"Porque yo Jehová soy tu
Dios, quien te sostiene de tu mano derecha y te dice: No temas, yo te
ayudo" (Isaías 41:13).
Hay decisiones que cambian por
completo el rumbo de nuestra vida.
Emigrar es una de ellas.
Quienes hemos tenido que dejar
nuestro país sabemos que hacer una maleta es mucho más sencillo que dejar atrás
una vida construida durante décadas. Detrás de cada boleto de avión quedan
abrazos pendientes, conversaciones que ya no ocurrirán con la misma frecuencia,
calles conocidas que cambiarán con el tiempo y que quizás ya no reconocerás
cuando regreses, aromas familiares que no encontraras en otro lugar,
tradiciones que nos hicieron sentir en casa y personas que ocupan un lugar
irremplazable en nuestro corazón.
Cuando la decisión de emigrar
llega después de los cuarenta años, el desafío suele ser aún mayor, pues a esta
edad ya hemos construido una identidad, una profesión, amistades profundas y
una forma muy personal de entender el mundo. De pronto, todo cambia. Hay que
aprender nuevas costumbres, un idioma diferente, comprender otra manera de
relacionarse e incluso aceptar que aquello que antes hacíamos con facilidad y
regularidad, ahora requiere esfuerzo, paciencia y humildad, o que, en el peor
de los casos, ya no podremos hacerlo jamás.
Pensé que aprender un nuevo
idioma sería el mayor desafío a mi edad. Sin embargo, con el tiempo comprendí
que el idioma era solo una pequeña parte del proceso. Lo verdaderamente difícil
era volver a empezar.
El duelo que pocos conocen
El psiquiatra español Joseba
Achotegui, quien ha dedicado gran parte de su carrera al estudio de la
salud mental de las personas migrantes, describe este proceso como el "duelo
migratorio". Según él explica, emigrar implica afrontar múltiples
pérdidas al mismo tiempo: la familia, los amigos, la lengua, la cultura, el
reconocimiento social y muchas veces hasta la imagen que teníamos de nosotros
mismos.
Cuando leí sobre este concepto,
comprendí que muchas de las emociones que experimentamos quienes emigramos no
son señales de debilidad. Son parte de un proceso humano profundamente complejo,
y que como creyentes debemos saber que nuestra historia nunca termina en el
duelo eterno, porque Dios, en su amor, siempre transforma los desiertos en
escuelas.
Aprender otra cultura también
es un acto de humildad
Uno de los mayores aprendizajes
de la emigración no tiene que ver con memorizar nuevas palabras, más bien tiene
que ver con aprender a escuchar mejor, a observar antes de juzgar, aceptar que
las personas expresan el cariño de maneras diferentes, que no todos somos
iguales, ni aprendimos lo mismo, e incluso dentro de la iglesia.
Recuerdo haber pensado que, al
llegar a una nueva congregación, todo sería igual que en mi país. Después de
todo, adorábamos al mismo Dios, tenemos la misma fe; pero pronto descubrí que sí,
la doctrina era la misma, pero la cultura era distinta, la forma de saludar era
diferente, la manera de hacer evangelismo no era la misma, incluso la música
(los himnos, las melodías, las palabras, etc.), el sentido de la puntualidad, las
expresiones de afecto; y al principio, entender todo esto cuesta, y mucho.
Extrañamos aquello que nos
resulta familiar. Pero poco a poco comprendemos que Dios no nos estaba
enseñando únicamente un idioma nuevo. También estaba ensanchando nuestro
corazón para amar a personas diferentes a nosotros. Descubrí que ese también
era un proceso de santificación.
Dios ya había trabajado con
inmigrantes
La Biblia está llena de hombres y
mujeres que tuvieron que dejar su hogar.
Abraham salió sin conocer el
destino al que Dios lo conduciría (Génesis 12:1-4).
José aprendió a vivir en una
tierra extranjera, rodeado de una cultura diferente, pero nunca dejó de confiar
en el Señor (Génesis 39).
Daniel estudió un nuevo idioma,
una nueva administración y nuevas costumbres, sin renunciar jamás a su
identidad espiritual (Daniel 1).
Y cuando el pueblo de Israel
vivía en el exilio, Dios les dio una instrucción que me conmueve profundamente:
les pidió que construyeran casas, que plantaran huertos, que formaran familias
y buscaran el bienestar de la ciudad donde ahora vivían (Jeremías 29:4-7).
¡Qué enseñanza tan
extraordinaria!, Dios no les dijo que vivieran únicamente mirando hacia atrás. Les
enseñó a florecer donde Él los había plantado.
Creo que ese consejo sigue siendo
vigente para quienes vivimos lejos de nuestra tierra.
Dios nunca nos llama a un lugar
sin darnos también los recursos necesarios para crecer en él.
Las amistades también
necesitan tiempo
Quizás una de las mayores
tristezas del inmigrante sea descubrir que hacer nuevos amigos no ocurre de la
noche a la mañana, por más simpático que seas.
