"Y dijo: No se dirá más
tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y
has vencido." (Génesis 32:28)
Todos, en algún momento de
nuestra vida, hemos orado con insistencia por algo que considerábamos una
bendición (o por lo menos eso esperamos que sea). Un mejor empleo, la
restauración de un matrimonio, la sanidad de un ser querido, la solución de una
crisis económica, la oportunidad de emigrar, el cumplimiento de un sueño... la
lista puede ser infinita (según la necesidad humana).
Y no hay nada malo en presentar
nuestras peticiones delante de Dios. La misma Biblia nos anima a hacerlo
(Filipenses 4:6). Sin embargo, con el paso de los años he descubierto que
existe una pregunta aún más importante que pocas veces nos hacemos:
¿Estoy buscando más las
bendiciones de Dios o estoy buscando conocer verdaderamente a Dios?
La historia de Jacob me llevó a
reflexionar profundamente sobre esta pregunta.
Cuando pensamos en Jacob, solemos
recordar al hombre que engañó a su hermano Esaú para obtener la primogenitura
(Génesis 27). Sin embargo, reducir su historia a ese episodio sería perder de
vista el extraordinario proceso de transformación que Dios realizó en su vida.
Jacob pasó gran parte de su
existencia intentando alcanzar las promesas de Dios mediante sus propios
recursos. Calculaba, planeaba, negociaba, manipulaba.
El caso es que siempre encontraba
una manera de adelantarse a las circunstancias.
Paradójicamente, el hombre que
había engañado terminó siendo engañado por Labán durante años. Trabajó siete
años por Raquel y recibió a Lea; luego trabajó otros siete años más (Génesis
29). El engañador comenzó a experimentar el dolor del engaño.
¿Fue un castigo? No lo creo. Creo
más bien que fue una escuela.
Dios no estaba interesado
únicamente en cambiar las circunstancias de Jacob; estaba formando su carácter.
A veces olvidamos que el
propósito principal de Dios no es hacernos la vida más fácil, sino hacernos más
semejantes a Cristo (Romanos 8:28-29).
Después de años de lucha, Jacob
se encontró solo a orillas del río Jaboc (Génesis 32).
Sabía que al día siguiente
tendría que enfrentarse nuevamente con Esaú, el hermano al que había engañado
décadas atrás.
El miedo lo invadía; La
incertidumbre lo consumía; entonces ocurrió algo inesperado.
La Biblia relata que un hombre
luchó con él hasta el amanecer (Génesis 32:24). El profeta Oseas interpreta
posteriormente este acontecimiento afirmando que Jacob luchó con el ángel y
prevaleció porque lloró y le rogó (Oseas 12:3-4). No se trató simplemente de un
enfrentamiento físico; fue una experiencia espiritual que marcaría para siempre
su vida.
Durante años escuché
predicaciones que destacaban una sola frase de ese encuentro:
"No te dejaré, si no me
bendices."
Y muchas veces el mensaje parecía
ser este: "Insiste hasta que Dios te conceda lo que estás
pidiendo."
Sin embargo, al leer
cuidadosamente el relato, descubrí algo que transformó mi manera de entender
este pasaje, Jacob ya había sido bendecido.
Dios ya le había prometido una
descendencia numerosa, ya lo había prosperado, ya había cumplido muchas de Sus
promesas, entonces...
¿Qué bendición necesitaba
todavía Jacob?
Creo que la respuesta no estaba
en recibir algo nuevo, estaba en convertirse en una persona nueva.
Y fue entonces, en medio de
aquella lucha, que ocurrió un detalle que siempre me conmueve, el ángel tocó el
encaje del muslo de Jacob, y este quedó descoyuntado (Génesis 32:25), no
necesitó una espada, no necesitó demostrar fuerza, bastó un toque.
Jacob comprendió en ese instante
que nunca había tenido el control. De absolutamente nada, y quizá esa fue la
verdadera bendición.
Muchas veces llegamos a Dios
convencidos de que necesitamos un milagro, cuando en realidad lo que necesitamos
es una transformación.
Pedimos que cambie nuestras
circunstancias, pero Dios quiere cambiar nuestro corazón.
Pedimos puertas abiertas, y Él
quiere abrir nuestros ojos.
Pedimos respuestas inmediatas, y Él
desea enseñarnos a confiar.
¡Cuántas veces hacemos largas
oraciones, ayunos y promesas esperando que Dios nos conceda aquello que creemos
indispensable para nuestra felicidad!
Pero rara vez nos detenemos a
preguntarle: "Señor, ¿es eso realmente lo que Tú quieres para mí?"
No todo lo que nosotros llamamos
bendición necesariamente lo es desde la perspectiva de Dios. Recuerda que Él ve
el final desde el principio. Nosotros apenas vemos el presente.
Fue así entonces que Jacob salió
de Peniel con una nueva identidad. Pero recuerda que también salió cojo, y esto
humanamente, podría parecer una derrota, pero espiritualmente, fue su mayor
victoria.
Aquella cojera sería un
recordatorio permanente de que nunca volvería a caminar confiando únicamente en
sus propias fuerzas.
En este punto creo prudente
reflexiona y reconocer que todos tenemos alguna "cojera".
Una pérdida, una enfermedad, una
decepción, un fracaso, una oración que Dios respondió de manera diferente a
como esperábamos, y esta lista es no limitativa.
