viernes, 26 de junio de 2026

Demasiado ocupados para Dios.

 


"Pero una sola cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada" (Lucas 10:42).

¿Cuántas veces hemos dicho: "No tuve tiempo para orar hoy"?

Curiosamente, sí tuvimos tiempo para revisar las redes sociales varias veces, responder mensajes, leer noticias, trabajar horas extras, ver una serie o pasar largos minutos frente a una pantalla. No es que no tengamos tiempo. Es que hemos aprendido a vivir ocupados.

Vivimos corriendo de una actividad a otra. Cumplimos responsabilidades, perseguimos metas, resolvemos problemas y llenamos nuestras agendas hasta el último espacio disponible. Y aunque muchas de estas actividades son necesarias, existe una pregunta incómoda que pocas veces nos detenemos a responder:

¿Estamos demasiado ocupados para Dios?

La paradoja de nuestro tiempo

Vivimos en una época de abundancia material sin precedentes. Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior. La tecnología nos permite comunicarnos instantáneamente con personas en cualquier parte del mundo. Sin embargo, a pesar de todos estos avances, algo parece faltar.

Tenemos más conexiones digitales, pero menos relaciones profundas.

Más entretenimiento, pero menos paz.

Más comodidad, pero menos gratitud.

Más posesiones, pero menos satisfacción.

El reconocido psiquiatra Viktor Frankl observó que uno de los grandes problemas del ser humano moderno es lo que llamó el "vacío existencial": una sensación de falta de propósito que aparece cuando la vida pierde su significado trascendente. Décadas después, sus palabras continúan describiendo con precisión la realidad de muchas personas.

Intentamos llenar ese vacío con trabajo, logros, dinero, reconocimiento, experiencias o bienes materiales. Sin embargo, una vez alcanzadas esas metas, descubrimos que la satisfacción dura poco y que el corazón sigue anhelando algo más.

La Biblia explica esta realidad de manera sencilla: fuimos creados para Dios. Ninguna posesión material puede ocupar el lugar que solo Él puede llenar.

Cuando lo urgente desplaza a lo eterno

No solemos alejarnos de Dios de manera repentina.

Generalmente ocurre de forma gradual.

Primero dejamos de orar un día porque estamos cansados.

Luego dejamos de leer la Biblia porque tenemos muchas cosas que hacer.

Después comenzamos a depender más de nuestra propia capacidad que de la dirección de Dios.

Y casi sin darnos cuenta, aquello que antes era una prioridad se convierte en una actividad ocasional.

El problema no es únicamente la falta de tiempo. El problema son nuestras prioridades.

Jesús lo expresó con absoluta claridad:

"Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón" (Mateo 6:21).

Aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo, nuestra atención y nuestras energías revela lo que realmente ocupa el primer lugar en nuestra vida.

Una generación distraída

Diversos investigadores han señalado que vivimos en una era de distracción permanente.

El psicólogo social Jonathan Haidt ha estudiado ampliamente el impacto de la hiperconectividad y el uso constante de dispositivos digitales en la atención, las relaciones humanas y el bienestar emocional. Nuestra mente rara vez descansa. Estamos expuestos continuamente a notificaciones, mensajes, videos, titulares y estímulos que compiten por nuestra atención.

Sin embargo, la vida espiritual requiere precisamente lo contrario.

La oración requiere quietud.

La reflexión requiere silencio.

La lectura de la Palabra requiere concentración.

La comunión con Dios requiere tiempo de calidad.

Es difícil escuchar la voz de Dios cuando vivimos rodeados de ruido.

Quizás el mayor problema de nuestra generación no sea la falta de recursos ni la falta de información. Quizás sea la falta de silencio o de quietud.

Hemos llenado cada espacio de nuestra vida con actividades, preocupaciones y entretenimiento, pero hemos olvidado detenernos para escuchar al Señor.

Una Biblia cerrada y un corazón vulnerable

Hace algún tiempo me sorprendí al descubrirme pasando varios minutos revisando noticias y mensajes apenas me levantaba de la cama, y como me costaba encontrar diez minutos para abrir la Biblia. El problema no fue que me faltara tiempo, era que lo estaba utilizando en lo menos importante. Fue una llamada de atención sobre mis prioridades; fue entender quién o qué debía ocupar el primer lugar en mi vida. Fue entonces cuando tomé la decisión de que lo primero que mis ojos debían ver y leer, era la Palabra de Dios (sin distracciones).

Si retrocedemos en el tiempo recordaremos que era común encontrar hogares donde la lectura bíblica formaba parte de la rutina familiar. Muchas familias comenzaban el día con un culto matutino y algunas también se reunían al finalizar la jornada para agradecer a Dios y estudiar Su Palabra. Hoy, en cambio, muchas Biblias permanecen cerradas durante toda la semana, acumulando polvo en algún rincón del hogar.

Conocemos las opiniones, los éxitos, los fracasos y hasta los detalles más íntimos de periodistas, influencers, políticos y celebridades; estamos informados sobre las últimas tendencias, pero desconocemos (o hemos olvidado) promesas que Dios ya nos dejó en Su Palabra.

Y cuando dejamos de alimentarnos de la verdad, inevitablemente comenzamos a ser moldeados por otras voces.

No debería sorprendernos entonces que la fe se debilite, que el amor al prójimo se enfríe o que la ambición material ocupe cada vez más espacio en nuestra vida.

La Escritura no solo informa nuestra mente; transforma nuestro corazón, nuestra manera de ver la vida e incluso nuestra manera de actuar.

