viernes, 11 de septiembre de 2026

Cuando el mensaje también es para mí.

 


“Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente”

(Apocalipsis 3:15)

Cuando leemos los mensajes de Apocalipsis, es fácil pensar que fueron escritos para otras personas, especialmente para quienes no conocen a Dios, para quienes no guardan sus mandamientos o para quienes interpretan las profecías de manera diferente a nosotros.

Pero ¿y si el mensaje a Laodicea también fue escrito para mí?; Laodicea era una ciudad próspera, conocida por su riqueza y por la confianza que tenía en sus propios recursos. Sin embargo, dependía de un sistema de conducción de agua. La imagen del agua tibia que utiliza Jesús comunica una verdad espiritual profunda: aquello que no refresca, no sana ni cumple su propósito resulta inútil. Así también, una fe que conserva la apariencia religiosa, pero ha perdido su fervor y su dependencia de Dios, necesita volver a Cristo.

La escritura habla de que era una iglesia, una comunidad que conocía la verdad, que hablaba de Dios y que probablemente creía estar bien espiritualmente. Sin embargo, Jesús le dijo: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3:17).

Qué palabras tan fuertes para quienes pensaban estar bien.

A veces podemos conocer las profecías, defender nuestras creencias, hablar de los mandamientos y señalar los errores de otros, pero olvidar con mucha facilidad, que el mensaje de salvación también nos llama a nosotros al arrepentimiento genuino.

Podemos estar preocupados por identificar a Babilonia y no darnos cuenta de que hay algo de Babilonia creciendo dentro de nuestro propio corazón. Podemos hablar de la necesidad de parecernos a Cristo, pero responder con orgullo. Podemos defender la verdad, pero hacerlo sin amor. Podemos reconocer la tibieza de otros, mientras justificamos la nuestra.

Jesús no le dijo a Laodicea: “No tienes ninguna esperanza”. Le dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (Apocalipsis 3:19).

El mensaje es una reprensión (un llamado de atención), pero también es una invitación que Cristo todavía nos hace hoy. Todavía Él nos ofrece restauración. Todavía desea entrar en la vida de quienes creemos conocerle, pero que necesitamos desesperadamente volver a abrirle la puerta de nuestro corazón.

La pregunta no es entonces “¿A quién representa Laodicea?”, la pregunta debería ser “Señor, ¿qué necesitas transformar en mí?”

La salvación no es únicamente para quienes están lejos de la iglesia. También es para quienes estamos dentro, para quienes conocemos de la Biblia, para quienes deseamos guardar los mandamientos y para quienes anhelamos reflejar el carácter de Cristo cada día, pero que reconocemos que todavía necesitamos su gracia y de su misericordia.

No fuimos llamados a usar la profecía como una acusación contra otros, sino como un espejo delante del cual Cristo pueda mostrarnos lo que necesitamos rendir a Él.

Hoy, Jesús no solamente nos invita a mirar el mundo con ojos de amor; también nos está invitando a mirarlo a Él y, al contemplarlo, a permitir que su amor nos convenza de pecado, que su verdad nos corrija y que su Espíritu nos transforme.

Oración

Señor Jesús, no permitas que lea tu Palabra pensando solamente en los demás. Muéstrame lo que necesito cambiar en mi corazón. Líbrame del orgullo espiritual, de la tibieza y de la necesidad de señalar a otros. Ayúdame a abrirte la puerta de mi corazón y a permitir que entres y vivas en permanentemente en mí. Que mi fe no sea solo conocimiento, sino una vida que refleje tu amor. Amén.

Reto de hoy

Antes de señalar un error en otra persona, detente y ora: “Señor, ¿hay algo de esto que también necesitas transformar en mí?”

Recuerda que todavía hay Oloracielo. ¡Dios te bendiga!

Elisa Pimentel


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