"De modo que si alguno
está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son
hechas nuevas."
2 Corintios 5:17
¿Qué ocurre cuando quienes más
amas siguen viendo a la persona que eras, mientras Dios ya está formando a la
persona que llegarás a ser?
Hay heridas que no dejan
cicatrices visibles.
No producen sangre ni fracturas,
pero son capaces de quebrantar el alma. Son las heridas que nacen cuando
hacemos un esfuerzo sincero por cambiar, por caminar de la mano de Dios, por
abandonar aquello que un día nos alejó de Él, y aun así quienes nos rodean
continúan recordándonos únicamente nuestro pasado.
Es un dolor difícil de explicar.
No duele porque otros conozcan
nuestros errores; todos hemos pecado (Romanos 3:23). Duele porque, a veces,
pareciera que algunas personas no pueden creer que la gracia de Dios tenga el
poder de transformar una vida.
Y cuando esas voces provienen de
familiares, amigos o personas a quienes amamos profundamente, la herida puede
llegar hasta el corazón de nuestra identidad.
Cuando las palabras hieren más
de lo que imaginamos
La ciencia ha estudiado durante
años el impacto que tiene la opinión de los demás sobre nuestra percepción
personal.
El psicólogo Charles Horton
Cooley describió hace más de un siglo el concepto del "yo espejo"
(looking-glass self), según el cual las personas construyen parte de su
identidad a partir de cómo creen que los demás las perciben. Décadas después,
la psicología social ha confirmado que la aceptación o el rechazo por parte de
personas significativas influye profundamente en la autoestima, el autoconcepto
y el bienestar emocional.
Investigaciones contemporáneas
también muestran que la descalificación constante, especialmente cuando
proviene del entorno cercano, puede favorecer sentimientos de vergüenza, culpa,
ansiedad e incluso depresión. La identidad comienza a depender de la aprobación
externa en lugar de descansar sobre convicciones internas sólidas.
Sin embargo, el Evangelio ofrece
una perspectiva completamente diferente.
Nuestra identidad no debe
construirse sobre la opinión cambiante de las personas, sino sobre la verdad
inmutable de Dios.
La estrategia del acusador
La Biblia presenta a Satanás como
"el acusador de nuestros hermanos" (Apocalipsis 12:10).
No es casualidad que una de sus
estrategias más efectivas sea sembrar dudas acerca de quiénes somos delante de
Dios. No siempre necesita alejarnos mediante grandes pecados. Muchas veces le
basta con hacer que creamos que nunca cambiaremos. O peor aún... Que Dios no ha
logrado cambiarnos realmente.
Cuando permitimos que la voz de
la acusación tenga más autoridad que la Palabra de Dios, comenzamos a olvidar
nuestra verdadera identidad.
Y ese fue precisamente el
problema de muchos hombres y mujeres de la Biblia.
José: cuando los hombres ven
al muchacho, pero Dios ve al gobernador
Los hermanos de José nunca
pudieron comprender los sueños que Dios había puesto en su corazón. Lo
vendieron como esclavo. Lo rechazaron. Lo despreciaron. Para ellos seguía
siendo el hermano menor que debía desaparecer. Pero Dios veía algo
completamente distinto.
Mientras los hombres contemplaban
un esclavo, Dios preparaba al hombre que preservaría con vida a una nación
entera (Génesis 37–50).
David: cuando tu propia
familia no puede ver lo que Dios ya vio
Cuando el profeta Samuel llegó a
la casa de Isaí para ungir al futuro rey de Israel, David ni siquiera fue
considerado entre los candidatos. Su propio padre pensó que no era importante
traerlo. Sin embargo, Dios declaró una de las verdades más profundas de toda la
Escritura:
"Porque Jehová no mira lo
que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero
Jehová mira el corazón." (1 Samuel 16:7)
La mirada humana suele detenerse
en las apariencias, en los errores del pasado o en las etiquetas que hemos
colocado sobre otros. La mirada de Dios penetra hasta el corazón y contempla
aquello que su gracia todavía está formando.
Pablo: el hombre que nunca
dejó de ser "el perseguidor" para algunos
Aun después de su conversión,
muchos cristianos desconfiaban de Pablo. No podían creer que quien había
perseguido a la iglesia ahora predicara a Cristo (Hechos 9:26). Humanamente era
comprensible. Pero Dios no llamó a Pablo porque ignorara su pasado.
Lo llamó precisamente sabiendo
quién era y quién llegaría a ser mediante el poder del Espíritu Santo. La
gracia nunca niega nuestro pasado, lo redime.