Cuando descuidamos la Palabra de Dios, comenzamos a perder la perspectiva eterna.

El peligro de la avaricia disfrazada de éxito

La sociedad suele medir el éxito por la cantidad de dinero acumulado, los bienes adquiridos o la posición alcanzada.

Sin embargo, el evangelio nos invita a evaluar nuestra vida con criterios completamente diferentes.

La pregunta no es cuánto tenemos.

La pregunta es ¿Quién gobierna nuestro corazón?

"Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee" (Lucas 12:15).

La avaricia no siempre se manifiesta en grandes riquezas. A veces aparece como una preocupación constante por obtener más, compararnos con otros o perseguir metas materiales mientras descuidamos aquello que verdaderamente tiene valor eterno.

Vivimos en una cultura que constantemente nos envía el mismo mensaje: "Necesitas más para ser feliz". Más dinero, más reconocimiento, más seguidores, más comodidad. Sin embargo, la experiencia demuestra que el corazón humano siempre termina pidiendo algo más; el alma humana nunca fue diseñada para encontrar identidad en las posesiones materiales, es por eso que aunque tengamos más, nuestro vacío permanece, hasta que llegamos a tener un verdadero encuentro con Jesucristo.

 

¿Qué está pasando con nuestro amor por los demás?

Otro síntoma preocupante de nuestro tiempo es el enfriamiento del amor.

Vivimos conectados con cientos de personas y, al mismo tiempo, cada vez más aislados, indolentes del sufrimiento ajeno.

Nos resulta más fácil reaccionar a una publicación que visitar a alguien en hospital llamar a una persona que atraviesa una crisis o acompañar a quien se siente solo. Tenemos tiempo para discutir en redes sociales, pero poco tiempo para escuchar a quienes necesitan consuelo.

Jesús enseñó que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables. Por eso no podemos afirmar que amamos a Dios mientras permanecemos indiferentes ante las necesidades de quienes nos rodean.

La verdadera espiritualidad siempre produce compasión, servicio y generosidad.

El ejemplo de Marta y María

Quizás ninguna historia describe mejor nuestra realidad que la de Marta y María.

Marta estaba ocupada haciendo muchas cosas buenas. Estaba sirviendo. Estaba trabajando. Estaba atendiendo responsabilidades legítimas.

Pero María estaba sentada a los pies de Jesús.

Entonces el Señor pronunció unas palabras que siguen siendo relevantes para nosotros:

"Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria" (Lucas 10:41-42).

El problema de Marta no era el servicio.

Era haber permitido que las muchas cosas desplazaran a la única cosa verdaderamente necesaria; y creer que su hermana debía estar haciendo lo mismo que ella.

¿No nos ocurre algo parecido hoy?

Reflexión final

Tal vez no necesitemos reorganizar completamente nuestra vida.

Tal vez solo necesitemos devolverle a Dios el lugar que nunca debió perder.

Quizás eso signifique apagar el teléfono por unos minutos.

Abrir nuevamente la Biblia.

Volver a orar con sinceridad.

Apartar tiempo para escuchar la voz de Dios.

Examinar nuestro corazón.

Pedirle al Señor que nos muestre aquello que ha ocupado Su lugar y que nos quita nuestro tiempo.

Porque el verdadero peligro no es alejarnos de Dios de un día para otro.

El verdadero peligro es alejarnos poco a poco mientras seguimos pensando que todo está bien.

La pregunta sigue siendo la misma:

Entre todas las cosas que llenan nuestra agenda, ¿todavía hay espacio para Dios?

Quizás el enemigo no necesita alejarnos completamente de Dios.

Tal vez le basta con mantenernos lo suficientemente ocupados para que nunca tengamos tiempo de escucharlo.

Lo preocupante no es una Biblia abandonada durante años.

Lo preocupante es una Biblia cerrada hoy.

Una oración postergada hoy.

Un corazón distraído hoy.

Porque las grandes distancias espirituales suelen comenzar con pequeños descuidos diarios.

OloraCielord.

Preguntas para meditar

• ¿Qué ocupa la mayor parte de mi tiempo, atención y energía?

• ¿He permitido que las preocupaciones diarias desplacen mi comunión con Dios?

• ¿Cuánto tiempo dedico a conocer, estudiar y analizar la Palabra de Dios en comparación con otras actividades?

• ¿Estoy acumulando tesoros temporales mientras descuido los eternos?

• ¿Refleja mi vida el amor de Cristo hacia quienes me rodean?

Oración del día

Padre celestial, perdónanos por las veces que hemos permitido que las preocupaciones, las distracciones y los afanes de esta vida ocupen el lugar que solo te corresponde a Ti. Ayúdanos a reconocer aquello que está alejando nuestro corazón de tu presencia. Danos hambre por tu Palabra, pasión por la oración y un amor genuino por las personas que has puesto a nuestro alrededor. Enséñanos a buscar primero tu Reino y a recordar que las cosas eternas tienen mucho más valor que las temporales. Que nuestra vida refleje tu amor, tu gracia y tu verdad. En el nombre de Jesús. Amén.

Créditos.

Tozer, A. W. (1961). El conocimiento del Dios Santo (The Knowledge of the Holy).

Foster, R. J. (1978). Celebración de la disciplina.

Si deseas profundizar en este tema, te animo a leer las obras mencionadas. La ciencia puede ayudarnos a comprender mejor el comportamiento humano, pero la Palabra de Dios sigue siendo la guía suprema para transformar nuestro corazón y orientar nuestra vida.

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