Hay días en los que el corazón recuerda
cosas que ya deberían haber quedado atrás. Errores, decisiones, palabras dichas
o silencios guardados que todavía pesan. A veces creemos profundamente que Dios
perdona, pero aun así seguimos siendo duros con nosotros mismos. Esta
meditación nace desde ese lugar honesto del alma donde necesitamos recordar que
el perdón de Dios también nos invita a descansar.
La Biblia no ignora nuestras luchas
interiores. Al contrario, nos habla con ternura y verdad, guiándonos paso a
paso hacia la sanidad. Hoy te invito a leer despacio, con el corazón abierto, y
a permitir que la Palabra de Dios ilumine el camino hacia el perdón propio.
Cuando reconocemos nuestras faltas delante de Dios, no nos encontramos con rechazo, sino con fidelidad y justicia. La Escritura nos recuerda: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Este perdón no es parcial ni condicionado; es completo y restaurador. Aceptarlo implica creer que Dios realmente hace lo que promete.
Sin embargo, muchas veces el mayor
obstáculo no es recibir el perdón de Dios, sino soltar la culpa que hemos
aprendido a cargar. Nos definimos por lo que hicimos, por lo que fallamos, por
lo que no supimos hacer mejor. Pero Dios no nos define por nuestro pasado. Su
Palabra afirma: “Nunca más me acordaré de sus pecados” (Hebreos
8:12). ¿Si Dios decide no recordarlos, por qué yo sigo recordándolo? Quizás hoy
estamos siendo llamados a dejar de revivirlos una y otra vez.
El no perdonarnos puede convertirse en una
herida silenciosa. Drena nuestra paz, afecta nuestra relación con Dios y nos
roba la alegría del presente. Pero la Biblia nos ofrece una promesa llena de
esperanza que deberíamos recordar todos los días: “Él sana a los
quebrantados de corazón y venda sus heridas” (Salmos 147:3). Dios no
solo perdona, también sana. Él no minimiza nuestro dolor; lo restaura.
Perdonarnos no significa negar la
responsabilidad ni justificar lo que estuvo mal. Significa reconocer que, aun
en medio de nuestra fragilidad e imperfecciones, Dios sigue obrando. Significa que
debemos comprender y aceptar que Su gracia es más grande que nuestros errores.
La Palabra declara: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las
cosas viejas pasaron” (2 Corintios 5:17). Vivir anclados al pasado es
olvidar la obra nueva que Dios ya comenzó en nosotros; es dejar de confiar en
su poder, y peor aún, es no creer que Él lo puede hacer.
Así como somos llamados a extender gracia
y misericordia a otros, también somos invitados a vivir bajo esa misma gracia;
no podemos dar a los demás de lo que no tenemos, ni podemos hablar de lo que no
conocemos o creemos. “Perdonándoos unos a otros, como Dios también os
perdonó” (Efesios 4:32), es un verso muy conocido, muy repetido, y también
muy incomprendido y mal interpretado. Ese llamado no excluye el perdón hacia
nosotros mismos. Aprender a mirarnos con compasión es una forma de honrar la
obra de Dios en nuestra vida.
Para meditar:
Tómate hoy un momento y pregúntate con honestidad:
¿Qué cosas sigo reprochándome, aunque ya las llevé
a Dios?
¿Estoy dispuesto(a) a creer que Su gracia también
es para mí?
¿Cómo cambiaría mi vida si hoy eligiera
perdonarme?
Anota cada respuesta y llévalas en oración a
nuestro Dios.
Oración del día:
Señor, hoy vengo delante de Ti con un
corazón cansado de cargar culpas. Ayúdame a creer que Tu perdón es real y
suficiente para mí. Enséñame a soltar lo que ya entregué en Tus manos y a verme
con los ojos de Tu amor. Sana mis recuerdos, restaura mi interior y guíame
hacia la libertad que solo Tú puedes dar. Permíteme que yo pueda dejarte
terminar la obra que ya empezaste en mí. En el nombre de Jesús, Amén.
Que hoy encuentres en tu corazón ese espacio
seguro donde puedas descansar, recordando que el perdón de Dios no solo limpia
el pasado, sino que también sostiene el presente y renueva la esperanza.
Recuerda que todavía hay Oloracielo.
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