"Vosotros me llamáis
Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy." (Juan 13:13)
Cada año, cuando llega el Día del
Maestro, abundan las felicitaciones, los mensajes de agradecimiento y las
fotografías que celebran una de las profesiones más nobles de la sociedad.
Sin embargo, este año me hice una
pregunta diferente.
¿Qué significa realmente ser
maestro en una época en la que una inteligencia artificial puede responder, en
segundos, muchas de las preguntas que antes solo un profesor podía contestar?
Confieso que hace algún tiempo
esa idea me inquietó. Como docente, he visto cómo la tecnología ha transformado
la manera de aprender. Hoy un estudiante puede acceder a millones de libros,
asistir a clases desde cualquier lugar del mundo e incluso recibir
explicaciones personalizadas gracias a herramientas de inteligencia artificial.
Hace apenas unas décadas, el
profesor era considerado la principal fuente del conocimiento. Hoy esa realidad
ha cambiado.
Pero, lejos de sentir temor, esta
transformación me llevó a comprender algo profundamente esperanzador:
La verdadera misión de un maestro
nunca ha sido únicamente transmitir información.
Mucho más que una fuente de
conocimiento
Durante años pensamos que enseñar
consistía en explicar contenidos, resolver dudas y evaluar aprendizajes.
Sin embargo, la investigación
educativa ha demostrado que el impacto de un buen maestro va mucho más allá.
El investigador John Hattie,
reconocido por uno de los estudios más amplios realizados sobre los factores
que influyen en el aprendizaje, concluye que la calidad del docente es uno de
los elementos con mayor impacto en el desarrollo académico y personal de los
estudiantes. No se trata únicamente de dominar una materia, sino de la
capacidad de motivar, orientar, inspirar y construir relaciones significativas.
Algo similar sostiene Linda
Darling-Hammond, quien afirma que la enseñanza efectiva combina conocimiento,
empatía y la habilidad para crear ambientes donde cada estudiante pueda
desarrollar su máximo potencial.
Cuando leo estas investigaciones
no puedo evitar pensar que, mucho antes de que existieran universidades,
laboratorios o tecnologías digitales, Dios ya había comprendido el verdadero
propósito de la educación.
El Maestro de maestros
Jesús nunca fundó una universidad,
nunca escribió un libro, nunca tuvo un salón de clases. Sin embargo, cambió la
historia de la humanidad.
¿Por qué?
Porque no vino únicamente a
enseñar verdades, vino a transformar vidas.
Sus clases ocurrían mientras
caminaba por los caminos de Galilea, junto al mar, en una montaña, sentado
alrededor de una mesa o conversando con una sola persona.
No enseñaba únicamente con
palabras, enseñaba con su ejemplo.
Cuando quería hablar del
servicio, lavó los pies de sus discípulos.
Cuando habló del perdón, perdonó.
Cuando enseñó sobre el amor,
entregó su propia vida.
Cristo comprendía algo que ningún
algoritmo podrá aprender jamás:
Las personas no solo recuerdan
lo que les enseñamos; recuerdan cómo las hicimos sentir y quiénes fuimos
mientras les enseñábamos.
Y en este punto quiero compartir
una experiencia vivida hace algunos años; Yo formaba parte del personal docente
que pertenecía a la modalidad semi presencial, y por ende tenía que estar en el
aula física varias veces durante el semestre; uno de esos encuentros fue
particularmente conmovedor para mí, uno de mis alumnos se acercó y me dijo: “Maestra,
gracias por la actividad de hoy, hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien
en el aula”…; en ese momento comprendí, una vez más, que enseñar va mucho más
allá de explicar contenidos; consiste también en crear espacios donde las
personas vuelvan a sentirse escuchadas, valoradas y capaces de aprender.
La dinámica era sencilla: formar
grupos, compartir un libro físico, leer, analizar, debatir y presentar
conclusiones. Más allá del contenido académico, mi intención era que los
estudiantes descubrieran el valor de aprender juntos, dialogar y escucharse
mutuamente.
En otra ocasión, uno de mis
grupos virtuales expuso su agradecimiento (de manera colectiva), por hacer del
espacio virtual una verdadera área de interacción estudiantil, donde el
aprendizaje deja de ser un monólogo del profesor para convertirse en una
conversación en la que todos aportan y todos aprenden.
La inteligencia artificial
puede responder preguntas...
...pero no puede mirar a un
estudiante a los ojos y descubrir que detrás de un aparente desinterés, lo que
realmente hay es miedo, ansiedad o tristeza.
Puede resolver problemas
matemáticos, una redacción, puede traducir un texto, puede generar cientos de
ejercicios en pocos segundos. Pero no puede celebrar el pequeño logro de un
estudiante que durante meses creyó que nunca sería capaz; no puede inspirar una
vocación, no puede transmitir esperanza, no puede detectar el talento escondido
de quien necesita que alguien crea en él.