Durante mucho tiempo hemos visto
esas experiencias como obstáculos, sin embargo, con el paso de los años
descubrimos que, muchas veces, fueron precisamente esas heridas las que nos
enseñaron a depender más profundamente del Señor.
El apóstol Pablo comprendió esta
verdad cuando escribió que el poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad
(2 Corintios 12:9). La debilidad no siempre es una señal de abandono. Muchas
veces es el escenario donde Dios manifiesta mejor Su gracia.
Actualmente vivimos en una
generación que busca resultados inmediatos, y hemos tristemente hemos
trasladado esa mentalidad a nuestra vida espiritual.
Queremos respuestas rápidas, milagros,
puertas abiertas, prosperidad, y Dios puede conceder todas esas cosas si así lo
considera conveniente, ¡claro que sí!, pero existe un peligro silencioso. Podemos
llegar a conocer las bendiciones de Dios sin llegar a conocer verdaderamente a
Dios.
El teólogo J. I. Packer escribió
en su obra Knowing God una frase que sigue desafiando a millones de
creyentes:
"Lo que pensamos acerca de
Dios es lo más importante acerca de nosotros."
Conocer a Dios transforma nuestra
manera de vivir, nuestras prioridades, nuestra forma de amar, nuestra manera de
enfrentar el sufrimiento, nuestra forma de esperar, y eso vale mucho más que
cualquier bendición temporal.
Quizá Jacob llegó a Peniel
buscando una bendición, pero salió con algo infinitamente mejor. Salió con una
relación diferente con Dios, con un nuevo nombre, con un nuevo corazón, con una
nueva manera de caminar.
No necesitamos únicamente que
Dios cambie nuestras circunstancias.
Necesitamos que Dios transforme
nuestro carácter.
No necesitamos únicamente
respuestas.
Necesitamos Su presencia.
No necesitamos simplemente
recibir más.
Necesitamos parecernos más a
Cristo.
Tal vez la oración más importante
que podamos hacer no sea: "Señor, bendíceme."
Tal vez sea: "Señor,
transfórmame."
Porque una bendición recibida por
un corazón que aún no ha sido rendido puede alejarnos de Dios. Pero un corazón
rendido sabrá administrar con humildad cualquier bendición que Él decida
conceder.
Reflexión final
Quizá hoy estás luchando con Dios
porque esperas una respuesta. Tal vez llevas años orando por algo que todavía
no llega. Quizás incluso sientes que Él guarda silencio.
No olvides que la mayor evidencia
del amor de Dios no siempre es concedernos aquello que pedimos. Muchas veces
consiste en transformarnos en la persona que necesitamos ser.
El mayor milagro es conocer cada
día más al Dios que entregó a Su Hijo por nosotros, permitir que transforme
nuestro corazón y vivir preparados para el día en que estaremos delante de Él.
Que nuestra mayor pasión no sea
acumular bendiciones temporales, sino cultivar una comunión tan profunda con
Cristo que, cuando termine nuestra peregrinación en esta tierra, podamos
escuchar aquellas palabras que todo creyente anhela oír:
"Bien, buen siervo y
fiel... entra en el gozo de tu Señor" (Mateo 25:21).
Porque todavía hay esperanza.
Porque todavía hay gracia.
Porque todavía hay un Dios que
sigue transformando "Jacob" en "Israel".
Y porque todavía hay Oloracielo.
Preguntas para meditar
- ¿Estoy buscando más las bendiciones de Dios que
conocer al Dios de las bendiciones?
- ¿Qué "cojera" ha permitido Dios en mi vida
para enseñarme a depender más de Él?
- ¿Confío en la voluntad de Dios incluso cuando Su
respuesta es diferente a la que esperaba?
- ¿Estoy dedicando tiempo a conocer profundamente la
Palabra de Dios o solo recurro a Él cuando necesito algo?
- Si hoy el Señor respondiera todas mis peticiones,
¿seguiría buscándolo con la misma pasión?
Oración del día
Padre celestial, muchas veces he
llegado a Ti con una lista de peticiones, olvidando que el regalo más grande es
conocerte cada día más. Perdóname cuando he buscado más tus bendiciones que tu
presencia, cuando he querido controlar mi vida en lugar de rendirla
completamente a tu voluntad. Forma en mí el carácter de Cristo, aunque el
proceso sea difícil. Enséñame a confiar cuando no entiendo tus caminos y a
descansar en la certeza de que todo lo que permites tiene un propósito eterno.
Que mi mayor anhelo no sea recibir más de Ti, sino parecerme más a Ti.
Prepárame para vivir cada día en santidad y para estar listo cuando llegue el
momento de presentarme delante de tu presencia. En el nombre de Jesús. Amén.
Autora: Elisa Pimentel
Blog: Oloracielo.blogspot.com
YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord
Créditos y fuentes consultadas
- La Santa Biblia. Génesis 25–35; Oseas 12:3–4; Romanos
8:28–29; 2 Corintios 12:7–10; Filipenses 3:7–11; Mateo 6:33; Mateo 25:21.
- Genesis. Zondervan.
- The Book of Genesis: Chapters 18–50. New
International Commentary on the Old Testament (NICOT). Eerdmans.
- Genesis 16–50. Word Biblical Commentary.
- Knowing God. InterVarsity Press.
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