“Venid y volvamos a Jehová;
porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará.”
— Oseas 6:1
Hay momentos en los que nos
alejamos de Dios sin darnos cuenta.
No siempre ocurre de repente. A
veces comienza lentamente: dejamos de orar como antes, la lectura o el estudio
de la Biblia ya no ocupa el mismo lugar en nuestras vidas, la preocupación
reemplaza la confianza en Dios y las ocupaciones y los afanes del día a día van
apagando aquella emoción que sentíamos cuando entregamos nuestra vida a Cristo.
Seguimos creyendo, seguimos
asistiendo a la iglesia, seguimos hablando de Dios, pero, en lo profundo de
nuestro corazón, algo ha cambiado.
El libro de Oseas nos presenta a
un Dios que conoce la infidelidad de su pueblo, pero que no deja de llamarlo.
Es un Dios dolido por el pecado, pero no indiferente. Un Padre que corrige, que
advierte, que espera, pero que sobre todo perdona y ama.
En Oseas 2:14, Dios dice: “Yo la
atraeré y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón”.
Qué hermoso es descubrir que, aun allí
en nuestro desierto, Dios continúa hablando a nuestro corazón, aun cuando nos
hemos apartado de Él; Dios no deja de hablarnos, ni deja de querer salvarnos,
aun de nosotros mismos.
Él no nos llama para humillarnos, ni
reprocharnos constantemente nuestros pecados, sino para, en su amor y por su
misericordia, restaurarnos. No nos muestra nuestras heridas para condenarnos,
sino para sanarlas. No nos recuerda nuestro pasado porque quiera mantenernos
presos en él, sino porque desea enseñarnos que su amor ha sido (y siempre será)
más grande que nuestra infidelidad.
Quizás hoy no te sientas como
cuando conociste a Cristo por primera vez. Tal vez el entusiasmo de los
primeros días se ha debilitado. Tal vez la rutina, el dolor, el pecado o las
decepciones han levantado distancia entre tú y Dios, y esto es perfectamente
humano, normal y comprensible.
Pero el mensaje de Oseas sigue
siendo una invitación para nosotros hoy “Venid y volvamos a Jehová”; Volver no
significa fingir que nada ha ocurrido, significa reconocer que nos hemos
alejado y permitir que Dios nos encuentre allí donde estamos.
A veces pensamos que primero
debemos arreglar nuestra vida para acercarnos a Él. Sin embargo, el amor de
Dios nos llama precisamente en medio de nuestra necesidad, de nuestro dolor, de
nuestro desierto... No volvemos porque somos fuertes; volvemos porque Él sigue
siendo misericordioso con nosotros.
Oseas 6:6 nos recuerda que Dios
desea más que una apariencia religiosa, una vida consagrada y rendida a Él,
construida desde la confianza, la comunicación y la fe: “Porque misericordia
quiero, y no sacrificio; y conocimiento de Dios más que holocaustos”.
Podemos conservar muchas prácticas
espirituales y, aun así, necesitar (con urgencia) regresar al corazón de Dios.
Podemos saber lo que es correcto y haber perdido la ternura de actuar con
justicia y amor, como Dios lo hace cada día con nosotros. Podemos hablar de
amor y tener el corazón endurecido. Podemos cumplir externamente (bajo
apariencia) y estar tan lejos de Dios internamente.
El llamado hoy es a reconocer que
necesitamos volver, desde donde estamos actualmente, a los brazos de nuestro Dios;
El nos espera con amor infinito, con un amor inquebrantable, para sanar
nuestras heridas, restablecer nuestras fuerzas y caminar a nuestro lado. Solo debemos
reconocer que lo necesitamos; vayamos a Él en oración y ruego y restablezcamos
ese vínculo de amor en El y con El.
Hoy puede ser un buen día para
volver al primer amor. No a una emoción pasajera, sino a una relación verdadera
con Aquel que nos amó primero.
Oración del día
Señor, hoy quiero volver a tus
pies. Perdóname por las veces que he permitido que la rutina, el pecado, el
temor o las preocupaciones me alejen de ti. Despierta en mí el amor que sentí
cuando te conocí. Sana mi corazón, restaura mi confianza y enséñame a caminar
nuevamente cerca de ti. Que no me conforme con una vida religiosa, sino que
pueda conocerte, amarte y reflejar tu carácter cada día, en todo lo que piense,
haga o diga. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Reto de hoy
Aparta unos minutos para estar a
solas con Dios. No le presentes solamente tus peticiones; dile con sinceridad: “Señor,
quiero volver a ti. Muéstrame lo que me hace apartarme de ti, y permíteme redirigir
mi vida, mis pensamientos y mis acciones a una vida de consagración a ti”.
Recuerda que todavía hay
Oloracielo.
Elisa Pimentel
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