martes, 23 de junio de 2026

Lejos de casa, pero nunca lejos de Dios.

 



"Porque yo Jehová soy tu Dios, quien te sostiene de tu mano derecha y te dice: No temas, yo te ayudo" (Isaías 41:13).

Hay decisiones que cambian por completo el rumbo de nuestra vida.

Emigrar es una de ellas.

Quienes hemos tenido que dejar nuestro país sabemos que hacer una maleta es mucho más sencillo que dejar atrás una vida construida durante décadas. Detrás de cada boleto de avión quedan abrazos pendientes, conversaciones que ya no ocurrirán con la misma frecuencia, calles conocidas que cambiarán con el tiempo y que quizás ya no reconocerás cuando regreses, aromas familiares que no encontraras en otro lugar, tradiciones que nos hicieron sentir en casa y personas que ocupan un lugar irremplazable en nuestro corazón.

Cuando la decisión de emigrar llega después de los cuarenta años, el desafío suele ser aún mayor, pues a esta edad ya hemos construido una identidad, una profesión, amistades profundas y una forma muy personal de entender el mundo. De pronto, todo cambia. Hay que aprender nuevas costumbres, un idioma diferente, comprender otra manera de relacionarse e incluso aceptar que aquello que antes hacíamos con facilidad y regularidad, ahora requiere esfuerzo, paciencia y humildad, o que, en el peor de los casos, ya no podremos hacerlo jamás.

Pensé que aprender un nuevo idioma sería el mayor desafío a mi edad. Sin embargo, con el tiempo comprendí que el idioma era solo una pequeña parte del proceso. Lo verdaderamente difícil era volver a empezar.

El duelo que pocos conocen

El psiquiatra español Joseba Achotegui, quien ha dedicado gran parte de su carrera al estudio de la salud mental de las personas migrantes, describe este proceso como el "duelo migratorio". Según él explica, emigrar implica afrontar múltiples pérdidas al mismo tiempo: la familia, los amigos, la lengua, la cultura, el reconocimiento social y muchas veces hasta la imagen que teníamos de nosotros mismos.

Cuando leí sobre este concepto, comprendí que muchas de las emociones que experimentamos quienes emigramos no son señales de debilidad. Son parte de un proceso humano profundamente complejo, y que como creyentes debemos saber que nuestra historia nunca termina en el duelo eterno, porque Dios, en su amor, siempre transforma los desiertos en escuelas.

Aprender otra cultura también es un acto de humildad

Uno de los mayores aprendizajes de la emigración no tiene que ver con memorizar nuevas palabras, más bien tiene que ver con aprender a escuchar mejor, a observar antes de juzgar, aceptar que las personas expresan el cariño de maneras diferentes, que no todos somos iguales, ni aprendimos lo mismo, e incluso dentro de la iglesia.

Recuerdo haber pensado que, al llegar a una nueva congregación, todo sería igual que en mi país. Después de todo, adorábamos al mismo Dios, tenemos la misma fe; pero pronto descubrí que sí, la doctrina era la misma, pero la cultura era distinta, la forma de saludar era diferente, la manera de hacer evangelismo no era la misma, incluso la música (los himnos, las melodías, las palabras, etc.), el sentido de la puntualidad, las expresiones de afecto; y al principio, entender todo esto cuesta, y mucho.

Extrañamos aquello que nos resulta familiar. Pero poco a poco comprendemos que Dios no nos estaba enseñando únicamente un idioma nuevo. También estaba ensanchando nuestro corazón para amar a personas diferentes a nosotros. Descubrí que ese también era un proceso de santificación.

Dios ya había trabajado con inmigrantes

La Biblia está llena de hombres y mujeres que tuvieron que dejar su hogar.

Abraham salió sin conocer el destino al que Dios lo conduciría (Génesis 12:1-4).

José aprendió a vivir en una tierra extranjera, rodeado de una cultura diferente, pero nunca dejó de confiar en el Señor (Génesis 39).

Daniel estudió un nuevo idioma, una nueva administración y nuevas costumbres, sin renunciar jamás a su identidad espiritual (Daniel 1).

Y cuando el pueblo de Israel vivía en el exilio, Dios les dio una instrucción que me conmueve profundamente: les pidió que construyeran casas, que plantaran huertos, que formaran familias y buscaran el bienestar de la ciudad donde ahora vivían (Jeremías 29:4-7).

¡Qué enseñanza tan extraordinaria!, Dios no les dijo que vivieran únicamente mirando hacia atrás. Les enseñó a florecer donde Él los había plantado.

Creo que ese consejo sigue siendo vigente para quienes vivimos lejos de nuestra tierra.

Dios nunca nos llama a un lugar sin darnos también los recursos necesarios para crecer en él.

Las amistades también necesitan tiempo

Quizás una de las mayores tristezas del inmigrante sea descubrir que hacer nuevos amigos no ocurre de la noche a la mañana, por más simpático que seas.

