido por unos minutos, abrir la Biblia y permitir que Dios vuelva a hablar a nuestro corazón.

Porque un cristiano que permanece cerca de Jesús nunca enfrenta la batalla solo. Recuerda que hay Oloracielo.

Oremos:

Señor, despierta mi corazón cuando el cansancio, las distracciones o la rutina intenten apartarme de Ti. Ayúdame a amar nuevamente tu Palabra, a buscarte con sinceridad y a permanecer firme en la fe. Revísteme con tu armadura para resistir las asechanzas del enemigo y recuérdame cada día que mi refugio, mi esperanza y mi victoria están únicamente en Cristo Jesús. Amén.

Desafío de la semana

ü  Dedica por lo menos, 15 minutos al estudio y la meditación de la palabra de Dios cada día.

ü  Inicia y termina tu día en oración.

ü  Reduce las distracciones que te alejan de la presencia de Dios.

ü  Anota una verdad que Dios te hable en esta semana y ponla en practica

ü  Comparte con alguien lo que Dios está enseñándote. 


Autora: Elisa Pimentel
Blog:
Oloracielo.blogspot.com

YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord 

martes, 21 de julio de 2026

Cuando dejamos de mirar a los ojos ...

 



"Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor."
Mateo 9:36

¿Hace cuánto tiempo no miras verdaderamente a alguien a los ojos?

Vivimos en una época extraordinaria, donde nunca antes habíamos tenido tanta información al alcance de nuestras manos.

Podemos conocer lo que ocurre al otro lado del mundo en cuestión de segundos, con un simple clic.

Sabemos qué desayunó una celebridad, qué piensa un influencers y cuántos seguidores tiene una persona que jamás conoceremos, y sin embargo, podemos decir que cada vez conocemos menos el corazón de quienes viven bajo nuestro propio techo.

Nos hemos acostumbrado a observar pantallas, pero hemos dejado de contemplar personas. Hemos aprendido a reaccionar con un "me gusta" (like), pero más difícil expresarle a alguien lo que nos gusta o lo que creemos; cada vez nos cuesta más regalar una conversación sincera. Sabemos enviar un mensaje en segundos, pero se nos ha olvidado abrazar, es más fácil enviar emojis que actuar.

Y mientras todo esto ocurre, el mundo continúa necesitando algo que ninguna tecnología podrá reemplazar: La compasión.

Hoy se habla mucho de empatía, y muchos llegan a confundirlo con la compasión. La empatía es algo bueno, no digo que no lo sea; es bueno porque nos permite comprender el dolor ajeno, pero Jesús fue mucho más allá de comprender ese dolor, no como un simple observador del sufrimiento humano.

El evangelista Mateo escribió: "Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas..." (Mateo 9:36).

La palabra griega utilizada es σπλαγχνίζομαι (splagchnízomai), esta no describe una emoción superficial, literalmente hace referencia a un profundo movimiento interior, como si el dolor del otro conmoviera las entrañas de quien lo contempla.

En otras palabras, nos trata de mostrar que la compasión mostrada por Jesucristo no consistía únicamente en sentir ese sufrimiento, iba más allá, y es esto justamente lo que la Biblia quiere decirnos.

Esta clase de compasión consiste en dejar que ese sentimiento nos impulse a amar, servir y actuar. Eso hizo Jesús durante toda su vida. Vio al leproso y lo tocó, vio al ciego y lo sanó, vio a la viuda y la consoló, vio a la multitud hambrienta, y la alimentó, vio a Pedro después de negarlo y lo restauró…

Esto refleja que Jesús nunca fue indiferente al dolor humano.

La ciencia confirma lo que la Biblia enseñó hace siglos

Durante décadas, la neurociencia ha investigado cómo responde nuestro cerebro cuando observamos el sufrimiento de otras personas.

Estudios sobre las llamadas neuronas espejo, descritas inicialmente por el equipo del neurocientífico italiano Giacomo Rizzolatti, muestran que nuestro cerebro está preparado para resonar con las acciones y emociones ajenas. Además, investigaciones de la neurocientífica Tania Singer han encontrado que la compasión activa circuitos cerebrales relacionados con el cuidado, la motivación para ayudar y las emociones positivas, diferenciándose de la simple empatía, que puede conducir al agotamiento emocional cuando no va acompañada de una respuesta constructiva.

Qué extraordinario resulta descubrir que la ciencia apenas está describiendo mecanismos que Dios ya había puesto en el ser humano desde la creación.

Dios nos creó para amar, para preocuparnos por el otro, porque, al haber sido creados a la imagen y semejanza de Dios, reflejamos, aunque imperfectamente (por causa del pecado), el carácter de un Dios amoroso y compasivo.

El peligro de una generación distraída

A pesar de que nos hemos distraído mucho con todo este tema de las tecnologías, particularmente no creo que el mayor problema de nuestro tiempo sean los teléfonos, las redes sociales o las plataformas digitales.

El problema aparece cuando todo lo antes mencionado llega a sustituir a las personas; Cuando los hijos ya no juegan en el patio n i en los parques; cuando las conversaciones familiares son reemplazadas por notificaciones; cuando una puesta de sol pasa desapercibida porque estamos mirando una pantalla, cuando dejamos de admirar la creación de Dios para admirar únicamente aquello que un algoritmo decide mostrarnos.