Incluso Jesús fue juzgado por
quienes creían conocerlo
Quizá el ejemplo más conmovedor
sea el de nuestro Señor. Cuando enseñaba en Nazaret, muchos preguntaban con
desprecio:
"¿No es éste el hijo del
carpintero?" (Mateo 13:55).
No podían reconciliar la grandeza
del Mesías con la sencillez de alguien que había crecido entre ellos. Conocían
su infancia. Pero no reconocían al Salvador.
El mayor peligro no es el
rechazo de los demás
Después de meditar durante mucho
tiempo sobre este tema, comprendí algo que transformó mi manera de verlo.
El mayor peligro no es que otros
no crean en el cambio que Dios ha hecho en nosotros. El verdadero peligro
aparece cuando nosotros comenzamos a creerles. Cuando dejamos que la opinión de
los hombres tenga más peso que la voz de Dios. Cuando nuestra identidad deja de
descansar en Cristo para depender de la aceptación de quienes nos rodean.
Entonces dejamos de servir con
libertad. Dejamos de escribir. Dejamos de testificar. Dejamos de cantar. Dejamos
de predicar. No porque Dios nos haya llamado a detenernos. Sino porque
permitimos que el ruido de las voces humanas ahogara el susurro del Espíritu
Santo.
La verdadera identidad del
creyente
La Biblia nunca dice que seremos
definidos por nuestro peor error. Dice que somos hijos de Dios (Juan 1:12). Que
somos nuevas criaturas en Cristo (2 Corintios 5:17). Que ninguna condenación
hay para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Que fuimos escogidos
antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4). Y que aquel que comenzó en
nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Filipenses
1:6).
Nuestra identidad no depende de
cuánto recuerden otros nuestro pasado. Depende de cuánto creemos nosotros la
promesa de Dios.
Reflexión para nuestro
tiempo
Vivimos en una sociedad donde las
personas suelen cancelar a otras por un error, una opinión o un momento de
debilidad. Pero el Evangelio cuenta una historia completamente distinta.
Es la historia de un Dios que
llama a un engañador y lo convierte en Israel. Que llama a un perseguidor y lo
convierte en apóstol. Que llama a un pescador impulsivo y lo convierte en
pastor de la iglesia. Que llama a pecadores como tú y como yo para reflejar su
gloria.
No porque seamos perfectos. Sino
porque Él continúa obrando en nosotros. Quizá algunas personas nunca logren ver
ese cambio. Pero eso no significa que Dios haya dejado de hacerlo.
La invitación de hoy es para que no permitamos que las voces y los ruidos externos, nos hagan distraer la mirada de nuestro Señor y Salvador Jesucrito. Recuerda que hay Oloracielo.
Preguntas para
reflexionar
- ¿Estoy permitiendo que la opinión de otras personas
tenga más autoridad que la Palabra de Dios sobre mi vida?
- ¿He reducido a alguien a su pasado, olvidando que la
gracia de Dios puede transformarlo completamente?
- ¿Estoy buscando demostrarle al mundo que he cambiado
o estoy procurando cada día parecerme más a Cristo?
Oración del dia:
Padre celestial, gracias porque Tú no me defines por mis fracasos, sino por tu amor y por la obra redentora de Jesucristo. Perdóname cuando he permitido que las palabras de otros pesen más que tu voz. Ayúdame a recordar que mi identidad descansa en lo que Tú dices de mí y no en lo que el mundo piensa. También enséñame a mirar a los demás con los ojos de la gracia, creyendo que el mismo poder que me transformó puede obrar en cualquier corazón. Que nunca deje de servirte por temor al juicio humano, sino que permanezca fiel hasta el día en que pueda escuchar de tus labios: "Bien, buen siervo y fiel". En el nombre de Jesús. Amén.
Autora: Elisa Pimentel
Blog: Oloracielo.blogspot.com
YouTube: https://www.youtube.com/@oloracielord
Créditos y fuentes consultadas
- La Santa Biblia, Reina-Valera 1960. Sociedades
Bíblicas Unidas.
- Cooley, C. H. (1902). Human Nature and the Social
Order. Charles Scribner's Sons.
- Albert Bandura (1997). Self-Efficacy: The Exercise
of Control. W. H. Freeman.
- Brené Brown (2012). Daring Greatly. Gotham
Books. (Sobre vergüenza, vulnerabilidad e identidad).
- Timothy Keller (2012). The Freedom of
Self-Forgetfulness. The Good Book Company.
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