“Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni aun así se arrepintieron de las obras de sus manos…”
Apocalipsis 9:20.
Apocalipsis es uno de los libros más temidos por unos, rechazados por otros y malinterpretados por muchos. Sus imágenes pueden ciertamente inquietarnos, pero quizá hemos pasado por alto algo fundamental: su llamado al arrepentimiento.
El capítulo 9 describe juicios terribles. Sus escenas pueden hacernos abandonar la lectura porque no siempre comprendemos el significado de todos sus símbolos. Sin embargo, lo que más estremece no es solamente la intensidad de las plagas, sino la actitud de quienes, aun después de experimentar sus consecuencias, no se arrepintieron.
Continuaron aferrados a sus ídolos y persistieron en sus homicidios, hechicerías, inmoralidad y hurtos. El problema no era que Dios no les hubiera hablado, sino que ellos se negaban a responder.
Esto me hace reflexionar en que muchas veces nos parecemos al pueblo de Israel en el desierto. Dios los protegía, los alimentaba y les mostraba su poder, pero ellos murmuraban, se rebelaban y volvían a sus antiguos caminos. A pesar de todo, Dios no dejó de llamarlos. Su paciencia seguía siendo una oportunidad para regresar.
En Apocalipsis, el llamado aparece dentro de una visión solemne. Se nos muestra la gravedad del pecado y las consecuencias de persistir en él. Incluso se describe un tiempo de angustia tan intenso que los seres humanos buscarán la muerte y no la encontrarán.
Pero el mensaje no debería llevarnos solamente al temor. También debe llevarnos a examinar nuestra vida mientras todavía podemos responder a la voz de Dios.
Durante años y siglos hemos recibido advertencias. La Palabra de Dios nos muestra aquello que nos destruye, pero algunas conductas se han vuelto tan comunes que hemos terminado llamándolas normales. Lo que antes nos inquietaba, hoy lo justificamos. Lo que antes reconocíamos como pecado, ahora lo defendemos porque todos lo hacen.
Tal vez hemos aprendido a convivir con aquello que Dios nos está pidiendo abandonar.
Pero Dios no nos muestra el pecado para humillarnos, sino para despertarnos. Su advertencia no es ausencia de amor; también puede ser una expresión de su misericordia. La Biblia declara que Dios es paciente y que no quiere que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento (2 Pedro 3:9).
Por eso, la pregunta no es solamente qué sucederá en el futuro. La pregunta es qué estamos haciendo hoy con la luz que Dios ya nos ha dado.
¿Qué más debe mostrarnos Dios para que abandonemos aquello que nos está alejando de Él?
Quizás no necesitamos más señales, sino reconocer las que ya hemos recibido. Necesitamos un corazón dispuesto a escuchar, obedecer y permitir que la Palabra transforme nuestras decisiones. Tal vez no necesitamos conocer todos los detalles de la profecía, sino permitir que su mensaje nos conduzca a un arrepentimiento genuino e integral.
Cristo todavía llama, y su gracia todavía está al alcance de todo aquel que se acerque a Él con un corazón sincero. No permitamos que la costumbre, el orgullo o la indiferencia nos conviertan en personas que escuchan las advertencias de Dios, pero permanecen aferradas a sus antiguos caminos.
Dios todavía nos habla porque todavía nos está llamando. Acéptalo hoy!
Oración del día:
Señor, abre mis ojos para reconocer los pecados que he normalizado y las áreas en las que me he alejado de Ti. No permitas que tu Palabra me produzca solamente temor, sino un arrepentimiento sincero. Ayúdame a abandonar lo que no te agrada y a volver a caminar contigo. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Reto de hoy
Lee Apocalipsis 9:20-21 en oración y pregúntate con sinceridad:
“¿Qué conducta estoy justificando, aunque Dios ya me ha mostrado que debo cambiar?”
Identifica una acción concreta y comienza hoy a entregársela al Señor.
Recuerda, todavía hay Oloracielo.
Elisa Pimentel.
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