Y no, no es nostalgia por el pasado, es una invitación a recuperar algo profundamente humano, que ha fragmentado nuestra sociedad; es una invitación a reflexiona sobre la capacidad que deberíamos tener para detenernos a escuchar, observar, acompañar a otros, esa capacidad que se necesita para llorar con los que lloran y también gozarnos con los que se gozan (Romanos 12:15).

Jesús nunca tuvo prisa para amar

Hay algo que siempre me conmueve cuando leo los Evangelios, y es el hecho de que Jesús caminaba hacia un lugar y alguien interrumpía su camino (un ciego gritaba, una mujer tocaba su manto, un padre desesperado pedía ayuda, un niño quería acercarse, una viuda lloraba desconsolada), y la respuesta de Jesús era detenerse y tener compasión por los demás.

Nunca trató a las personas como interrupciones, las veía como el propósito mismo de su misión; Quizá nosotros estamos demasiado ocupados (o enfocados en objetivos equivocados) como para hacer lo mismo que hizo Jesús. Deberíamos meditar en esto.

La compasión comienza con una mirada

No podemos amar aquello que nunca vemos; tal vez por eso la Biblia repite tantas veces que Jesús vio a las personas antes de actuar. No es casualidad que en la Biblia los verbos asociados a la percepción visual (ver) y auditiva (oír), tengan una presencia destacada. Solamente en el libro de Apocalipsis, para referirse a la percepción visual, se utiliza unas 135 veces (en sus distintas formas) y para la percepción de oír, se utiliza unas 48 veces (en sus diferentes formas), y el libro solo tiene 22 capítulos; asombroso. ¿No?

Es por esto que para poder apreciar y reflejar a Jesús en esta acción (La compasión) comienza cuando dejamos de pasar de largo. Cuando dejamos de mirar únicamente nuestros propios problemas. Cuando descubrimos que alguien necesita una palabra de ánimo, una visita, una oración, un abrazo o simplemente nuestra presencia.

La verdadera compasión siempre tiene un rostro, y siempre tiene un nombre.

El mayor acto de compasión de la historia

Toda la vida de Jesús fue un ejemplo perfecto de compasión. Pero hubo un momento donde esa compasión alcanzó su máxima expresión, y ese momento fue la cruz.

Cristo no observó el sufrimiento humano desde la distancia, El entró en nuestra historia, cargó con nuestro pecado, soportó nuestro dolor, y abrió el camino para reconciliarnos con el Padre. Esto muestra y nos recuerda que Dios no ama de palabra, ama con hechos. Y hoy ese mismo Dios, ese mismo Jesús, nos invita a hacer lo mismo con las personas que nos rodean.

Preguntas para reflexionar

1. ¿Cuántas personas he visto esta semana... pero realmente no he mirado?

2. ¿Estoy tan ocupado que ya no tengo tiempo para detenerme cuando alguien necesita ser escuchado?

3. Si Jesús caminara hoy por mi ciudad, ¿mi manera de tratar a las personas se parecería a la suya?

Oración

Padre amado:

Gracias porque nunca fuiste indiferente a mi dolor. Cuando yo estaba perdido, Tú me buscaste. Cuando caí, me levantaste. Cuando nadie podía cambiar mi corazón, tu gracia comenzó una obra nueva en mí.

Perdóname por las veces que he vivido tan ocupado que he dejado de ver las necesidades de quienes me rodean. Enséñame a mirar con los ojos de Cristo, a escuchar con paciencia, a servir con humildad y a amar sin esperar nada a cambio.

Que nunca permita que las distracciones de este mundo apaguen la compasión que tu Espíritu desea producir en mi vida. Haz de mí una persona que refleje tu carácter, para que otros puedan conocerte a través de mis palabras, mis acciones y mi manera de amar.

En el nombre de Jesús. Amén.

 Recuerda...

Quizá el mundo no necesita más personas que opinen sobre el sufrimiento, quizá solo necesita más personas dispuestas a detenerse junto al que sufre, porque la compasión nunca fue simplemente un sentimiento, la compasión tiene el rostro de Jesús.

Desafío de la semana: Antes de terminar el día, detente a mirar verdaderamente a una persona. Escúchala sin mirar el teléfono. Ora por ella. Haz un acto de bondad sin esperar reconocimiento. Quizá descubras que la compasión comienza con algo tan sencillo como dedicar tiempo a quien Dios puso frente a ti.

 

Autora: Elisa Pimentel
Blog:
Oloracielo.blogspot.com

YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord

Créditos y fuentes consultadas

  • La Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
  • Brown, B. (2010). The Gifts of Imperfection. Hazelden Publishing. (Sobre conexión humana, vulnerabilidad y relaciones).
  • Rizzolatti, G., & Sinigaglia, C. (2008). Mirrors in the Brain: How Our Minds Share Actions and Emotions. Oxford University Press.
  • Singer, T., & Klimecki, O. M. (2014). "Empathy and Compassion." Current Biology, 24(18), R875-R878.
  • Decety, J., & Jackson, P. L. (2004). "The Functional Architecture of Human Empathy." Behavioral and Cognitive Neuroscience Reviews, 3(2), 71–100.

 


Cuando el mensaje también es para mí.

  “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente” (Apocalipsis 3:15) Cuando leemos los mensajes de Apocalipsis, es fácil pensar que ...