Tristemente en nuestros días, hay hogares donde se comparte una mesa, pero ya no se comparte el corazón. Estamos tan inmersos en las cosas triviales de este mundo, que se nos olvida que tenemos personas a nuestro alrededor.
Amistades alejadas, que ya no se comunican como antes. Familiares que no se conocen. Padres que dejaron de escuchar a sus hijos. Hijos que dejaron de buscar a sus padres.
Familias que viven bajo el mismo techo, pero emocionalmente habitan en lugares muy distantes. Donde se pierde el vínculo del respeto y del amor; ya no estamos formando individuos sociales, empáticos y respetuoso; estamos permitiendo que se desvíen los valores y se pierda la comunicación, desde el mismo centro de la familia.
Y quizás lo más doloroso es que, muchas veces, nos hemos acostumbrado a esa distancia.
La Biblia no es ajena a esta realidad. Al hablar de los últimos tiempos, Pablo describe una humanidad marcada por el egoísmo, la falta de amor y el deterioro de los vínculos. Y al cerrar el Antiguo Testamento, encontramos una promesa que toca profundamente el corazón de la familia:
“Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres.” Malaquías 4:6
Dede allí es donde debemos comenzar a restaurar nuestra sociedad, desde el seno familiar; Recordemos que Dios también está interesado en restaurar corazones, y para hacer posible que nosotros como padres podamos restaurar nuestras relaciones familiares, debemos restaurar nuestra relación personal con Dios; es desde allí que Dios cumplirá su promesa de habitar, sostener y sustentar.
Tal vez hoy exista una herida entre tú y un hijo, un hermano, un amigo.
Tal vez sea entre tú y tus padres.
Quizás hay palabras que nunca se dijeron, heridas que nunca fueron atendidas o un orgullo que ha hecho demasiado larga la distancia.
Pero antes de preguntarnos quién tiene la culpa, quizás deberíamos preguntarnos: ¿Qué quiere hacer Dios con mi corazón por medio de esta situación?
Porque la restauración de una relación (ya sea de amistad, familia o de pareja) puede comenzar cuando una sola persona decide acercarse nuevamente a Dios y permitirle transformar su manera de amar, perdonar, escuchar y hablar.
No podemos pretender querer cambiar el corazón de los demás, ese no es nuestro trabajo. Pero sí podemos entregarle el nuestro a Dios, con sinceridad y diligentemente.
Hoy la invitación es a que hagamos una pausa, y reflexionemos en esas relaciones que han sido lesionada por el tiempo, la dejades, el resentimiento, rencor o el orgullo. Pensemos en aquella persona que amaos, que extrañamos, o que simplemente tenemos mucho tiempo que no nos comunicamos; hagamos esa llamada que hemos pospuesto, por tanto tiempo.
Oremos por nuestros padres. Oremos por nuestros hijos. Oremos por nuestros amigos y familiares. Oremos por aquellas relaciones que parecen rotas o demasiado distantes. Y pidámosle al Señor que vuelva a unir lo que el dolor, el tiempo, el orgullo y las circunstancias han separado.
Porque cuando dejamos que Dios vuelva a ocupar el centro de nuestro corazón, también puede comenzar a sanar los vínculos que creíamos perdidos.
El verdadero cambio ocurre cuando decidimos nosotros cambiar; no esperemos a que los demás cambien para entonces actuar. Todo cambio importante en nuestras vidas debe comenzar con un corazón que decida volver a Dios.
Oración del día:
Señor, vuelve nuestro corazón hacia Ti, transfórmanos, y enséñanos nuevamente a volver nuestro corazón hacia quienes nos has dado para amar. En el nombre de Jesús, Amén.
Todavía hay Oloracielo.