martes, 29 de septiembre de 2026

Hay un hogar esperándote.

 



"Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido."

Apocalipsis 21:2

Hay pasajes de la Escritura que nos invitan a levantar la mirada por encima de las circunstancias presentes, y Apocalipsis 21 es uno de ellos. En medio de un mundo marcado por el dolor, la incertidumbre y lo temporal, Dios nos permite contemplar un escenario glorioso: la ciudad santa, la Nueva Jerusalén, el lugar donde Su pueblo habitará eternamente con Él.

Juan describe una ciudad incomparable. Sus calles, sus puertas, sus fundamentos y su resplandor hablan de una gloria que supera toda imaginación humana. Pero la belleza más grande de aquella ciudad no son sus riquezas ni su perfección. Lo más maravilloso es que Dios mismo estará allí. Ya no habrá separación, ni lágrimas, ni muerte, ni tristeza. El Señor habitará con Su pueblo y ellos serán Su pueblo para siempre.

Esta promesa no fue dada simplemente para satisfacer nuestra curiosidad acerca del futuro. Fue escrita para fortalecer nuestra fe en el presente. Cada detalle de esta ciudad celestial nos recuerda que nuestra verdadera ciudadanía está en los cielos y que nuestra esperanza no está anclada en las cosas de este mundo.

Mientras caminamos por esta tierra enfrentaremos pruebas, luchas y momentos de cansancio. Habrá días en los que seguir a Cristo requerirá perseverancia y firmeza. Sin embargo, cada paso de obediencia vale la pena cuando recordamos el destino que nos espera. Dios ha preparado una herencia eterna para aquellos que permanecen fieles.

La visión de Apocalipsis 21 es una invitación a vivir preparados. No podemos permitir que las preocupaciones pasajeras nos distraigan de la meta eterna. Cada decisión, cada acto de amor, cada sacrificio por causa de Cristo adquiere un valor diferente cuando comprendemos que vamos camino a la ciudad de Dios.

Hoy, el Señor nos llama a permanecer firmes. A no retroceder. A no enfriar nuestro amor por Él. A mantener viva la esperanza y los ojos puestos en la promesa. Porque llegará el día en que la fe se convertirá en vista y contemplaremos aquello que Dios ha preparado para los que le aman.

Que nuestro corazón anhele más el cielo que la tierra, más la presencia de Dios que cualquier tesoro temporal. Y que la certeza de la ciudad que nos espera nos impulse a vivir cada día en fidelidad, santidad y esperanza.

Oración del día: 

Señor, gracias por la gloriosa promesa que has preparado para tus hijos. Ayúdanos a vivir con nuestros ojos puestos en la eternidad. Fortalece nuestra fe cuando las pruebas lleguen y enséñanos a permanecer firmes hasta el final. Que nada nos aparte de Ti y que cada día podamos caminar con la esperanza viva de encontrarnos contigo en la ciudad celestial. En el nombre de Jesús. Amén.

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