La inteligencia artificial es una
herramienta extraordinaria (y de mucha ayuda para nosotros los docentes); Una
de mis especialidades es en Educación con concentración en IA, por lo que, con
propiedad digo que la utilizo bastante y reconozco el enorme potencial que
tiene para enriquecer el proceso de enseñanza.
Pero cuanto más avanzo en este
nuevo mundo tecnológico, más convencida estoy de que el papel del maestro no
disminuye; se vuelve aún más importante e interactivo
Porque cuando la información está
al alcance de todos, el verdadero desafío deja de ser enseñar datos y pasa a
ser formar criterios, valores y carácter.
La huella invisible de un
maestro
Con el paso de los años, muchos
estudiantes olvidarán las fórmulas, las fechas o los conceptos aprendidos en el
aula.
Pero difícilmente olvidarán al
maestro que creyó en ellos cuando nadie más lo hacía.
Al que dedicó unos minutos para escucharlos,
al que corrigió con respeto, al que enseñó con paciencia, al que inspiró
confianza.
Tal vez nunca lleguemos a conocer
el alcance de una palabra de ánimo pronunciada en el momento oportuno.
Quizás jamás sepamos cuántas
decisiones fueron influenciadas por una conversación después de clases.
Eso pertenece a las semillas
invisibles que Dios permite sembrar en el corazón humano.
Y como toda buena semilla, muchas
veces dará fruto cuando nosotros ya no estemos para verlo.
Todos enseñamos
Este artículo no está dirigido
únicamente a quienes ejercemos la docencia.
Todos ejercemos este oficio, los
padres, los abuelos, los pastores, los líderes, y todos en general tenemos algo
que enseñar; con nuestras palabras y nuestras acciones, estamos formando el
carácter de alguien.
Cada conversación deja una huella,
cada ejemplo comunica un mensaje, cada decisión educa. Por eso la pregunta no
debería ser únicamente ¿qué estamos enseñando?, sino también ¿qué clase de
personas estamos ayudando a formar?
Reflexión final
Hoy quiero dar gracias a Dios por
el privilegio de ser docente. No es para nada una profesión fácil. No estamos
esperando recibir algún reconocimiento. Doy gracias porque pocas vocaciones
permiten participar de una manera tan directa en la formación de otro ser
humano.
Cada aula representa una
oportunidad, cada estudiante, una historia, cada encuentro (presencial o
virtual) una semilla. Y cada semilla sembrada con amor puede convertirse, por
la gracia de Dios, en una vida transformada.
Quizás nunca sepamos cuántos
médicos, ingenieros, artistas, pastores, científicos o padres de familia fueron
inspirados por un maestro que decidió enseñar con excelencia y amar con
paciencia, pero Dios sí lo sabe, y eso basta.
Porque enseñar nunca ha
consistido únicamente en transmitir conocimientos. Enseñar siempre ha sido el
maravilloso privilegio de transformar vidas.
Y si algún día alguien recuerda
más nuestra manera de amar que nuestras explicaciones, entonces habremos
entendido el verdadero significado de ser maestros.
Porque el Maestro de maestros nos
enseñó que la educación más profunda no ocurre únicamente en la mente, ocurre
en el corazón, y allí es donde comienzan las transformaciones que permanecen
para la eternidad.
Preguntas para meditar
• ¿Estoy enseñando únicamente
conocimientos o también valores y principios con mi ejemplo?
• ¿Cómo puedo reflejar el
carácter de Cristo dentro y fuera del aula?
• ¿Estoy utilizando la tecnología
como una herramienta para servir mejor o permitiendo que sustituya aquello que
solo una persona puede ofrecer?
• ¿Qué huella deseo dejar en la
vida de quienes Dios ha puesto bajo mi influencia?
Oración del día
Padre Celestial, gracias por el
privilegio de enseñar y de aprender cada día. Ayúdanos a recordar que la
verdadera educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en
formar personas con sabiduría, integridad y amor. Que podamos reflejar el carácter
de Cristo en cada palabra, en cada decisión y en cada oportunidad de servir a
quienes has puesto en nuestro camino. Danos sensibilidad para reconocer las
necesidades de nuestros estudiantes, humildad para seguir aprendiendo y pasión
para sembrar semillas que produzcan fruto para la eternidad. En el nombre de
Jesús. Amén.
Autora: Elisa Pimentel
Blog: Oloracielo.blogspot.com
YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord
Créditos y fuentes consultadas
Darling-Hammond, L. (2017). Empowered
Educators: How High-Performing Systems Shape Teaching Quality Around the World.
Jossey-Bass.
Hattie, J. (2023). Visible
Learning: The Sequel. Routledge.
Holmes, W., Bialik, M., &
Fadel, C. (2019). Artificial Intelligence in Education. Center for
Curriculum Redesign.
OECD. (2023). Generative AI in
the Classroom.
UNESCO. (2023). Guidance for
Generative AI in Education and Research.
La Santa Biblia, Reina-Valera
1960.