La Biblia nos invita a mirar más
allá de la apariencia. Jesús dijo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo
7:16).
Podemos hablar de Dios, asistir a
la iglesia, conocer versículos y mostrar una imagen cristiana, pero el
verdadero cristianismo no consiste solamente en lo que mostramos exteriormente.
Se evidencia en el carácter que estamos desarrollando y en la manera en que
tratamos a los demás.
La ciencia también ha estudiado la
incongruencia entre lo que las personas dicen creer y la manera en que actúan,
mostrando que las personas pueden percibir cuando existe una diferencia entre
las convicciones que alguien declara y su comportamiento.
Pero la Biblia va mucho más
profundo: nos invita a examinarnos a nosotros mismos.
No se trata de señalar quién es un
cristiano falso. Se trata de preguntarnos:
¿Existe coherencia entre mi fe y
mi manera de vivir?
¿Soy capaz de pedir perdón?
¿Sé perdonar?
¿Cómo trato a quienes no pueden hacer nada por mí?
¿Cómo reacciono cuando alguien me contradice?
¿Soy la misma persona cuando nadie me está mirando?
Jesús es nuestro modelo.
Él no solamente habló de amor: amó.
No solamente habló de servicio: sirvió.
No solamente habló de humildad: se humilló.
No solamente habló de perdón: perdonó.
Por eso, un cristiano verdadero no
es una persona perfecta que nunca falla.
Es una persona que permite que
Cristo la transforme día tras día.
La pregunta aquí no es solamente:
“¿Parezco un cristiano?”
La pregunta es:
“¿Mi vida se está pareciendo a
Cristo?”
Y ese es el reto: dejar de
preocuparnos tanto por construir una apariencia y permitir que Dios transforme
nuestro corazón.
Bendito Dios y Padre Todo Poderoso, gracias por tu amor y tu infinita misericordia. Hoy te ruego que me ensenes a ser como Cristo, enséñame a amar como Él amo, a servir como Él lo hizo, a ser humilde como Él lo fue, y sobre todo a perdonar como Él perdono. Te entrego mi vida, transfórmala. En el nombre de Jesús, amen.
Autora: Elisa Pimentel
YouTube: @Oloracielord
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