El investigador Jeffrey Hall, de la Universidad de Kansas, encontró que desarrollar una amistad cercana requiere muchas horas de convivencia intencional. Las relaciones profundas no nacen en un solo encuentro; se construyen con tiempo, confianza y presencia (y esto aplica perfectamente para nuestra vida cristiana).

Eso explica por qué muchas veces sentimos soledad aun estando rodeados de personas.

No significa que Dios nos haya abandonado. Significa que las raíces necesitan tiempo para crecer. Y mientras esas raíces se fortalecen, Dios permanece siendo el Amigo que nunca cambia y que nunca te abandona.

Lo que Dios estaba haciendo en mí

Con el paso del tiempo comprendí algo que jamás imaginé cuando hice aquella maleta. Dios no solo estaba cambiando mi dirección. Estaba transformando mi corazón. Me estaba enseñando paciencia cuando quería respuestas rápidas. Humildad cuando debía volver a aprender cosas sencillas. Dependencia cuando ya no podía resolver todo por mis propias fuerzas. Empatía al descubrir que cada persona lleva una historia diferente. Y gratitud por bendiciones que antes daba por sentadas.

Comprendí que Dios no solo estaba permitiendo este proceso; también lo estaba utilizando. Cada pérdida, cada renuncia y cada desafío se convertían en herramientas para moldear un corazón más dependiente de Él. Lo que al principio veía únicamente como una experiencia dolorosa, poco a poco comenzó a revelar un propósito que iba mucho más allá de adaptarme a un nuevo país.

Quizás ese haya sido el verdadero propósito del viaje. No cambiar de país ni de circunstancias, sino cambiarme a mí.

Nuestra verdadera ciudadanía

La Biblia nos recuerda que, aunque vivamos en cualquier lugar del mundo, nuestra verdadera ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20). Tal vez por eso nunca terminamos de sentirnos completamente "en casa" en esta tierra. Fuimos creados para algo mucho mayor.

Cada cambio, cada despedida, cada adaptación y cada nuevo comienzo nos recuerdan que este mundo es temporal y que un día el Señor nos llevará al hogar definitivo, donde ya no habrá despedidas, barreras culturales ni idiomas que aprender, porque estaremos para siempre en la presencia de nuestro Salvador.

Reflexión final

Si hoy estás viviendo lejos de tu país, quizás extrañas a tu familia, tus amigos, tu iglesia, tu cultura o hasta las pequeñas cosas que antes parecían insignificantes.

Quiero decirte algo con todo mi corazón. Dios no se quedó en el país que dejaste. Él viajó contigo. Ha estado presente en cada aeropuerto, en cada entrevista, en cada palabra que no supiste pronunciar, en cada lágrima silenciosa y en cada noche en la que te preguntaste si algún día volverías a sentirte en casa.

Y mientras tú intentabas adaptarte a una nueva tierra, Él estaba preparando algo mucho más importante: un nuevo corazón. Porque Dios nunca desperdicia nuestros procesos. Los transforma en propósito.

Hoy te invito a caminar hacia ese propósito con fe, siguamos avanzando con la certeza de que, aunque estemos lejos de nuestra tierra, jamás estaremos lejos de nuestro Dios.

Porque todavía hay esperanza.

Porque todavía hay propósito.

Porque todavía hay un Padre que sostiene nuestra mano.

OloraCielo.

Preguntas para meditar

  • ¿Estoy permitiendo que Dios transforme mi carácter a través de los cambios que estoy viviendo?
  • ¿He aprendido a florecer donde Dios me ha plantado o sigo viviendo únicamente mirando hacia el pasado?
  • ¿Confío en que Dios está guiando cada etapa de este nuevo comienzo?
  • ¿Estoy permitiendo que las diferencias culturales amplíen mi capacidad de amar y servir a los demás?

Oración del día

Padre celestial, gracias porque nunca nos abandonas, aun cuando dejamos atrás nuestro hogar y comenzamos de nuevo en un lugar desconocido. Gracias por sostenernos en medio de la incertidumbre, por enseñarnos a depender de Ti y por transformar cada desafío en una oportunidad para crecer. Danos paciencia para aprender, humildad para adaptarnos, sabiduría para comprender a quienes nos rodean y un corazón dispuesto a amar sin importar las diferencias culturales. Ayúdanos a recordar cada día que nuestra verdadera ciudadanía está contigo y que, mientras caminamos por esta tierra, nunca estaremos lejos de tu presencia. En el nombre de Jesús. Amén.

Creditos y fuentes consultadas

  • Achotegui, J. (2022). El síndrome de Ulises: El estrés crónico y múltiple del inmigrante. Barcelona: Herder.
  • Hall, J. A. (2019). How Many Hours Does It Take to Make a Friend? University of Kansas.
  • American Psychological Association. (2023–2024). Publicaciones sobre adaptación, resiliencia y bienestar en personas migrantes.
  • Organisation for Economic Co-operation and Development. Informes sobre integración y bienestar de las personas migrantes.
  • Ellen G. White. La Educación, capítulos 1 y 2; El Ministerio de Curación, capítulo "El verdadero conocimiento de Dios".

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