“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente”
(Apocalipsis 3:15)
Cuando leemos los mensajes de
Apocalipsis, es fácil pensar que fueron escritos para otras personas,
especialmente para quienes no conocen a Dios, para quienes no guardan sus
mandamientos o para quienes interpretan las profecías de manera diferente a
nosotros.
Pero ¿y si el mensaje a Laodicea
también fue escrito para mí?; Laodicea era una ciudad próspera, conocida por su
riqueza y por la confianza que tenía en sus propios recursos. Sin embargo,
dependía de un sistema de conducción de agua. La imagen del agua tibia que
utiliza Jesús comunica una verdad espiritual profunda: aquello que no refresca,
no sana ni cumple su propósito resulta inútil. Así también, una fe que conserva
la apariencia religiosa, pero ha perdido su fervor y su dependencia de Dios,
necesita volver a Cristo.
La escritura habla de que era una
iglesia, una comunidad que conocía la verdad, que hablaba de Dios y que
probablemente creía estar bien espiritualmente. Sin embargo, Jesús le dijo: “Porque
tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad;
y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”
(Apocalipsis 3:17).
Qué palabras tan fuertes para
quienes pensaban estar bien.
A veces podemos conocer las
profecías, defender nuestras creencias, hablar de los mandamientos y señalar
los errores de otros, pero olvidar con mucha facilidad, que el mensaje de
salvación también nos llama a nosotros al arrepentimiento genuino.
Podemos estar preocupados por
identificar a Babilonia y no darnos cuenta de que hay algo de Babilonia
creciendo dentro de nuestro propio corazón. Podemos hablar de la necesidad de
parecernos a Cristo, pero responder con orgullo. Podemos defender la verdad,
pero hacerlo sin amor. Podemos reconocer la tibieza de otros, mientras
justificamos la nuestra.
Jesús no le dijo a Laodicea: “No
tienes ninguna esperanza”. Le dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo;
sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19).
El mensaje es una reprensión (un
llamado de atención), pero también es una invitación que Cristo todavía nos
hace hoy. Todavía Él nos ofrece restauración. Todavía desea entrar en la vida
de quienes creemos conocerle, pero que necesitamos desesperadamente volver a
abrirle la puerta de nuestro corazón.
La pregunta no es entonces “¿A
quién representa Laodicea?”, la pregunta debería ser “Señor, ¿qué necesitas
transformar en mí?”
La salvación no es únicamente para
quienes están lejos de la iglesia. También es para quienes estamos dentro, para
quienes conocemos de la Biblia, para quienes deseamos guardar los mandamientos
y para quienes anhelamos reflejar el carácter de Cristo cada día, pero que reconocemos
que todavía necesitamos su gracia y de su misericordia.
No fuimos llamados a usar la
profecía como una acusación contra otros, sino como un espejo delante del cual
Cristo pueda mostrarnos lo que necesitamos rendir a Él.
Hoy, Jesús no solamente nos invita
a mirar el mundo con ojos de amor; también nos está invitando a mirarlo a Él y,
al contemplarlo, a permitir que su amor nos convenza de pecado, que su verdad
nos corrija y que su Espíritu nos transforme.
Oración
Señor Jesús, no permitas que lea
tu Palabra pensando solamente en los demás. Muéstrame lo que necesito cambiar
en mi corazón. Líbrame del orgullo espiritual, de la tibieza y de la necesidad
de señalar a otros. Ayúdame a abrirte la puerta de mi corazón y a permitir que
entres y vivas en permanentemente en mí. Que mi fe no sea solo conocimiento,
sino una vida que refleje tu amor. Amén.
Reto de hoy
Antes de señalar un error en otra
persona, detente y ora: “Señor, ¿hay algo de esto que también necesitas
transformar en mí?”
Recuerda que todavía hay Oloracielo. ¡Dios te bendiga!
Elisa Pimentel
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