El investigador Jeffrey Hall,
de la Universidad de Kansas, encontró que desarrollar una amistad cercana
requiere muchas horas de convivencia intencional. Las relaciones profundas no
nacen en un solo encuentro; se construyen con tiempo, confianza y presencia (y
esto aplica perfectamente para nuestra vida cristiana).
Eso explica por qué muchas veces
sentimos soledad aun estando rodeados de personas.
No significa que Dios nos haya
abandonado. Significa que las raíces necesitan tiempo para crecer. Y mientras
esas raíces se fortalecen, Dios permanece siendo el Amigo que nunca cambia y
que nunca te abandona.
Lo que Dios estaba haciendo en
mí
Con el paso del tiempo comprendí
algo que jamás imaginé cuando hice aquella maleta. Dios no solo estaba
cambiando mi dirección. Estaba transformando mi corazón. Me estaba enseñando
paciencia cuando quería respuestas rápidas. Humildad cuando debía volver a
aprender cosas sencillas. Dependencia cuando ya no podía resolver todo por mis
propias fuerzas. Empatía al descubrir que cada persona lleva una historia
diferente. Y gratitud por bendiciones que antes daba por sentadas.
Comprendí que Dios no solo estaba
permitiendo este proceso; también lo estaba utilizando. Cada pérdida, cada
renuncia y cada desafío se convertían en herramientas para moldear un corazón
más dependiente de Él. Lo que al principio veía únicamente como una experiencia
dolorosa, poco a poco comenzó a revelar un propósito que iba mucho más allá de
adaptarme a un nuevo país.
Quizás ese haya sido el verdadero
propósito del viaje. No cambiar de país ni de circunstancias, sino cambiarme a
mí.
Nuestra verdadera ciudadanía
La Biblia nos recuerda que,
aunque vivamos en cualquier lugar del mundo, nuestra verdadera ciudadanía está
en los cielos (Filipenses 3:20). Tal vez por eso nunca terminamos de sentirnos
completamente "en casa" en esta tierra. Fuimos creados para algo
mucho mayor.
Cada cambio, cada despedida, cada
adaptación y cada nuevo comienzo nos recuerdan que este mundo es temporal y que
un día el Señor nos llevará al hogar definitivo, donde ya no habrá despedidas,
barreras culturales ni idiomas que aprender, porque estaremos para siempre en
la presencia de nuestro Salvador.
Reflexión final
Si hoy estás viviendo lejos de tu
país, quizás extrañas a tu familia, tus amigos, tu iglesia, tu cultura o hasta
las pequeñas cosas que antes parecían insignificantes.
Quiero decirte algo con todo mi
corazón. Dios no se quedó en el país que dejaste. Él viajó contigo. Ha estado
presente en cada aeropuerto, en cada entrevista, en cada palabra que no supiste
pronunciar, en cada lágrima silenciosa y en cada noche en la que te preguntaste
si algún día volverías a sentirte en casa.
Y mientras tú intentabas
adaptarte a una nueva tierra, Él estaba preparando algo mucho más importante:
un nuevo corazón. Porque Dios nunca desperdicia nuestros procesos. Los
transforma en propósito.
Hoy te invito a caminar hacia ese
propósito con fe, siguamos avanzando con la certeza de que, aunque estemos lejos de
nuestra tierra, jamás estaremos lejos de nuestro Dios.
Porque todavía hay esperanza.
Porque todavía hay propósito.
Porque todavía hay un Padre que
sostiene nuestra mano.
OloraCielo.
Preguntas para meditar
- ¿Estoy permitiendo que Dios transforme mi carácter a
través de los cambios que estoy viviendo?
- ¿He aprendido a florecer donde Dios me ha plantado o
sigo viviendo únicamente mirando hacia el pasado?
- ¿Confío en que Dios está guiando cada etapa de este
nuevo comienzo?
- ¿Estoy permitiendo que las diferencias culturales
amplíen mi capacidad de amar y servir a los demás?
Oración del día
Padre celestial, gracias porque
nunca nos abandonas, aun cuando dejamos atrás nuestro hogar y comenzamos de
nuevo en un lugar desconocido. Gracias por sostenernos en medio de la
incertidumbre, por enseñarnos a depender de Ti y por transformar cada desafío
en una oportunidad para crecer. Danos paciencia para aprender, humildad para
adaptarnos, sabiduría para comprender a quienes nos rodean y un corazón
dispuesto a amar sin importar las diferencias culturales. Ayúdanos a recordar
cada día que nuestra verdadera ciudadanía está contigo y que, mientras
caminamos por esta tierra, nunca estaremos lejos de tu presencia. En el nombre
de Jesús. Amén.
- Achotegui, J. (2022). El síndrome de Ulises: El
estrés crónico y múltiple del inmigrante. Barcelona: Herder.
- Hall, J. A. (2019). How Many Hours Does It Take to
Make a Friend? University of Kansas.
- American Psychological Association. (2023–2024).
Publicaciones sobre adaptación, resiliencia y bienestar en personas
migrantes.
- Organisation for Economic Co-operation and
Development. Informes sobre integración y bienestar de las personas
migrantes.
- Ellen G. White. La Educación, capítulos 1 y 2;
El Ministerio de Curación, capítulo "El verdadero conocimiento
de Dios".
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